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sábado, 13 de junio de 2020

La extraña relación entre los libros viejos y las calabazas

Son suficientes años en el gremio, así qué me siento merecedora de tener tantas anécdotas como estrellas en el cielo.
En el momento en qué un letrero de llamativo color ofrecía un empleo como ayudante, acepto que me escandalice un poco, esas librerías de la calle Donceles son algo lúgubres y para ser sincera no era de los clientes que se maravillan tanto del lugar que mejor se buscan empleo ahí.
Yo solo buscaba trabajo, era una joven madre, idealista y en lo que creí un matrimonio moderno; los dos salen a conseguir el sustento porque así funciona la equidad.
Pregunté en que consistía y me dijeron -si te interesa puedes hacer un examen ahora mismo y mejor porque hago cierre de todas las solicitudes de esa semana- ...
Recuerdo bien que me mandaron a buscar "los de abajo"," el príncipe " de Maquiavelo y un Baldor.
También había que alfabetizar una pequeña área. 
Aunque creo que el peso mayor lo tenía la entrevista. Hablé sinceramente; no he trabajado en muchos lugares, en una librería quiero trabajar porque es una forma de tener un empleo pero seguir aprendiendo ¿ cargar cajas? Sí, si las aguanto no tengo problema, ¿Los clientes? ....
En este punto haré un alto; justo en ese momento mi aplicadora se fue a atender -ese libro no lo tengo, no conseguimos libros, es una librería de ocasión nos atenemos al material que llega al día- A veces suelo notar que sobretodo los compañeros que tienen un trato más directo y prolongado con las personas, van adquiriendo actitudes, gestos y voltear los ojos es el gesto más repetido para los consultantes. Quizá fue uno de los momentos decisivos para mí estilo de atención,  en ese momento pensé que a nadie le gusta que le volteen los ojos. Yo no me siento a gusto cuando recibo ese trato - un día me "espine" con unas calabazas y exclamè como lo hubiera hecho cualquier mortal que recibe un pinchazo en el dedo, aunque sea por una calabaza. Busqué sororidad porque era una vendedora y lo que recibí fue que me volteara los ojos
 Y es muy frustrante irte de un lugar con un dedo pinchado, una mala actitud y además haber tenido que pagar por ello.
...
No he dicho que obtuve el trabajo.
 Me mandaron a la hermosa librería " La torre de viejo" , no la conocía y como me ocurre en esos lugares entrañables en dónde he trabajado (desde entonces solo acostumbro trabajar en librerías) la envolví en la primer mirada de reconocimiento y me prendí para siempre de su obscuro pero bello aspecto al admirar los pequeños libros que se acomodaban en la parte frontal de la librería. ¿ Saben? Contar esos ejemplares era protocolario casi como santiguarse en la iglesia, lo hicimos por largos años. ¡Esa en realidad fue mi primer tarea llegando a la Torre! 
Además tengo qué agregar que estuve conviviendo al rededor de siete años con compañeros gentiles y profesionales que entre miles de libros, con una organización, memoria y respeto me ayudaron a aprender a ser guardiana de libros, clasificar, camuflar en pilas pero sobre todo a convencer por qué sabes que el libro no está, usando educación, diplomacia y sugiriendo alternativas.
Sinceramente voltear los ojos nunca fue alternativa para esa generación.

Tina libro viejo

jueves, 4 de junio de 2020

Torre de viejo

   Recientemente me enteré del cierre de una de las librerías de viejo más emblemáticas del sur de la Ciudad de México: "Torre de viejo". Ubicada en la avenida Miguel Ángel de Quevedo, inmersa en el barrio de Chimalistac, a unos pasos de las más conocidas y visitadas librerías de nuevo del país, Gandhi y el FCE, zona privilegiada de la ciudad. 

Torre de viejo era una librería bellísima, con un olor que invitaba a entrar y tomar un libro y sentir la pasividad del lugar, era un poco lúgubre, alejada del estilo que después tomaron las librerías del sur sumamente iluminadas. Torre de viejo tenía un halo de tranquilidad, al entrar uno se sentía en un espacio alejado de todo el trajín de la vida citadina, dentro uno estaba rodeado de polvo culto, de ediciones centenarias y títulos contemporáneos, con un adecuado acomodo temático, desde el interior la vista era igualmente bella pues daba hacia el parque Tagle, lleno de frondosos árboles y cuya panorámica complementaba el sentirse fuera de toda preocupación, al menos de momento. 

Eran asiduos visitantes algunos personajes conocidos de la política y la cultura del país; diputados, senadores, ministros, músicos, cantantes y escritores, pero lo más agradable era la presencia de muchos estudiantes universitarios que con pocos recursos visitaban la librería por placer y por hallar una joya bibliográfica a precio accesible, las cuales había muchas.

La librería pertenecía a esa dinastía de libreros de viejo cuyo origen es la calle de Donceles en el Centro Histórico, siempre tuvieron un cuidado especial por este lugar desde que consiguieron el traspaso del anterior dueño que la llamó Torre de Lulio y ellos queriendo conservar ese espíritu la renombraron como Torre de viejo. Siempre procuraron enviar libros en buenas condiciones, aptos para los lectores asiduos.

Me encantaba pararme frente a la librería y observar el lugar lleno de libreros de madera entintados en color roble, siempre saturada de material y con ese olor característico de los libros viejos, pero que en esta librería era especial, al estar enfrente uno podía apreciar una vitrina del lado derecho donde se hallaban los libros más raros, caros y antiguos y justo de frente, en medio y colgado en una de las columnas la imagen del padre del linaje de libreros, Don Ubaldo rodeado de sus hijos y como era de suponerse con libros de fondo, los cuales eran su tesoro.

Tuve la fortuna de trabajar ahí por varios años y ser parte de una generación que mantenía la librería en excelente acomodo, con un espíritu competitivo pocas veces visto en esos lugares, se buscaba siempre que la ubicación del material fuera la idónea, todo en su sección, por orden alfabético y cronológico estricto, además de un ambiente festivo y lleno de momentos donde la charla era amena.

Recuerdo en particular que el acomodo del lado derecho era la sección de novela donde abundaban libros de Spota, Salgari y Julio Verne, llenando entrepaños completos con ediciones de distintas épocas, colecciones y lugares de edición. Los libros policiacos y de ciencia ficción no tenían fácil acceso, pues uno tenía que subir por una larga y peligrosa escalera. La sección de Historia de México era la predilecta de todos, tal vez la que tenía mayor movimiento después de literatura. En Torre de viejo todo se vendía, hasta los libros técnicos en checo y títulos en idiomas extraños. 

Extrañaré la librería, tantas anécdotas, como cuando la cajera le tiro una botella de cerveza a Óscar Chávez y el la disculpó con una sonrisa entendiendo el pesar de perder una botella llena, errores garrafales como enviar a una anciana octogenaria que apenas podía caminar con su andadera hasta el fondo de la librería a la sección de Astronomía, al confudirla con la de Astrología que estaba en la entrada, lidiar con los guaruras nefastos de algunos políticos, con farderos y un par de asaltos a mano armada. Pero lo que más recordaré es el buen ambiente que se formó y las pláticas interminables entre trabajadores y clientes.

Siempre fue un placer trabajar allí, agradezco a los López Casillas que me dieron la oportunidad de trabajar y aprender en una de las más bellas librerías de viejo de México. ¡Adiós Torre de viejo!







lunes, 25 de mayo de 2020

Primera edición, 1955


Siempre he sentido un gran gusto por visitar tianguis, ventas de garage, bazares, librerías de segunda mano y mercados de pulgas. Aparte de libros, soy un consumado coleccionista  de “chácharas”. Me gusta encontrar juguetes, discos, películas e inclusive elementos de decoración para mi casa que después de una concienzuda limpieza, pasa a formar parte de mi vista diaria.
Aunque pensándolo bien, quizás el término que me identifica más es el de “lo compraré porque me gustó, y seguramente en un futuro lo usaré” aunque no siempre ha sido el caso, por supuesto. 
En la Ciudad de México, donde he vivido toda mi vida, los tianguis son un elemento importante de la calle.
Hay uno en particular muy cercano a la casa de mi madre, en la delegación Iztapalapa. No muy conocido, ni concurrido, aunque abarca varias calles si lo decides recorrer de principio a fin. Lo que más encontrarás son puestos de fruta y verdura, carnes y lácteos, en donde la mayoría de las personas que lo visitan, jefes y madres de familia, buscan surtir la despensa para la próxima semana; básicamente, un lugar hecho para las personas de la colonia.
Yo generalmente iba a “chacharear” el día domingo y eso fue lo que hice.

A pesar de mi gusto por visitar estos lugares, no sigo la máxima de llegar temprano para ser el primero que tenga la oportunidad de escoger. Mientras que hay personas que a las 6 de la mañana están esperando las novedades, ese domingo eran cerca de las 3 de la tarde cuando salí de casa y me enfile hacia los puestos, en una caminata que no me llevó más de 10 minutos.

Justo a la mitad del transitado centro comercial ambulante encontrarás dos calles cerradas a tu mano izquierda, que desde que tengo memoria, son los lugares que los administradores han optado para que los chachareros coloquen sus productos. Los mejores lugares, siempre han sido los que conectan con la calle principal. 

Ese día, sentí que corría con suerte. Justo al entrar, en el primer puesto, vislumbre una gran pila de papel. Me acerqué. Había algunos tomos sueltos de la Nueva Enciclopedia Temática empastados en azul, justo al lado de revistas TVNotas de hace algunos meses, agendas telefónicas usadas y dos huacales con libros sueltos. Me dispuse a revisar que encontraría. Mi suerte no me decepcionó ya que unos ejemplares bastante bien conservados de “Las batallas en el desierto”. “Aura”, “La Tregua” y una novelita de Somerset Maugham (creo que era “El filo de la navaja”) se irían conmigo a casa. La expedición había bien valido la pena.

-¡Joven!- Me dijo la vendedora, que conocía yo de vista de muchas ocasiones- En ese costal tengo más libros, no los saqué todos porque no caben. 
Acto seguido, antes de que yo pudiera contestar, se acercó y volcó a mis pies un costal que desparramó más libros, algunas revistas Selecciones y ¡sorpresa! otro ejemplar de “Las batallas en el desierto”.
-¡Gracias!- Fue mi respuesta mientras veía las nuevas novedades. Mis manos alcanzaron un pequeño volumen empastado en un vivo color naranja, editado por el Fondo de Cultura Económica, que no era la siempre presente edición popular en rústica. “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Por un momento, pensé “Si es la primera edición, me voy a rayar”. Ese día me rayé. Con manos ya un poco temblorosas, en ese momento sólo estábamos dentro de ese bullicio, ese pequeño ejemplar y yo. Lo abrí, y las letras impresas decían de manera clara y contundente “Primera edición, 1955”.
Por un momento me quedé frío. Estas cosas, no se dan todos los días. Mientras conservaba el libro en mi mano izquierda, seguía hurgando para encontrar otro ejemplar o la camisa que le hacía falta. Por supuesto, mi suerte estaba echada y lo que a mí me correspondía, ya me había sido dado.
Aún no lo podía creer. ¿Cuánto dinero traía conmigo? Rebusqué en mi bolsillo y un billete de $100 asomo en mi mano. ¿Cuál sería el precio por ese libro encontrado en el suelo? ¿Ella sabría lo que era? ¿Era un libro más? En esos momentos mi mente jugaba conmigo. 

-¡Señora!- Dije, mientras me acercaba a ella, intentando mostrarme sereno y tranquilo. Encontré dos más, ¿cuánto le debo?

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Llegué a mi casa. En el trayecto no solté el ejemplar de mi mano, rodeado por la obra maestra breve de José Emilio Pacheco. ¿De quién era? Ninguna anotación que me lo dijera. ¿Cómo había llegado a este tianguis en particular? Seguramente como toda la mercancía allí exhibida; por medio de compras en casas particulares, alguna donación o cambio, o bien recogido de algún centro de reciclaje a punto de ser destruido, no lo sé con exactitud. ¿Cuánto pagué por el ejemplar? Recibí $40 de cambio de manos de la vendedora. 

Aún hoy, es una historia interesante para contar. 


domingo, 10 de mayo de 2020

La maldición a mis gatos

Recientemente me hicieron notar una extraña relación entre los gatos y los libreros de viejo, les contaré mi experiencia con los felinos, casi como una tragedia griega.

Hace algunos años mi esposa adoptó un par de gatitos, hembra y macho, ella era blanca y tan bella como arisca, él era muy travieso; la gata la llamamos bola de nieve y al gato por su pelaje atigrado lo nombramos de forma sumamente original como tigre. Mientras fueron cachorritos todo eran mimos y felicidad, ya en su etapa de adolescencia felina comenzaron con actitudes extrañas, un día que regresaba del trabajo (en esa época laboraba en una de las librerías de viejo del sur de la ciudad), observé a ambas mascotas arañando mis obras escogidas de Hemingway en Planeta y las obras completas de Herman Hesse en Aguilar, soy muy tranquilo pero en ese momento sentí mucha furia, me dieron ganas de estrangular a los dos pinches gatos, casi lo hago, sólo los cargue, cada uno con una mano y los maldije, les desee que tuvieran una muerte dolorosa, los odié en ese instante, inmediatamente los bajé y huyeron por caminos distintos.

Pasaron varias semanas y logramos una buena relación los gatos y yo, jamás volvieron a acercarse a mis libros y aunque de mi parte se terminaron los mimos nunca dejé de vacunarlos y alimentarlos adecuadamente. Una tarde de sábado atravesaba una avenida de seis carriles a la brava, es decir, no por las líneas de peatones, debía hacerlo con rapidez pues por esa zona pasan continuamente camiones de carga a buena velocidad, mientras lo hacía vi el cuerpo inerte de tigre en medio del asfalto, no pude detenerme, inmediatamente paso un trailer y no volví a saber de mi pobre mascota.

Pasó el tiempo y bola de nieve cambió sus actitudes desde la muerte de su hermano, era más distante y en ocasiones se perdía por horas entre las azoteas vecinas hasta que notamos que estaba preñada y tuvimos más precauciones con ella, vimos por su salud y atentos al día en que diera a luz. Tuvo cuatro lindos gatitos y por consejos de experiencia popular no nos acercamos a los recién nacidos para que no fueran rechazados por la madre. Después de unos días notamos que ya no eran cuatro, sólo eran tres, no entendíamos el motivo, a la gata la teníamos aislada en un pequeño cuarto de la azotea bien protegida, pero luego había sólo dos y después uno, intensificamos los cuidados. Cuando sólo quedaba un único gato mi esposa presenció una escena digna de un grabado de Goya, la gata traía en su hocico lo único que quedaba de su hijo, una patita sangrante ¡se había tragado a todos sus cachorritos!

Luego de ese momento traumático operamos a bola de nieve para que ya no pudiera tener descendencia. Una jueves por la noche, días después de la recuperación observé una escena grotesca, justo antes de entrar a mi casa dos perros partían a la mitad a la gata, literalmente la destrozaron con sus hocicos, eran un pitbull y un rottweiler, cada uno se llevó un pedazo.

No dejo de sentir culpa por maldecir a los pobre gatos. Mi madre me dijo de niño que el cielo de animales no existe, pero donde quiera que estén ojalá descansen en paz, mientras tanto, sentiré una presión en el pecho cada que vea mis ejemplares arañados.


sábado, 9 de mayo de 2020

Los libreros de viejo y sus simpáticos gatos.


Muchas cosas disfruto de ser provinciano pero también de algunas me avergüenzo: jamás en mi vida he pisado la lagunilla y conocí apenas hace diez años el maloliente callejón de Balderas que tan buenos libros me ha dado. Las excursiones infantiles al extinto distrito federal me paseaban por el papalote museo del niño, por el museo de Antropología e historia, por el castillo de Chapultepec y algún bien intencionado me presentó Coyoacán. Cerca de Coyoacán conocí aquella monumental librería Gandhi en la que pasaba horas eligiendo títulos que invariablemente alguien pagaba por mi. Un gasto de unos mil pesos me proveía apenas de unos tres o cuatro títulos pero quiso la providencia (soy poblano, excúseme los tintes religiosos) que supiera de oídas de una callejuela que se encontraba en Balderas y que vendía libros a mitad de precio y si uno era avispado se llevaba unos diez libros leídos por los mismos mil pesitos. Con el descubrimiento de dicho centro cultural con olor a orines llegó un conocimiento mayor: el de los simpáticos libreros y sus librerías.

Los libreros de viejo tienen un aire despreocupado que les hace posible tasar algunos de sus tesoros en el mismo precio en el que me venden un Vocho; tienen además una peculiar relación con los gatos: los aman. Así que cuando me aventure por Donceles la primera vez regresé cargado de libros leídos y suficientes pelos de gato. Craso error el creer que lo había visto todo, jamás imaginé que además de Donceles, la Roma estuviera plagada de tantos rincones librescos; baste con avanzar por Álvaro Obregón para detenerme por más de cuatro horas a husmear, a olisquear, a pasar páginas amarillentas y polvosas. Un dios benigno me condujo por calles llenas de millenials y Godínez hasta dar con dos bendiciones: el mercado de Medellín donde uno puede degustar una “comida corrida” a precio medianamente bueno y una pequeña librería ubicada en Bajío que me ha permitido comprar a Malcolm Lowry en cuarenta pesos.

Si me dieran a elegir me quedo con los vendedores de chácharas y no con los libreros; los primeros venden por vender y poco saben lo que venden, se les encuentra en tianguis de pulgas que abundan en Puebla y en Morelos ( por cierto encontré los domingos uno bellísimo en Xoxocotla, población autóctona cercana a Tequesquitengo) y así me hice con las obras de Lacan y Freud a un precio de risa, recuerdo haber pagado más por tres tacos de barbacoa y un agua de coco. Traigo a feliz memoria aquel capitulo con que comienza la segunda parte de “El Quijote de la Mancha” en que un buen andariego compra por medio real todos los cartapacios que contaban la culminación de la batalla que el buen Quijano y Sancho sostuvieron con los molinos de viento. En cambio los adustos libreros, sobre todo los entrados en carnes y en canas saben perfectamente lo que vale una primera edición, saben cuándo se dejó de editar tal o cuál libro, conocen a detalle el tiraje de una obra, se contactan entre ellos para tener idea del precio en el mercado libresco; son unos pillos a los que amo.

De estos libreros los hay que además del libro te venden la experiencia de la búsqueda, ponen sus librerías repletas de cosas antiguas, los pasillos son estrechos, los anaqueles vetustos y uno tiene que cuidar de no derribar las torres de libros; experiencia cercana al “país de las maravillas” y deambula por sus excéntricas librerías cuidando de no pisar a los gatos (otra vez los gatos) Los libreros y las tías tienen una unión filial con los felinos. El caso es que te venden la experiencia de la búsqueda y con ello el Paradiso de Lezama Lima ya te va saliendo en cuatrocientos, pero no importa, les pago lo que sea con tal de oler sus librerías y sus libros. Larga vida al gremio de libreros, en breve nos veremos y volveré a acariciar a sus gatos.

J. Gilberto Bello Durán
Facebook: Gilberto Bello
gil_bello@hotmail.com

viernes, 8 de mayo de 2020

Las uvas y el viento

“Los libros no son para coleccionarse o para exhibirlos sobre un librero como si fueran trofeos de guerra; los libros son para leerse… y ni siquiera para eso. Los libros son una guía para aprender a vivir…” 
     Así hablaba mi psicoanalista, llevaba ya catorce años en terapia y aún me dolía confesar, delante de él, algunas cosas, como el hecho de que me había vuelto adicto a comprar libros. Desde hace algunos años, adquirí la costumbre de buscar escritores poco conocidos, de esos que les llaman autores de culto. También sentía una extraña pasión por adquirir libros raros y, desde luego, nunca podía dejar pasar una primera edición.
     Recuerdo que aquel día, abandoné la terapia con un sentimiento de culpa tan grande como el que debió sentir Caín después de contemplar el cuerpo de su hermano tendido sobre la arena. Luego de meditarlo por un buen tiempo, pensé que lo mejor que podía hacer era deshacerme de mi biblioteca, así que, entré a mi departamento y comencé a seleccionar todas las novelas y los ejemplares que de sobra sabía que sólo eran un estorbo o un simple capricho. Tenía unos cuatro mil títulos. Después de una búsqueda meticulosa y extenuante terminé.
     Al día siguiente, con tres libros en la mano, producto de la meticulosa búsqueda, salí de mi casa rumbo al trabajo, pensaba vendérselos a algún aficionado a la lectura o incluso prefería regalarlos antes que mal venderlos en alguna librería de viejo. La tarde transcurrió con normalidad aún no hallaba a quién entregarle el bulto que anidaba en mi portafolio (debo reconocer que me dolía desprenderme de los libros), así que, decidí salir a comer.
     En ese momento sonó mi teléfono, era un buen amigo que me llamaba para ofrecerme una edición de Neruda que llevaba bastante tiempo buscando; comencé a temblar, las manos me sudaban, el corazón cabalgaba en mi pecho como si quisiera abandonarme y a pesar de la emoción opté por declinar la oferta y le dije a mi amigo de manera tajante que no compraría el libro, que había cambiado y que, por favor, a partir de ese momento dejara de buscarme.
     Me sorprendió la manera en la que había liquidado el asunto, tal vez la terapia, por fin, lograba tener un efecto contundente en mis decisiones. Regresé a la oficina, aún tenía varios pendientes que decidí dejar pendientes, pues necesitaba salir del trabajo con urgencia; quería respirar un poco de aire fresco.
     La tarde pasó sin mayores contratiempos y con la naturalidad de siempre, la verdad es que soy un tipo de lo más aburrido. 
     Esa noche llegué a casa y me dirigí a mi librero para llenar los tres huecos que había en él. No sin antes haber pasado casi dos horas contemplando al nuevo miembro de la familia, era un hermoso libro de Neruda titulado Las uvas y el viento.
    Me parece que, de ahora en adelante, tendré que tratar otros conflictos en la terapia, aunque, pensándolo bien, creo que llegó el momento de cambiar de psicoanalista.


gabriel duarte
mayo xx-xx

domingo, 3 de mayo de 2020

¿Cuánto?

Si bien cotidianamente son antagonistas por naturaleza propia, existen ocasiones, escasas como la historia de un deicidio, en que estos dos participantes de la vida del libro involuntariamente colaboran  para dar resultados inesperados. Me refiero por un lado al librero: adalid de las letras y de la tinta seca que resguarda el conocimiento y la vida de los autores con el celoso y prolijo ejercicio de su oficio, y por otro lado, el biblioclasta: aquel porfiado que no conforme con ser indiferente a los libros, se empeña en mantenerlos apartados de su vida y de quienes le rodean rindiendo pleitesía al pensamiento medieval que se creía derrocado gracias a la imprenta.

Era mi primer año en la bella ciudad de Guadalajara. Recién prófugo de la CDMX y llevando a cuestas nada más que  la experiencia adquirida durante dos años en una de las bastas proveedurías  de libros usados de la calle Donceles y un cambio de ropa.  Después de una azarosa búsqueda y de perder un empleo recién adquirido por llegar con  retraso y aliento alcohólico, la librería de "El Viejo" me abrió la puerta sin más trámite que una sencilla prueba para determinar mis habilidades como comprador de libros, como coyote. Resulta curioso porque en los años con L.C. en Donceles nunca tuve oportunidad de participar en la negociación de compra de los pequeños puñados de libros que regularmente llegaban al mostrador y cuya resolución se encontraba siempre en manos del empleado de más experiencia cuando el dueño estaba ausente.

En una de las semanas en que aún me adaptaba al modelo de trabajo de mi nuevo patrón mientras trataba de implementar los conocimientos de orden práctico adquiridos en CDMX la librería recibió la llamada de una persona que deseaba, casi ansiaba, disponer de la biblioteca de su difunto esposo. La señora nos urgió a acudir de inmediato para atender su imperiosa necesidad y cuando nos indicó la colonia en que se encontraba el domicilio  no bien dejamos las cucharas sobre los platos a medio comer y nos dirigimos raudos a su encuentro. En Guadalajara pocas veces las bibliotecas de colonias de alto nivel socio-económico se ponen a disposición de los modestos libreros de viejo.

Desde que llegamos a la residencia en la colonia Providencia El Viejo intuyó que algo muy bueno se presentaba frente a nosotros, una oportunidad singular e imperdible. Pero, como buen coyote, su primera recomendación al mozalbete que llevaba por acompañante fue la mesura. Así fue como me lo dijo: "acuérdate que venimos a comprar libros viejos". Esta última palabra subrayada con el tono de mezquindad y desdén con el que se categoriza lo inservible.

El afán de la viuda biblioclasta por dar celeridad a la operación fue la presentación con que nos recibió justo después de invitarnos a pasar a la inmensa biblioteca depositada y conservada con un evidente celo y detalle por, al menos, dos generaciones. Nuestros ojos no alcanzaban a dar cuenta de todas las maravillas que ahí se resguardaban. Bastaba otear cualquiera de los hermosos libreros de finas maderas para descubrir alguna serendipia: ejemplares impecables de códices, enciclopedias rarísimas, bellísimas encuadernaciones en piel hechas ex profeso, colecciones majestuosas de las celebradas ediciones españolas de Aguilar, literatura contemporánea de exquisitos autores nacionales y extranjeros, libros de arte cuya portada y hechura bastaban para sentir nostalgia por los tiempos en que los libros se hacían con el mismo cuidado y dedicación que una fina escultura.  No cabía duda: habíamos encontrado la ciudad de El Dorado o, mejor dicho, nos llamaron de ahí para hacerles una visita.

Aún no salíamos de nuestro asombro cuando un furtivo intercambio de miradas y muecas entre El Viejo y yo nos nubló la sonrisa para reinstalarnos en nuestra realidad: esa biblioteca podría valer lo mismo que la modesta pick up en la que viajamos y, por supuesto, mucho más de lo que llevaba el patrón encima. Sin embargo, fieles al principio general de desinterés que el librero y cualquier mercader debe guardar ante semejantes ocasiones, nos dirigimos con parsimonia a inspeccionar los excelsos muebles donde se albergaban esas joyas por las que ya nos relamíamos los bigotes. No pasó mucho tiempo de nuestro cauto proceder cuando la viuda biblioclasta se dirigió al Viejo con exacerbada impaciencia "¿Los va a revisar todos, señor?". El momento temido había llegado y en nuestras mentes no había cabida aún para fijar una cantidad y comenzar a negociar.

-Mire, señor, tengo algo de prisa, ¿no me puede decir así rápido cuánto?
-No lo sé, señora, usted dígame ¿cuánto?
-Mire, le voy a dar mil pesos para la gasolina pero ya llévenselos todos.

...

Al día siguiente, aun recuperándonos de la extenuante labor de bajar libros y colocarlos sin mucho orden en la caja de la camioneta durante más o menos una hora y media nos alistábamos para regresar a la residencia en Providencia y recoger el resto de los desechos de una viuda biblioclasta que con su desprecio por los libros nos aseguró al Viejo, a la librería y a mi una boyante temporada en el mundo de la compra-venta de tinta seca y nos concedió una irrepetible experiencia en el fascinante oficio de librero.

Por supuesto, en apego a las reglas no escritas del librero, y emulando los rituales paganos de nuestros predecesores, esa noche rendimos una ofrenda extraordinaria al dios Baco agradeciendo la bonanza y deseando recibir los mismos favores para la próxima cosecha.

José Barba. Guadalajara, Jalisco.
FB: Librero José Barba
IG: José_Barba_Librero




jueves, 30 de abril de 2020

Sobre Edward Albee y tres libros de Tario

Y resulta que la roomie se puso creativa, un fenómeno llamado Anahí la inspiró, y decidió que el día de hoy comeríamos enfrijoladas; por fortuna no serán de tofu (no sé qué invento chino sea el tofu, pero después de lo que pasó con los murciélagos no se me antoja saber nada de inventos chinos) (¡Pinches chinos!), así que, me tocó deshebrar el pollo y me siento como si me hubieran mandado a las mazmorras a pelar patatas. 
     Mientras desmenuzo unas pechugas gigantescas (que más bien parecen pechugas de rinoceronte), una pequeña pregunta se me trepó por el tobillo y continuó ascendiendo por mi regordeta humanidad, hasta que fue a parar a mi oído; después de un rato, la pequeña pregunta emitió un ligero murmullo: ¿y ahora qué chingados vas a escribir para el blog, cabroncito? ¡En la madre!, exclamó el cabroncito, ¿qué chingados voy a escribir?
     Justo en esas estaba cuando recordé algo de mayor importancia: se me acabó el desodorante (¡Pinche desodorante!), pero, la roomie es muy precavida, su casa parece tienda de abarrotes y tiene de todo (tres escobas distintas para barrer tres superficies distintas; cuatro tipos de aceite: aceite de oliva, aceite para cocinar, aceite con especias y estoy seguro que también tiene aceite para motor; cinco clases de jabón; diez mil cuchillos, en fin, tiene de todo) así que, no le he preguntado, pero sospecho que en la despensa debe tener unas cien marcas de desodorante, sólo que no creo que haya desodorante para hombre, por lo tanto, supongo que el día que abandone este encierro (si es que eso llega a suceder) saldré de aquí oliendo a mum bolita mágica.
     El caso es que el cabroncito terminó con el pollo y llegó el turno de ponerle en su madre a la temible cebolla. Mientras picaba la cebolla, para preparar las enfrijoladas, comencé llorar. Lo único bueno fue que con el llanto dejé de lado las pequeñas preguntas y encontré algo, en los nebulosos pasillos de la memoria, que había olvidado y que necesitaba escribir.
     Verán: hace mucho tomé unas clases de teatro, más bien eran clases de dramaturgia (no me imagino de actor y haciéndole al Brad Pitt, ni de broma). La maestra era una muy mala dramaturga, pero muy buena maestra y una porquería de persona; el asunto es que un día llegó muy puntal a dar la clase y nos repartió unas copias fotostáticas, se trataba de una obra del gran Edward Albee, recuerdo que me gustó, pero no recuerdo que me hubiera gustado tanto. Era un montaje de cuatro personajes, el cual leímos en grupo; es decir, la inmamable maestra, seleccionó a cuatro alumnos quienes comenzaron a leer, mientras los demás escuchábamos y seguíamos el guion con nuestra respectiva copia. Fue algo que nunca había hecho y la sensación me dejó impresionado. Era como haber asistido al teatro y ver la obra sin verla. Le llaman lectura dramática (creo).
     Pasó el tiempo y después de dos semestres un compañero seguía obsesionado con la obra, se llamaba: Marina (la obra, no mi compañero). Me dijo que había buscado el libro por todo el continente y no había tenido éxito, así que, viendo su angustia, me sentí bien chingón y decidí buscarle el texto de Edward Albee. 
     De lo primero que me enteré fue que la publicación la había hecho una pequeña editorial, no tenían presupuesto y la primera y única edición estaba agotada. Por lo que tuve que recurrir a cuanta librería de viejo se me cruzó por el camino. 
     Cierto día, y más bien buscando unos libros de Tario, llegué a un lugar donde me atendió un sujeto bastante agradable; me dijo que en ese sitio no tenían nada de Francisco Tario, pero me dio el teléfono de su hermano y me comentó que sería probable que él pudiera tener alguno.
     Así que, llamé al misterioso individuo y nos quedamos de ver en una cafetería. Me llevó algunos libros, no recuerdo muy bien los títulos, sólo recuerdo que le compré uno o dos porque eran bastante raros. 
     En aquella ocasión, estábamos por el sur y los dos teníamos que dirigirnos al centro de la ciudad, así que, concluimos nuestro negocio (muy pinches negociantes) y nos fuimos juntos. En el camino le pregunté por el libro de teatro que mi compañero tanto había buscado. Para mi sorpresa me respondió que él lo tenía. En ese momento pensé: “seguro este brother me está viendo cara de nixtamal y esto se trata de una sucia jugarreta para orillarme a ir a su librería y ver qué más puede encajarme”. Decidí seguirle el juego y lo acompañé a su local; después de unos minutos llegamos, abrió las pequeñas puertas de su negocio y en menos de veinte segundos sucedieron dos cosas: a) puse la mejor cara de imbécil que tenía a la mano y b) me entregó el libro. El texto se llama Teatro norteamericano contemporáneo.
     Ese día pasé de la emoción, al remordimiento y luego al gozo en tan sólo 7.4 segundos, pues me alegré por mi compañero de clases, al fin le había conseguido su libro, pero enseguida dudé si no sería mejor quedármelo y, la verdad, eso fue lo que hice, porque me enteré que Edward Albee ganó el premio Pulitzer (que es como un Nobel en el periodismo) con esa obra y también había escrito La historia del zoológico ¿Quién teme a Virginia Woolf?, entre muchas obras más. 
     Por fortuna, tan sólo unas semanas después, en una feria de libros, conseguí otro ejemplar y esta vez sí fue a parar al librero de mi compañero de clases (al César lo que es del César).
     Pero si piensan que la historia acabó aquí se equivocan. Al día siguiente de haber conocido al misterioso individuo, me llamó y me dijo que tenía varios libros de Tario y, esta vez pensé: “favor de no mamar, eso no puede ser posible”. Llevaba chingos de tiempo buscándolos. Me dirigí de nuevo a su pequeña librería y puso en mis manos tres primeras ediciones, se trataba de: Tapioca inn. Mansión para fantasmas, Aquí abajo y La noche. Yo no lo podía creer. Eso era un absurdo. De nuevo sólo había dos posibilidades: a) o yo era un pendejo que no sabía buscar ni madres o b) el misterioso individuo tenía una imprenta y se dedicaba a falsificar libros antiguos. 
     El caso es que pasó el tiempo y seguí visitando la pequeña librería con frecuencia para comprar algunos libros y gracias a todo este desmadrito, me encuentro escribiendo estas líneas, pues ahora, el misterioso individuo y yo, somos muy buenos amigos y me invitó a escribir en este blog.
     Jamás olvidaré que un día me vendió un libro de Fernando Pessoa, era una antología de poemas y… ¡no tenía Tabaquería!, eso es imperdonable, una antología de Pessoa sin Tabaquería es como un Sancho sin Quijote o como un taco de suadero sin cilantro.
     En fin que, les dejo aquí los primeros versos del referido poema: 

No soy nada
Nunca seré nada
No puedo querer ser nada
Aparte de esto, llevo en mí todos los sueños del mundo…

     Para finalizar les diré que ni mi amigo ni yo nos dimos cuenta, pero el libro de Edward Albee tenía el autógrafo del escritor y, en teoría, ese detalle genera que el libro tenga un mayor valor. Por otra parte, volví a leer la obra, me gustó mucho y, por si tenían la duda, les comento que, a pesar del llanto por picar la cebolla (¡Pinche cebolla!) y las pequeñas preguntas, las enfrijoladas quedaron bien de pocamadres. Así pues:

     Descansen y, por favor, no olviden soñar.

gabriel duarte
abril xx-xx

El bibliófilo de Balderas

Hace más de una década me lo presentaron como especialista en firmas, un hombre corpulento de cuarenta y tantos años, de pelo cano y vestido con pulcritud, usaba anteojos de alta graduación, se percibía en él cierto halo de erudición, aunque la presentación hecha por parte de un librero no me fue agradable, sentí como si lo tratara igual que a un cuate de la cuadra. Ese día yo llevé a presumir un ejemplar con la dedicatoria de Juan Rulfo, el bibliófilo de Balderas tomó el ejemplar, no hizo ni un solo gesto, no se inmutó, ahora sé que actuaba de forma profesional, como se dice en el argot libresco, era un coyote, me miró y sin decir una sola palabra asintió y me devolvió el libro, fue la primera vez que lo traté.

El bibliófilo de Balderas es un librero especializado en primeras ediciones de literatura mexicana e iberoamericana principalmente, con gusto refinado, tiene predilección por los poetas mexicanos de culto y autores del exilio español, conoce sobre libros de Poesía de Centro y Sudamérica, de libros ilustrados por grabadores del Taller de la Gráfica Popular, estudioso de los Contemporáneos y el Movimiento Estridentista.

Siempre viste con esmero y limpieza, botas bostonianas excelsamente lustradas y camisas perfectamente planchadas, en eso hace diferencia con muchos libreros descuidados en su persona; el bibliófilo de Balderas come bien, bebe de forma cotidiana, para socializar y hacer negocio dice él, toma ron solo, sin refresco, se desenvuelve en varios estratos sociales y en lugares radicalmente opuestos, puede uno encontrarlo tomando cerveza los domingos con los colegas de la Lagunilla o entre semana en bares de Polanco cerrando tratos con coleccionistas y galeristas. 

El librero bibliófilo tiene la fortuna de estar en el momento y lugar preciso, eso lo he confirmado una y otra vez a lo largo de los años, parece que tiene un olfato para las primeras ediciones, la segunda vez que lo vi llegó al puesto de un colega suyo cuando yo le ofrecía una edición príncipe de Octavio Paz, con una de las más hermosas portadas hechas por Rufino Tamayo, el libro estaba impecable, me ofreció la décima parte del valor real de la obra, yo no sabía de primeras ediciones, él sí, acepté de inmediato, la revendió a un coleccionista renombrado.

A lo largo de los años he podido venderle miles de libros, no exagero en la cantidad, siempre han sido ejemplares raros, al inicio me coyoteaba mucho, a veces me daba coraje, pero él con mucha pasividad me decía que en el oficio de librero anticuario siempre se paga el precio del aprendizaje y ¡vaya que lo pagué! Una vez quise sobrepasarme en el precio con él, le ofrecí una primera edición de César Vallejo en tres mil pesos, el bibliófilo aceptó y la revendió en treinta y cinco mil; otra, le ofrecí un lote de exiliados españoles en quince mil, ¡ya iba aprendiendo! el cabrón lo revendió en cien mil. Y así, una tras otra con libros antiguos, firmados, ilustrados del siglo XVII, etc.

Mi amigo tiene gran reconocimiento en el mundo de la bibliofília en México y en general en el negocio del libro antiguo, así como uno menciona un aguilar, en donde ya va implícito que es un libro de calidad, en el coleccionismo pasa algo similar, el bibliófilo de Balderas dicta sin saberlo cuando un libro tiene o no valor. Es respetado por clientes y colegas.

En una ocasión, en una feria en que ambos participábamos, evento de libros usados alterno a la feria de Minería en el Centro Histórico observé a un coleccionista peruano mirando en un puesto del Callejón de la Condesa una primera edición de Historia de un deicidio, se lo ofrecían en doscientos pesos, no aceptó, imagino que dudó más de la persona que se lo vendía que del ejemplar, unos instantes después llegó mi amigo, pidió ver el mismo libro, lo compró en cuatrocientos pesos (a él le venden más caro los cabrones), lo llevó a su stand donde unos minutos después llegó el coleccionista peruano, el bibliófilo de Balderas le ofreció el mismo ejemplar que ya había visto unos minutos antes, pero ahora en dos mil pesos, se lo compró.

Parafraseándolo: "el valor de un libro cambia dependiendo de las manos en que se encuentre".

Por cierto, le gustan las mujeres altas, bajitas, delgadas, robustas, güeras, morenas, jóvenes, maduras , pobres, ricas y así la lista puede continuar. Me cae bien mi amigo librero.

¡Larga vida al bibliófilo de Balderas!





martes, 28 de abril de 2020

Historia de un deicidio

Antes de entrar en materia, les diré que, como mucha gente, llevo más de un mes encerrado; por fortuna vivo con una amiga, creo que si estuviera viviendo solo ya estaría a punto de arrojarme por el balcón.
     No sé ustedes, pero, yo tengo un pequeño gran desmadre con los horarios y las horas de sueño. La roomie se despierta más temprano que yo (me parece que sería más correcto decir antes que yo, y no más temprano, eso de levantarse a la 1:30 pm, no me suena a que sea muy temprano), prepara el desayuno y me avisa cuando está listo; con la noche aún agazapada en las entrañas intento ponerme de pie y comienzo a caminar como si lo hiciera a través de un campo minado. Hago malabares para llegar a la cocina y cuando por fin me acerco al comedor, la roomie tiene unos deseos inconmensurables de hablar. Yo, en ese momento no sé si estoy vivo, muerto o en una pesadilla, sólo percibo una tormenta de ideas a la vez y me siento como si estuviera escuchando Juana la Cubana a todo volumen.
     Después de lavar los trastes, poco a poco mi cerebro comienza a desapendejarse, pero es inminente que me dirija a la regadera para despertar por completo y poder comprender el mundo en su totalidad (o lo que comprendo en un día normal, que es nada o casi nada).
     Una vez que salgo del baño me encuentro listo para leer o para escribir algo, según sea el caso. Esta semana me acompaña la gran Rosario Tijeras, del colombiano Jorge Franco; la novela está a toda madre, pero como de lo que se trata aquí es de hablar sobre libros, hallazgos y librerías de viejo, les contaré algo que me sucedió algunos años atrás.
     Verán: hace un tiempo conocí a García Márquez, bueno, no lo conocí a él, quiero decir que leí uno de sus libros; por todos lados escuchaba que Cien años de soledad era la obra cumbre, como una especie de Quijote contemporáneo, que se trataba de un libro fundamental para comprender el realismo mágico, el boom latinoamericano y montones de cosas más.
     El asunto es que terminé la novela y me pareció deslumbrante la manera en la que está narrada, y la forma en la que el autor logró tejer una historia tan compleja, sin dejar de lado que la prosa y el lenguaje utilizados son magistrales. Me sorprende la facilidad que García Márquez encontró para crear personajes tan verosímiles, pero tan ajenos de nuestra realidad y a la vez tan cercanos a ella, en fin que, podría hablar hasta el cansancio de Cien años, pero me parece que gente mucho más capaz, ya lo hizo hasta el aburrimiento. Así que, para finalizar con este punto, sólo he de decir (y que Dios y los amantes del Gabo me perdonen) que leí dos veces el libro y ninguna de las dos ocasiones me enganchó por completo, pero sí pensé, de dónde demonios se le habrán ocurrido tantas cosas y qué asuntos tendría que vivir un escritor para escribir algo así.
     Como de costumbre, descubrí que alguien ya había pensado lo mismo, con la ligera diferencia de que el sujeto en cuestión era Mario Vargas Llosa, quien escribió un libro denominado Historia de un deicidio y resulta que dicho trabajo fue su tesis doctoral.
     Ahora bien, el título original era García Márquez: lengua y estructura de su obra narrativa,  pero cuando se publicó, la editorial le cambió el nombre, haciendo referencia a algo que me pareció bastante interesante: "deicidio" viene del latín y significa algo así como matar a Dios.  
     En su tesis, Vargas Llosa compara diversos acontecimientos ocurridos en la vida de García Márquez en relación a su literatura y desarrolla una teoría en la que se supone que el escritor se rebela contra la realidad e intenta sustituirla por la ficción que él mismo inventa y de este modo suplanta el poder de Dios.
     Tomando en cuenta todo lo citado con antelación, el libro ya parece deseable, si a esto agregamos que Vargas Llosa y El Gabo se pelearon por una mujer y que a raíz de este acontecimiento el colombiano no permitió que se volviera a publicar, el libro resulta aún más tentador.
     El asunto es que un día llegué con cierto amigo, que me invitó a escribir en cierto blog, ciertas cosas que pasan con ciertos hallazgos y en ciertas librerías de viejo. Le pregunté que si no había manera de conseguir el mencionado texto de Vargas Llosa, a lo que me respondió: "un día estuve muy cerca de tenerlo, sólo una mesa y una sabandija me impidieron conseguirlo" (en realidad mi amigo no dijo sabandija, porque él es muy propio, pero, como se habrán dado cuenta, yo no). Me explico:
     Era un día como cualquier otro día, me quedé de ver con mi amigo para tomar un café, el lugar de la cita estaba ubicado a unos cuantos locales de una librería de viejo, nos reunimos y mientras tomábamos un capuchino, le hice la pregunta sobre el libro y me dijo que, en días pasados, había llegado a la librería a la que teníamos pensado ir; como era su costumbre comenzó a analizar los libreros y desde muy lejos reconoció el lomo de Historia de un deicidio, estaba por tomarlo cuando se entretuvo en una mesa de baratijas y justo en ese momento un escritor entró a la librería, observó el libro, lo tomó, as soon as enchinga, se dirigió a la caja, lo pagó y se lo llevó. Mi amigo se quedó viendo al fulano aquel, como cuando Juan Diego vio a la virgen. Y ante sus incrédulos ojos observó cómo se le escapaba el libro de Vargas Llosa.
     Cuando le pregunté quién era el sujeto que prácticamente le había quitado el texto de las manos, me respondió que no lo conocía mucho, sólo sabía que era un escritor nacido en León Guanajuato en 1965, que había sido becario del Sistema Nacional de Creadores y de la fundación John Simon Guggenheim. Que era autor de las novelas Nostalgia de la sombra, El rostro de piedra y de nueve libros de cuentos, varios de ellos traducidos al inglés, al francés y al portugués. Que había ganado varios premios de cuento, entre ellos el Certamen Nacional de Cuento, Poesía y Ensayo de la Universidad Veracruzana (1994), y el premio de cuento Juan Rulfo (2000) otorgado por radio Francia Internacional y que su recopilación de relatos Sombras detrás de la ventana (2010) obtuvo el premio de Literatura Antonin Artaud, otorgado por la Embajada de Francia en México, pero no recordaba su nombre.
     Con tales referencias yo no sabía si reír, rezar o llorar, sólo me quedó el consuelo que nos queda a todos los bibliófilos cuando perdemos un libro: "al menos, creo que quedó en buenas manos".
     Para finalizar les diré que leyendo Rosario Tijeras, de casualidad me encontré un párrafo en el capítulo doce (que justo es en el que voy) que quizás podría resumir el sentimiento de mi amigo:
     "...volví a mi casa. No tuve que decir nada, en mi cara se leía todo y la lectura debió ser patética, porque en lugar de reproches recibí sonrisas entumecidas y palmadas en la espalda, aunque nada de eso alivió la congoja que sentía. La sensación era la de haberme chocado a gran velocidad contra un muro, dejándome tan aturdido que no podía definir sentimientos, tampoco podía entender la situación que me había llevado a sufrir ese tremendo choque, trataba de poner las ideas en orden para hacer un diagnóstico de mi mal, pero no fui yo, sino alguien de mi familia quien acertó cuando se decidieron a poner el tema sobre la mesa..."
     En fin, no sé si él se sentiría de este modo, pero cuando me enteré de su historia, yo sí me sentía así, quizás peor.
     Por ahora la noche se devoró los colores, no me resta más que pedirles lo que les pido todos los días después de escribir:
     Descansen y, por favor, no olviden soñar.

gabriel duarte
abril    xx-xx

lunes, 27 de abril de 2020

El sobrino de WR y los libros de un costal

WR son las iniciales del famoso intelectual de origen asturiano, traductor al español de obras clave en el estudio de la filosofía y el marxismo, profesor emérito de la Universidad de México, pero no es a quien me referiré, esto va en torno a su sobrino.

Nos citó para vender una amplia biblioteca, llegué con mi socio al departamento ubicado en la colonia Narvarte, se presentó como el sobrino de WR, aunque la casa perteneció a su tía, tal vez hermana del fallecido erudito español, nos dijo que había heredado el inmueble, los cachivaches y los libros, tenía ese tono con el que en la Ciudad de México nos referimos a los "mirreyes", jóvenes de origen acaudalado, normalmente residentes de La Lomas y Santa Fe, estaba acompañado por una bella chica, tal vez actriz de cine, aunque no la reconocí (a pesar de fijarme en todos los detalles).

Nos mostró la biblioteca, sin dejarnos un momento solos, siempre interrumpiendo nuestra labor mostrándonos los que a su consideración eran unas joyas, por ejemplo: un atlas de formato monumental editado en los sesentas; un misal del siglo XIX, todo madreado; un par de libros horrendos con las tapas de madera; un tomo suelto de una enciclopedia de arte y un mamotreto incompleto de inicios de siglo XX sobre fármacos; es decir, ¡pura madre!

Revisamos la biblioteca por unos quince minutos, ya no lo aguantábamos, eran unos dos mil libros distribuidos en todo el apartamento, pero nada relevante, la mayoría eran novela rosa de Corín Tellado y María Luisa Linares, de poco valor para nosotros; antes de argumentar nuestro desinterés y él insistiendo sobre las "grandes piezas" que había heredado, nos señaló el cuarto de limpieza donde había un costal con libros que él mismo había elegido como inútiles, -chéquenlos, tal vez les sirva algo - nos dijo, soportando su presunción y ademanes altaneros, fuimos a ver esa selección.

Comencé a revisar los libros del costal, mi socio ya estaba harto, le pedí paciencia y registré minuciosamente los ejemplares, sólo puedo decirles que en esa ocasión sentí el latir de mi corazón con mucha intensidad, saqué las primeras ediciones de "Poeta en Nueva York" de García Lorca, editado por la editorial Séneca; "España aparta de mi este cáliz" de César Vallejo; "Jusep Torres Campalans" de Max Aub, entre otras maravillas del exilio español en México, como dirían los bibliófilos "las piezas" o en el argot libresco "la pura chuleta".

De todo lo visto en ese departamento sólo nos interesaban diez títulos, no sería fácil comentárselo al petulante sobrino de WR, decidimos mezclarlos con otros veinte libros y realizar la propuesta, en el lote incluimos dos libros antiguos sin importancia.

Le explicamos al muchacho que la biblioteca era muy buena, que no eramos los indicados para adquirirla, pues estaba destinada a alguien que realmente conociera y tuviera buen gusto como él, le pedimos nos vendiera ese pequeño lote pues era nuestro perfil, la cháchara, me sentí como en una escena de la película "La novena puerta", en su mirada notamos extrañeza, aceptaba siempre y cuando dejáramos los dos libros antiguos, a "regañadientes" accedimos. Salimos con un lotecito de veintitantos libros, muy felices.

Imaginé a WR, por quien siento admiración, retorciéndose del coraje desde el más allá, no por nuestra acción, sino por la ignorancia de su sobrino, a quien no admiro.  Nos enteramos que terminó tirando la biblioteca a la basura.



lunes, 20 de abril de 2020

La señora de los gatos

En las andanzas de ir a comprar bibliotecas, recuerdo una en particular, por la zona sur de la Ciudad de México, en un conjunto habitacional de Av. Universidad. Ella vivía en el cuarto piso de la torre L, cuando llegué a la planta baja se percibía ya el olor, ese tufo inconfundible que presagiaba la presencia de gatos, era primavera, medio día y un calor sofocante, comencé a subir  por las escaleras, pues no había elevador, todo estaba sumamente limpio, pero la esencia de los felinos era cada vez más penetrante, conforme subía cada piso el olor se intensificaba a pesar de la pulcritud del lugar, por fin, me presenté frente a la puerta de donde emanaba esa pestilencia, me recibió una empleada de gobierno, una asistente social, me asomé al departamento y del lado izquierdo, recostada en un sillón de madera, la señora de los gatos, una mujer de aproximadamente setenta años que llevaba olvidada de sí misma al menos una década, cabellera blanca, abundante a pesar de la edad, ropa de varios colores y de varias épocas, mirada triste y perdida, no respondió mi saludo, seguramente ensimismada en recuerdos de mejores días.

El departamento estaba lleno de rastros de heces de los animales, las evidencias se contaban por cientos, era notorio que habían sido removidas recientemente. Continuaba en la puerta de la entrada pero la curiosidad me ganó, me di valor y con la mano cubriéndome la nariz y la boca pasé al departamento, intenté pisar por las áreas más limpias de la alfombra, pero fue imposible. Llegué hasta la habitación donde se hallaban los libros, para mi sorpresa, eran bastantes títulos y muy buenos, aproximadamente dos mil ejemplares, estaban colocados en libreros que tapizaban las paredes, en medio había una cama individual con libros también, no existía casi ninguna parte del cuarto sin vestigios de la invasión felina. La mayoría de los libros estaban cubiertos de polvo y marcados con los orines de los animales, no quise tocar nada, decliné realizar la compra.

Después de mi rechazo, la trabajadora social me pidió que la apoyara, me contó la historia de la señora de los gatos, que en ese momento cantaba un bolero en la sala, no la vi, pero me la imaginé bailando sola, encima de la mierda de sus mascotas sin percibir la fetidez, acostumbrada a ella, se escuchaba contenta.

La empleada del gobierno me contó que la señora de los gatos fue esposa de una eminencia, doctor en Ciencias Biológicas por la U.N.A.M. donde daba clases, su matrimonio duró treinta y cinco años, no tuvieron hijos, así lo decidieron y así eran felices, hasta que él murió atropellado hacía diez años, desde ese momento ella entró en depresión, se aisló del mundo, sólo salía a comprar comida para sus mininos una vez a la semana, sobrevivía con la pensión de su esposo. 

La trabajadora social fue enviada en apoyo debido a insistentes llamadas de los vecinos para que auxiliaran a la anciana, llevaba semanas sin salir y sólo se escuchaba que cantaba. Al llegar el apoyo, la señora de los gatos se puso histérica, después de un rato dejó entrar a la asistencia social, se sentó en su sillón de madera mientras veía como se llevaban a sus nueve "hijos" y sacaban tres enormes bolsas con heces de los animales.

El dinero de la venta de la biblioteca era para acelerar el proceso de enviarla a un asilo, opté por rescatar algunos libros, sólo pude seleccionar cincuenta de ellos, la pestilencia y las condiciones de los ejemplares no permitían hacer más. Al retirarme vi como la anciana recostada en su sillón dibujaba en el aire compases musicales, abstraida totalmente, feliz, cantando un bolero.

Días después me marcó la asistente avisándome que la señora de los gatos murió en su casa, muerte natural, la hallaron inerte, en su sillón, con el bosquejo de una sonrisa y abrazando la foto de su esposo.

sábado, 18 de abril de 2020

Sólo los más aptos sobrevivirán

   El mantenerse como vendedor de libros usados en México después de esta pandemia sólo será para los más aptos, como la vida misma lo dicta. He notado que varios de los grupos de redes sociales dedicados a la venta de libros viejos han tenido un alza en sus ventas, les aplaudo. Su éxito radica en estar preparados para los cambios, ojalá varios de los libreros nos adaptemos rápidamente a las nuevas condiciones. 

¿Qué hacen estos administradores para aprovechar las nuevas condiciones de comercio? 
  • Delimitaron el perfil de los libros que ofertan.
  • Publican diario. 
  • Son claros en su información, condiciones del ejemplar y precio siempre a la vista.
  • Tienen una reserva de material para mantener las novedades en sus grupos.
  • Mantienen contacto con sus proveedores principales y pagan a tiempo.
  • Se comunican de forma estrecha con sus clientes, están al pendiente de sus necesidades y responden sus inquietudes sin demora.
  • Los ejemplares que ofrecen están en buenas condiciones.
  • No dan precios altos a pesar de la escasez del material.
  • Sólo hacen envíos por paqueterías certificadas y lo realizan puntualmente.
Es decir, son profesionales y generan confianza en sus clientes. Aprendamos de ellos. 

Pero no sólo en los grupos hay acciones que son de admirar, en estos días de contingencia, un librero de Guadalajara adaptó un camión como librería móvil y hace citas para los interesados, es decir, si los clientes no van a la librería, la librería va a ellos, claro, con las medidas sanitarias pertinentes.

Normalmente sólo me refiero a los libreros de viejo, en esta ocasión también incluiré a algunas editoriales independientes; un par de ellas en cuanto comenzó el #quédateencasa, pusieron parte de su catálogo en descuento, pero de forma inteligente, aquellos títulos de los cuales tienen muchas copias y agregan uno que otro libro muy solicitado como gancho, todo a un precio fijo muy atractivo hasta para los revendedores y con envío gratis.

Compañeros libreros, adaptémonos. 








jueves, 9 de abril de 2020

Borges en la Obrera

   La Obrera es una colonia popular de la Ciudad de México, en el corazón de la urbe, limitada por el Eje Central, la Calzada de Tlalpan y el Centro Histórico, ubicación privilegiada, pero desde la época colonial ha sido una zona brava e insegura, es más sencillo hallar a media noche una michelada y acompañarla con una alitas, que leche en polvo para un recién nacido, no se pensaría que podría haber tal cantidad de libros y de la calidad que descubrimos. 

Me marcaron para una cita en la Obrera, más de dos mil libros de literatura, parecía inverosímil pero me arriesgué, el domicilio está en la calle de Bolivar, se entra por una fonda, me recibió un señor ya mayor, como de setenta años, pelo cano, pero aún se le notaba la fuerza que debió tener en su juventud, se percibía en sus rasgos cierta dureza, criado seguramente a la vieja usanza; donde el hombre no debe reflejar ningún atisbo de debilidad, jamás llorar, además de ser el proveedor de la familia.

Cruzamos la fonda donde preparaban el menú del día, era temprano, entramos a la parte habitable, subimos por una estrecha escalera de caracol, seguía dudoso de que hubiera libros, entramos a otra parte de la casa, subimos por otra escalera y por fin llegamos a una habitación cerrada con tres candados, creí que era una exageración, abrió, me invitó a pasar y ¡sorpresa! Vi una estancia de cuatro metros cuadrados, llena de tomos apilados, no había libreros, estantes o cajas, simplemente los miles de ejemplares uno sobre otro, no me sorprendió la cantidad, lo que me sorprendió fue el ver la colección completa de La Biblioteca de Babel, los treinta y tantos títulos de la colección de lecturas fantásticas dirigida por Borges y editada por Siruela en excelentes condiciones; a un costado todos los libros de la serie de El Ojo sin párpado, impecables, los cuarenta y nueve títulos aún con los cubre polvo y al otro lado los coloridos volúmenes editados por Reino de Redonda, con eso basta para explicar el nivel de la colección, a los compañeros libreros y bibliómanos les será difícil creerlo, pero fue real. 

Una negociación muy difícil, el viejo no cedía, deseaba obtener el triple de lo que normalmente pagamos por una biblioteca de esas características, obviamente no eran de él, pero los valoraba mucho, no sabía de los autores o de las colecciones que poseía, pero no iba a ceder, en el estira y afloja de la negociación, le pregunté de quien eran los libros y porqué los vendía, bajó la mirada, cambió su tono de voz y me lo contó.
Los libros eran de su hijo M*, fruto de su primer matrimonio, desde niño mostró sensibilidad y gusto por las artes y la cultura, de forma autodidacta aprendió cuatro idiomas y terminó sus estudios de posgrado en Europa. En el país radicaba en un departamento de la Condesa, colonia acomodada de la Ciudad de México, trabajaba como colaborador en revistas de divulgación científica, periódicos de tiraje nacional y era editor. No se llevaban bien, siempre tuvieron conflictos, pero unos meses atrás M* se comunicó con su padre, lo invitó a cenar a su casa, al terminar caminaron por el Parque México, aprovechando la noche templada platicaron de asuntos banales hasta que M* lo paró de pronto y con suma tranquilidad le confesó que era homosexual, que tenía pareja y se iba a casar, el señor explotó, le gritó que eso no era natural, se retiró vociferando: ¡pinche puto! ¡¿qué hice para merecer esto?!

Una semana después, el señor recibió la noticia de que su hijo se había suicidado, se colgó un viernes en su hogar y lo encontró hasta el lunes la señora de la limpieza, dejó una nota y su testamento, donde a su pareja le cedía el departamento y a su padre los libros, con la consigna de venderlos y utilizar el dinero para su vejez.

Después de escuchar la historia, cerramos el trato. Un par de semanas después me marcó el señor, tenía un par de cajas más, fui de inmediato, eran los libros eróticos de su hijo, pensaba quemarlos, pero prefirió venderlos como dejó dicho su hijo en la nota, ésta vez el trato fue sencillo, al pagarle y despedirme lo dejé sentado en una silla maltrecha, en medio de su casa de la Obrera, mirando al suelo, llorando y diciendo en voz baja ¡ojalá me perdone!


sábado, 4 de abril de 2020

"La oprimida" y la primera biblioteca que compré.

   Fue algo traumático, nada fácil para mí. A unas cuadras de la librería de viejo donde laboraba, hace unos quince años más o menos, me indicaron que todos los valuadores que acudían a domicilio estaban ocupados y que debía ir a ver esa biblioteca, mi primera compra, estaba emocionado y nervioso por la responsabilidad, ya había visto como adquirían las colecciones en la librería, pero mi experiencia en domicilio era nula, sólo veía como llegaban con las camionetas cargadas de libros y con anécdotas de la transacción, lo pesado que estuvo y en ocasiones la explicación de como las realizaban.
Acepte acudir al domicilio, en realidad no tenía de otra, caminé unos trescientos metros, toqué el timbre, pasé y me recibieron dos ancianas, eran hermanas, la dueña de la biblioteca, claramente buena persona, dulce, lectora, pero frágil en varios sentidos, desde ahora la llamaré simplemente la oprimida, a su lado la vieja opresora, dominante y de carácter fuerte, me invitaron a ver la biblioteca, sólo pasé con la oprimida.
En cada biblioteca que uno visita puede percibir como es la persona, si sólo es coleccionista o lector, qué temas domina, a qué se dedica, cuándo adquirió los libros, en pocas palabras, uno entiende la vida de la persona en su colección de libros, cualquier detalle es importante, el acomodo, el polvo y los adornos son esenciales para ello.
Observé un librero de dos metros de alto por un metro cincuenta de ancho, de madera y de color blanco, lleno completamente de novelas, no había más, tal vez un diccionario por ahí perdido, los ejemplares estaban en muy buenas condiciones; los clásicos rusos, literatura del boom latinoamericano, novela rosa y policiaca, premios Nobel y varias obras completas. 
Calculé el número de libros, eran quinientos aproximadamente, valoré la posibilidad de venta y sobretodo que no me fueran a regañar o despedir por pagar demasiado por el conjunto, estaban acostumbrados a ofrecer bastante poco por las bibliotecas, algo en lo que no estaba de acuerdo, pero así era la chamba. Pensé ofrecer poco para no arriesgarme, si aceptaban lo verían bien mis jefes, de no hacerlo, simplemente se perdería una compra más.
Al terminar mi revisión nos reunimos con la hermana dominante, frente a ambas hice la oferta, al escucharla la oprimida soltó el llanto - ¿cómo podía ofrecerle tan poco por la biblioteca de su vida?
Me sentí realmente mal, pero era mi trabajo y quería conservarlo, después de unos eternos segundos incómodos y la dueña sufriendo, la dominante determinó que aceptaba, le indicó a su hermana que se callara, que por la basura que tenía estaba bien, además debían mudarse y no iban a cargar con cosas inservibles. Impactado por la escena salí por ayuda y por el pago, en blanco tengo el cómo llegué a la librería por el dinero, cajas y un diablito, nadie me ayudó.
Al regresar a la casa, la hermana dominante ya había encerrado a la oprimida en una de las habitaciones, sólo escuchaba sus sollozos mientras recogía los libros, al hacerlo me dí cuenta que en realidad era mayor la cantidad, pues eran dos filas, lo que no había notado, mostrándome cobarde no lo mencioné, regresé por otro viaje y me despedí de ambas señoras, lo peor de todo es que la oprimida me dio las gracias.
Conservé el empleo, aunque no recibí las gracias, mucho menos un reconocimiento. Es una de tantas ocasiones en que me he sentido miserable. Cualquier ofensa, en los comentarios por favor. 







miércoles, 1 de abril de 2020

Ser librero de viejo en tiempos del coronavirus.

   Esto ha ido demasiado rápido, a inicios del año comenzaron las noticias de un nuevo virus nacido en China, en febrero llegó a México y se ha propagado en todo el país, hoy primero de abril ya van casi mil cuatrocientos casos confirmados y treinta y siete defunciones, hace un par de días declararon emergencia sanitaria. 
Trabajo en una empresa dedicada a la compra-venta de libros viejos, con una plantilla de veintiséis personas; valuadores, curadores, mercadólogos, bodegueros, choferes, capturistas, vendedores, diseñadores, ayudantes generales y personal de limpieza.
Laboramos adquiriendo un promedio de mil doscientos libros por día, los cuales se seleccionan en una bodega por el poniente de la ciudad, de ahí se distribuyen a dos librerías, una en la capital del país y otra en Pachuca, Hidalgo y también a otra bodega en el Estado de México donde se manejan varias catálogos en línea.
Es difícil tomar decisiones en momentos complicados, el gobierno decretó el cierre de negocios no esenciales, el libro usado no es considerado un artículo de primera necesidad, ojalá lo fuera. Debimos cerrar temporalmente ambas librerías, liquidar a algunos trabajadores, home office para una parte del equipo, a otros los enviamos a casa con una parte de su sueldo por un mes, sólo mantuvimos activos a los trabajadores necesarios para subsistir.
Nos mantendremos en pie con las reservas de las últimas bibliotecas adquiridas y con la venta en línea que no ha cesado. De continuar, seguiremos dando trabajo a madres y padres, cabezas de familia, a jóvenes estudiantes y en general a buenas personas.
De nuestra labor no sólo dependen los trabajadores de la empresa, también muchos libreros que a pequeña o mediana escala se surten con nosotros: los jóvenes del Callejón Condesa, siempre alegres y dicharacheros, los libreros de Plaza del Ángel, tan allegados a los bibliófilos del país, los compañeros de La Lagunilla y del corredor de Balderas, además de los libreros de las ferias que se realizan en varios estados, sin olvidar a los muchachos emprendedores de los grupos de venta en redes sociales.
Todos los libreros de viejo hemos visto mermada nuestra venta, algunos tienen ahorros, otros adquirirán deudas, pero creo que la libraremos y espero que este momento difícil sirva para unirnos como gremio, nos hace falta apoyarnos entre nosotros, hay varios ejemplos de que se puede, en Xalapa, Aguascalientes y Guadalajara ya lo están haciendo, ojalá podamos lograrlo a nivel nacional, no sólo vernos como libreros o comerciantes individuales, sino como una comunidad que se dedica a la venta de uno de los productos más nobles, el libro viejo.
Deseo fuerza y paciencia a todos los amigos y compañeros libreros de ocasión del país, saldremos de estos tiempos difíciles.  

El arte de vender libros excepcionales

¿Adivinos o libreros?                                                                                         Gabriel Zaid Inicios  En mayo ...