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sábado, 13 de junio de 2020

La extraña relación entre los libros viejos y las calabazas

Son suficientes años en el gremio, así qué me siento merecedora de tener tantas anécdotas como estrellas en el cielo.
En el momento en qué un letrero de llamativo color ofrecía un empleo como ayudante, acepto que me escandalice un poco, esas librerías de la calle Donceles son algo lúgubres y para ser sincera no era de los clientes que se maravillan tanto del lugar que mejor se buscan empleo ahí.
Yo solo buscaba trabajo, era una joven madre, idealista y en lo que creí un matrimonio moderno; los dos salen a conseguir el sustento porque así funciona la equidad.
Pregunté en que consistía y me dijeron -si te interesa puedes hacer un examen ahora mismo y mejor porque hago cierre de todas las solicitudes de esa semana- ...
Recuerdo bien que me mandaron a buscar "los de abajo"," el príncipe " de Maquiavelo y un Baldor.
También había que alfabetizar una pequeña área. 
Aunque creo que el peso mayor lo tenía la entrevista. Hablé sinceramente; no he trabajado en muchos lugares, en una librería quiero trabajar porque es una forma de tener un empleo pero seguir aprendiendo ¿ cargar cajas? Sí, si las aguanto no tengo problema, ¿Los clientes? ....
En este punto haré un alto; justo en ese momento mi aplicadora se fue a atender -ese libro no lo tengo, no conseguimos libros, es una librería de ocasión nos atenemos al material que llega al día- A veces suelo notar que sobretodo los compañeros que tienen un trato más directo y prolongado con las personas, van adquiriendo actitudes, gestos y voltear los ojos es el gesto más repetido para los consultantes. Quizá fue uno de los momentos decisivos para mí estilo de atención,  en ese momento pensé que a nadie le gusta que le volteen los ojos. Yo no me siento a gusto cuando recibo ese trato - un día me "espine" con unas calabazas y exclamè como lo hubiera hecho cualquier mortal que recibe un pinchazo en el dedo, aunque sea por una calabaza. Busqué sororidad porque era una vendedora y lo que recibí fue que me volteara los ojos
 Y es muy frustrante irte de un lugar con un dedo pinchado, una mala actitud y además haber tenido que pagar por ello.
...
No he dicho que obtuve el trabajo.
 Me mandaron a la hermosa librería " La torre de viejo" , no la conocía y como me ocurre en esos lugares entrañables en dónde he trabajado (desde entonces solo acostumbro trabajar en librerías) la envolví en la primer mirada de reconocimiento y me prendí para siempre de su obscuro pero bello aspecto al admirar los pequeños libros que se acomodaban en la parte frontal de la librería. ¿ Saben? Contar esos ejemplares era protocolario casi como santiguarse en la iglesia, lo hicimos por largos años. ¡Esa en realidad fue mi primer tarea llegando a la Torre! 
Además tengo qué agregar que estuve conviviendo al rededor de siete años con compañeros gentiles y profesionales que entre miles de libros, con una organización, memoria y respeto me ayudaron a aprender a ser guardiana de libros, clasificar, camuflar en pilas pero sobre todo a convencer por qué sabes que el libro no está, usando educación, diplomacia y sugiriendo alternativas.
Sinceramente voltear los ojos nunca fue alternativa para esa generación.

Tina libro viejo

jueves, 4 de junio de 2020

Torre de viejo

   Recientemente me enteré del cierre de una de las librerías de viejo más emblemáticas del sur de la Ciudad de México: "Torre de viejo". Ubicada en la avenida Miguel Ángel de Quevedo, inmersa en el barrio de Chimalistac, a unos pasos de las más conocidas y visitadas librerías de nuevo del país, Gandhi y el FCE, zona privilegiada de la ciudad. 

Torre de viejo era una librería bellísima, con un olor que invitaba a entrar y tomar un libro y sentir la pasividad del lugar, era un poco lúgubre, alejada del estilo que después tomaron las librerías del sur sumamente iluminadas. Torre de viejo tenía un halo de tranquilidad, al entrar uno se sentía en un espacio alejado de todo el trajín de la vida citadina, dentro uno estaba rodeado de polvo culto, de ediciones centenarias y títulos contemporáneos, con un adecuado acomodo temático, desde el interior la vista era igualmente bella pues daba hacia el parque Tagle, lleno de frondosos árboles y cuya panorámica complementaba el sentirse fuera de toda preocupación, al menos de momento. 

Eran asiduos visitantes algunos personajes conocidos de la política y la cultura del país; diputados, senadores, ministros, músicos, cantantes y escritores, pero lo más agradable era la presencia de muchos estudiantes universitarios que con pocos recursos visitaban la librería por placer y por hallar una joya bibliográfica a precio accesible, las cuales había muchas.

La librería pertenecía a esa dinastía de libreros de viejo cuyo origen es la calle de Donceles en el Centro Histórico, siempre tuvieron un cuidado especial por este lugar desde que consiguieron el traspaso del anterior dueño que la llamó Torre de Lulio y ellos queriendo conservar ese espíritu la renombraron como Torre de viejo. Siempre procuraron enviar libros en buenas condiciones, aptos para los lectores asiduos.

Me encantaba pararme frente a la librería y observar el lugar lleno de libreros de madera entintados en color roble, siempre saturada de material y con ese olor característico de los libros viejos, pero que en esta librería era especial, al estar enfrente uno podía apreciar una vitrina del lado derecho donde se hallaban los libros más raros, caros y antiguos y justo de frente, en medio y colgado en una de las columnas la imagen del padre del linaje de libreros, Don Ubaldo rodeado de sus hijos y como era de suponerse con libros de fondo, los cuales eran su tesoro.

Tuve la fortuna de trabajar ahí por varios años y ser parte de una generación que mantenía la librería en excelente acomodo, con un espíritu competitivo pocas veces visto en esos lugares, se buscaba siempre que la ubicación del material fuera la idónea, todo en su sección, por orden alfabético y cronológico estricto, además de un ambiente festivo y lleno de momentos donde la charla era amena.

Recuerdo en particular que el acomodo del lado derecho era la sección de novela donde abundaban libros de Spota, Salgari y Julio Verne, llenando entrepaños completos con ediciones de distintas épocas, colecciones y lugares de edición. Los libros policiacos y de ciencia ficción no tenían fácil acceso, pues uno tenía que subir por una larga y peligrosa escalera. La sección de Historia de México era la predilecta de todos, tal vez la que tenía mayor movimiento después de literatura. En Torre de viejo todo se vendía, hasta los libros técnicos en checo y títulos en idiomas extraños. 

Extrañaré la librería, tantas anécdotas, como cuando la cajera le tiro una botella de cerveza a Óscar Chávez y el la disculpó con una sonrisa entendiendo el pesar de perder una botella llena, errores garrafales como enviar a una anciana octogenaria que apenas podía caminar con su andadera hasta el fondo de la librería a la sección de Astronomía, al confudirla con la de Astrología que estaba en la entrada, lidiar con los guaruras nefastos de algunos políticos, con farderos y un par de asaltos a mano armada. Pero lo que más recordaré es el buen ambiente que se formó y las pláticas interminables entre trabajadores y clientes.

Siempre fue un placer trabajar allí, agradezco a los López Casillas que me dieron la oportunidad de trabajar y aprender en una de las más bellas librerías de viejo de México. ¡Adiós Torre de viejo!







El arte de vender libros excepcionales

¿Adivinos o libreros?                                                                                         Gabriel Zaid Inicios  En mayo ...