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domingo, 15 de noviembre de 2020

Testigos de los libros: fotos antiguas y testimonios de vida

 Algunos colegas les llaman "testigos", otros "tripas" o "tripitas", son los objetos que los libreros de viejo hallan dentro de los libros, los cuales son parte de la historia de cada ejemplar, se encuentran principalmente separadores, pero también es habitual hallar boletos de tranvía, de camión o del metro, cartas, recibos de compra, recibos de nómina, billetes viejos, cheques, servilletas, imágenes religiosas, recados, listas del mercado, actas de nacimiento, navajas de afeitar, postales, recortes de periódico y tal vez lo más cotizado: fotografías antiguas.

Estos objetos cuentan grandes historias, en una postal de una ciudad alemana, recuerdo que narraban el horror que fueron sus vacaciones, pues al bajar del camión la señora cayó del camión, nada grave, pero al ver la acción el esposo se exaltó y tuvo un infarto, ahí comenzó la pesadilla, desde comunicarse a urgencias y trasladarlo a un hospital sin saber el idioma, las complicaciones, el seguro, etc.

Llegan muchas fotos, en una de ellas donde se retrataban dos lindas jovencitas abrazándose en una fiesta, en la parte posterior explicaba una de ellas: "Roberto: no puedo llevarla a la casa, soy feliz a su lado, pero en mi casa no aceptarían la relación". También hemos hallado en varias ocasiones series de fotografías de desnudos, la mayoría de señoras, pero de hombres no faltan.

Las cartas son geniales, algunas de adolescentes donde narran el dolor causado por el amado o la amada, las cartas infantiles son muy bonitas, normalmente dirigidas a la mamá o al familiar más querido. En alguna ocasión, en una librería del sur de la Ciudad de México, sobre la Av. Miguel Ángel de Quevedo, un librero adquirió parte de la biblioteca de S. Salinas de Gortari, hermano del ex-presidente, varios de sus libros estaban encuadernados totalmente en color negro, en uno de ellos, venía una carta del otro hermano, de Raúl, quien se hallaba en la cárcel y se la envió a su esposa narrando los primeros días de encierro.

Hace unos años, en un libro que venía en una biblioteca donde pocos títulos destacaban, venía una primera edición de Octavio Paz con dos cartas del mismo dirigidas a Elena Poniatowska, escritas a inicio de los sesentas en un hotel francés, en ellas le compartía su opinión sobre el gobierno mexicano y críticas severas sobre un par de escritores mexicanos, se refería a ella como Elenita.

Cuando tuvimos la oportunidad de adquirir una parte de una de las bibliotecas de Fernando Benítez, está de más explicar que había maravillas, pero como "testigos" había hojas con las opiniones del ejemplar por parte del escritor, además de una de sus libretas, escribía con una letra muy pequeña.

En un Atlas descubrimos un acta de nacimiento de un hombre, nada relevante, pero a la mitad estaba su acta de matrimonio y al final la de divorcio, ya no nos tocó la de defunción.

Parte del gozo de ser librero de viejo es hallar estos testimonios de historias, en varias ocasiones llama más la atención el "testigo" que el propio libro, hay bibliotecas donde se encuentran innumerables "tripitas", nos narran la biografía del anterior dueño, como la de aquel actor de teatro y televisión de origen italiano que vivía en un pent-house de la colonia Nápoles, era coleccionista de los "beatniks", murió de cáncer, por los "testigos" supimos con detalle el desarrollo de su enfermedad y a quien heredó sus bienes, incluyendo los libros.

Hay muchos clientes y algunos libreros también, que son obsesionados con los "testigos", hay coleccionistas de separadores, de fotografías, de boletos y de cartas, algunos nunca sacan las "tripas" de los ejemplares, respetan su historia.

Lo más raro que nos hemos encontrado dentro un libro y con un poco de vergüenza lo comparto es vello, fue en un libro erótico, en "Historia de O" del Circulo de lectores, obviamente no lo pusimos en venta, ni lo conservamos.

¿Qué es lo más raro que se han hallado dentro de un libro?


Sergio Núñez

sábado, 13 de junio de 2020

La extraña relación entre los libros viejos y las calabazas

Son suficientes años en el gremio, así qué me siento merecedora de tener tantas anécdotas como estrellas en el cielo.
En el momento en qué un letrero de llamativo color ofrecía un empleo como ayudante, acepto que me escandalice un poco, esas librerías de la calle Donceles son algo lúgubres y para ser sincera no era de los clientes que se maravillan tanto del lugar que mejor se buscan empleo ahí.
Yo solo buscaba trabajo, era una joven madre, idealista y en lo que creí un matrimonio moderno; los dos salen a conseguir el sustento porque así funciona la equidad.
Pregunté en que consistía y me dijeron -si te interesa puedes hacer un examen ahora mismo y mejor porque hago cierre de todas las solicitudes de esa semana- ...
Recuerdo bien que me mandaron a buscar "los de abajo"," el príncipe " de Maquiavelo y un Baldor.
También había que alfabetizar una pequeña área. 
Aunque creo que el peso mayor lo tenía la entrevista. Hablé sinceramente; no he trabajado en muchos lugares, en una librería quiero trabajar porque es una forma de tener un empleo pero seguir aprendiendo ¿ cargar cajas? Sí, si las aguanto no tengo problema, ¿Los clientes? ....
En este punto haré un alto; justo en ese momento mi aplicadora se fue a atender -ese libro no lo tengo, no conseguimos libros, es una librería de ocasión nos atenemos al material que llega al día- A veces suelo notar que sobretodo los compañeros que tienen un trato más directo y prolongado con las personas, van adquiriendo actitudes, gestos y voltear los ojos es el gesto más repetido para los consultantes. Quizá fue uno de los momentos decisivos para mí estilo de atención,  en ese momento pensé que a nadie le gusta que le volteen los ojos. Yo no me siento a gusto cuando recibo ese trato - un día me "espine" con unas calabazas y exclamè como lo hubiera hecho cualquier mortal que recibe un pinchazo en el dedo, aunque sea por una calabaza. Busqué sororidad porque era una vendedora y lo que recibí fue que me volteara los ojos
 Y es muy frustrante irte de un lugar con un dedo pinchado, una mala actitud y además haber tenido que pagar por ello.
...
No he dicho que obtuve el trabajo.
 Me mandaron a la hermosa librería " La torre de viejo" , no la conocía y como me ocurre en esos lugares entrañables en dónde he trabajado (desde entonces solo acostumbro trabajar en librerías) la envolví en la primer mirada de reconocimiento y me prendí para siempre de su obscuro pero bello aspecto al admirar los pequeños libros que se acomodaban en la parte frontal de la librería. ¿ Saben? Contar esos ejemplares era protocolario casi como santiguarse en la iglesia, lo hicimos por largos años. ¡Esa en realidad fue mi primer tarea llegando a la Torre! 
Además tengo qué agregar que estuve conviviendo al rededor de siete años con compañeros gentiles y profesionales que entre miles de libros, con una organización, memoria y respeto me ayudaron a aprender a ser guardiana de libros, clasificar, camuflar en pilas pero sobre todo a convencer por qué sabes que el libro no está, usando educación, diplomacia y sugiriendo alternativas.
Sinceramente voltear los ojos nunca fue alternativa para esa generación.

Tina libro viejo

lunes, 25 de mayo de 2020

Primera edición, 1955


Siempre he sentido un gran gusto por visitar tianguis, ventas de garage, bazares, librerías de segunda mano y mercados de pulgas. Aparte de libros, soy un consumado coleccionista  de “chácharas”. Me gusta encontrar juguetes, discos, películas e inclusive elementos de decoración para mi casa que después de una concienzuda limpieza, pasa a formar parte de mi vista diaria.
Aunque pensándolo bien, quizás el término que me identifica más es el de “lo compraré porque me gustó, y seguramente en un futuro lo usaré” aunque no siempre ha sido el caso, por supuesto. 
En la Ciudad de México, donde he vivido toda mi vida, los tianguis son un elemento importante de la calle.
Hay uno en particular muy cercano a la casa de mi madre, en la delegación Iztapalapa. No muy conocido, ni concurrido, aunque abarca varias calles si lo decides recorrer de principio a fin. Lo que más encontrarás son puestos de fruta y verdura, carnes y lácteos, en donde la mayoría de las personas que lo visitan, jefes y madres de familia, buscan surtir la despensa para la próxima semana; básicamente, un lugar hecho para las personas de la colonia.
Yo generalmente iba a “chacharear” el día domingo y eso fue lo que hice.

A pesar de mi gusto por visitar estos lugares, no sigo la máxima de llegar temprano para ser el primero que tenga la oportunidad de escoger. Mientras que hay personas que a las 6 de la mañana están esperando las novedades, ese domingo eran cerca de las 3 de la tarde cuando salí de casa y me enfile hacia los puestos, en una caminata que no me llevó más de 10 minutos.

Justo a la mitad del transitado centro comercial ambulante encontrarás dos calles cerradas a tu mano izquierda, que desde que tengo memoria, son los lugares que los administradores han optado para que los chachareros coloquen sus productos. Los mejores lugares, siempre han sido los que conectan con la calle principal. 

Ese día, sentí que corría con suerte. Justo al entrar, en el primer puesto, vislumbre una gran pila de papel. Me acerqué. Había algunos tomos sueltos de la Nueva Enciclopedia Temática empastados en azul, justo al lado de revistas TVNotas de hace algunos meses, agendas telefónicas usadas y dos huacales con libros sueltos. Me dispuse a revisar que encontraría. Mi suerte no me decepcionó ya que unos ejemplares bastante bien conservados de “Las batallas en el desierto”. “Aura”, “La Tregua” y una novelita de Somerset Maugham (creo que era “El filo de la navaja”) se irían conmigo a casa. La expedición había bien valido la pena.

-¡Joven!- Me dijo la vendedora, que conocía yo de vista de muchas ocasiones- En ese costal tengo más libros, no los saqué todos porque no caben. 
Acto seguido, antes de que yo pudiera contestar, se acercó y volcó a mis pies un costal que desparramó más libros, algunas revistas Selecciones y ¡sorpresa! otro ejemplar de “Las batallas en el desierto”.
-¡Gracias!- Fue mi respuesta mientras veía las nuevas novedades. Mis manos alcanzaron un pequeño volumen empastado en un vivo color naranja, editado por el Fondo de Cultura Económica, que no era la siempre presente edición popular en rústica. “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Por un momento, pensé “Si es la primera edición, me voy a rayar”. Ese día me rayé. Con manos ya un poco temblorosas, en ese momento sólo estábamos dentro de ese bullicio, ese pequeño ejemplar y yo. Lo abrí, y las letras impresas decían de manera clara y contundente “Primera edición, 1955”.
Por un momento me quedé frío. Estas cosas, no se dan todos los días. Mientras conservaba el libro en mi mano izquierda, seguía hurgando para encontrar otro ejemplar o la camisa que le hacía falta. Por supuesto, mi suerte estaba echada y lo que a mí me correspondía, ya me había sido dado.
Aún no lo podía creer. ¿Cuánto dinero traía conmigo? Rebusqué en mi bolsillo y un billete de $100 asomo en mi mano. ¿Cuál sería el precio por ese libro encontrado en el suelo? ¿Ella sabría lo que era? ¿Era un libro más? En esos momentos mi mente jugaba conmigo. 

-¡Señora!- Dije, mientras me acercaba a ella, intentando mostrarme sereno y tranquilo. Encontré dos más, ¿cuánto le debo?

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Llegué a mi casa. En el trayecto no solté el ejemplar de mi mano, rodeado por la obra maestra breve de José Emilio Pacheco. ¿De quién era? Ninguna anotación que me lo dijera. ¿Cómo había llegado a este tianguis en particular? Seguramente como toda la mercancía allí exhibida; por medio de compras en casas particulares, alguna donación o cambio, o bien recogido de algún centro de reciclaje a punto de ser destruido, no lo sé con exactitud. ¿Cuánto pagué por el ejemplar? Recibí $40 de cambio de manos de la vendedora. 

Aún hoy, es una historia interesante para contar. 


jueves, 21 de mayo de 2020

Cavilación de Cristo.


Habito en el lado B de la bodega. El ritual diario de preparación consiste en tomar mi camisola, prenda de suma importancia, buscar un cubrebocas, diez años entre libros me han provocado una leve alergia, y de vez en cuando, un par de guantes de látex completan el outfit de librero. Echo un vistazo previo al panorama y voy calculando espacios, ubico mis herramientas de trabajo procurando no perderlas de vista, por último, emparejo la puerta para eludir los rayos del sol. Una de mis prioridades en este lado, es el silencio porque hace de este lugar un espacio habitable. En un instante y casi de manera involuntaria, ya me encuentro inmerso en una profunda meditación, pero al final del día, siempre es un placer haberme alejado tanto de mi misma.

Ocasionalmente sospecho que cada ejemplar posee determinado temperamento, algo parecido a la teoría de Hipócrates sobre los humores pero aplicado a los libros. No cabe duda de que son entes con personalidades únicas. Ellos mismos te eligen, si son para ti todo estará a tu favor, por el contrario, si no es tu momento, su comportamiento será escurridizo y lo más factible es que consigan estar fuera de tu alcance; la búsqueda y encuentro casual,  se convertirá en una persecución. Otras veces, siento que los libros conspiran contra mi, basta un comentario, un movimiento brusco ó el leve roce de mi brazo, para que se abalancen precipitadamente junto a mí. Además, imagino que son capaces de percibir la duda, el temor y de ello tengo pruebas.

Recuerdo que en una compra llegó la valiosa colección de Historia de Jalapa, había bastantes en todos lados y no tenía claro qué hacer con tantos. Ante la duda, lo consulté con Mr. B y finalmente opté por colocarlos en el rincón de segunda revisión. A decir verdad, los dejé ahí esperando que se desvanecieran o que, con un poco de suerte, llegara algún estudioso del tema, aficionado o coleccionista que nos eximiera de tal responsabilidad, por supuesto, no ocurrió. Los libros azules permanecieron juntos mucho tiempo, en el mismo sitio, no faltaba ni uno solo. Estuvieron esperando a que se les asignara un lugar-espacio, así que me preparé mentalmente para afrontarlos.

El libro acompaña, advierte, aconseja, educa la vista; por sí mismo alecciona y son actos que, al menos para mí, requieren privacidad y serenidad. El sosiego que me cobija en el dichoso cuartito, embelesa y reconozco que a veces, me encierro ahí sólo para recuperar la quietud; de pronto, me hallo abrazando algún Taschen de Egon Schiele, palpando la firma de mi querida Rosario Castellanos ó pensando en el gran Carlos Monsiváis; los siento cerca. En mi cotidianidad, tengo más contacto con los libros que con la misma gente, imagino que a varios colegas les ocurre algo similar.

Un día,  Mr. B me dijo: -Cuando los libros se te empiecen a caer, significa que es suficiente- y efectivamente, en los libros como en el Arte, hay que saber cuándo parar. No obstante, el oficio nos ha demostrado que nunca es suficiente y jamás es demasiado.

Podrán encontrarme en algún rincón del lado B, son bienvenidos en este su espacio; sean meticulosos y no olviden emparejar la puerta. 

Ah! eviten tocar los libros del cliente español.

Cris Eme.

domingo, 10 de mayo de 2020

La maldición a mis gatos

Recientemente me hicieron notar una extraña relación entre los gatos y los libreros de viejo, les contaré mi experiencia con los felinos, casi como una tragedia griega.

Hace algunos años mi esposa adoptó un par de gatitos, hembra y macho, ella era blanca y tan bella como arisca, él era muy travieso; la gata la llamamos bola de nieve y al gato por su pelaje atigrado lo nombramos de forma sumamente original como tigre. Mientras fueron cachorritos todo eran mimos y felicidad, ya en su etapa de adolescencia felina comenzaron con actitudes extrañas, un día que regresaba del trabajo (en esa época laboraba en una de las librerías de viejo del sur de la ciudad), observé a ambas mascotas arañando mis obras escogidas de Hemingway en Planeta y las obras completas de Herman Hesse en Aguilar, soy muy tranquilo pero en ese momento sentí mucha furia, me dieron ganas de estrangular a los dos pinches gatos, casi lo hago, sólo los cargue, cada uno con una mano y los maldije, les desee que tuvieran una muerte dolorosa, los odié en ese instante, inmediatamente los bajé y huyeron por caminos distintos.

Pasaron varias semanas y logramos una buena relación los gatos y yo, jamás volvieron a acercarse a mis libros y aunque de mi parte se terminaron los mimos nunca dejé de vacunarlos y alimentarlos adecuadamente. Una tarde de sábado atravesaba una avenida de seis carriles a la brava, es decir, no por las líneas de peatones, debía hacerlo con rapidez pues por esa zona pasan continuamente camiones de carga a buena velocidad, mientras lo hacía vi el cuerpo inerte de tigre en medio del asfalto, no pude detenerme, inmediatamente paso un trailer y no volví a saber de mi pobre mascota.

Pasó el tiempo y bola de nieve cambió sus actitudes desde la muerte de su hermano, era más distante y en ocasiones se perdía por horas entre las azoteas vecinas hasta que notamos que estaba preñada y tuvimos más precauciones con ella, vimos por su salud y atentos al día en que diera a luz. Tuvo cuatro lindos gatitos y por consejos de experiencia popular no nos acercamos a los recién nacidos para que no fueran rechazados por la madre. Después de unos días notamos que ya no eran cuatro, sólo eran tres, no entendíamos el motivo, a la gata la teníamos aislada en un pequeño cuarto de la azotea bien protegida, pero luego había sólo dos y después uno, intensificamos los cuidados. Cuando sólo quedaba un único gato mi esposa presenció una escena digna de un grabado de Goya, la gata traía en su hocico lo único que quedaba de su hijo, una patita sangrante ¡se había tragado a todos sus cachorritos!

Luego de ese momento traumático operamos a bola de nieve para que ya no pudiera tener descendencia. Una jueves por la noche, días después de la recuperación observé una escena grotesca, justo antes de entrar a mi casa dos perros partían a la mitad a la gata, literalmente la destrozaron con sus hocicos, eran un pitbull y un rottweiler, cada uno se llevó un pedazo.

No dejo de sentir culpa por maldecir a los pobre gatos. Mi madre me dijo de niño que el cielo de animales no existe, pero donde quiera que estén ojalá descansen en paz, mientras tanto, sentiré una presión en el pecho cada que vea mis ejemplares arañados.


sábado, 9 de mayo de 2020

Los libreros de viejo y sus simpáticos gatos.


Muchas cosas disfruto de ser provinciano pero también de algunas me avergüenzo: jamás en mi vida he pisado la lagunilla y conocí apenas hace diez años el maloliente callejón de Balderas que tan buenos libros me ha dado. Las excursiones infantiles al extinto distrito federal me paseaban por el papalote museo del niño, por el museo de Antropología e historia, por el castillo de Chapultepec y algún bien intencionado me presentó Coyoacán. Cerca de Coyoacán conocí aquella monumental librería Gandhi en la que pasaba horas eligiendo títulos que invariablemente alguien pagaba por mi. Un gasto de unos mil pesos me proveía apenas de unos tres o cuatro títulos pero quiso la providencia (soy poblano, excúseme los tintes religiosos) que supiera de oídas de una callejuela que se encontraba en Balderas y que vendía libros a mitad de precio y si uno era avispado se llevaba unos diez libros leídos por los mismos mil pesitos. Con el descubrimiento de dicho centro cultural con olor a orines llegó un conocimiento mayor: el de los simpáticos libreros y sus librerías.

Los libreros de viejo tienen un aire despreocupado que les hace posible tasar algunos de sus tesoros en el mismo precio en el que me venden un Vocho; tienen además una peculiar relación con los gatos: los aman. Así que cuando me aventure por Donceles la primera vez regresé cargado de libros leídos y suficientes pelos de gato. Craso error el creer que lo había visto todo, jamás imaginé que además de Donceles, la Roma estuviera plagada de tantos rincones librescos; baste con avanzar por Álvaro Obregón para detenerme por más de cuatro horas a husmear, a olisquear, a pasar páginas amarillentas y polvosas. Un dios benigno me condujo por calles llenas de millenials y Godínez hasta dar con dos bendiciones: el mercado de Medellín donde uno puede degustar una “comida corrida” a precio medianamente bueno y una pequeña librería ubicada en Bajío que me ha permitido comprar a Malcolm Lowry en cuarenta pesos.

Si me dieran a elegir me quedo con los vendedores de chácharas y no con los libreros; los primeros venden por vender y poco saben lo que venden, se les encuentra en tianguis de pulgas que abundan en Puebla y en Morelos ( por cierto encontré los domingos uno bellísimo en Xoxocotla, población autóctona cercana a Tequesquitengo) y así me hice con las obras de Lacan y Freud a un precio de risa, recuerdo haber pagado más por tres tacos de barbacoa y un agua de coco. Traigo a feliz memoria aquel capitulo con que comienza la segunda parte de “El Quijote de la Mancha” en que un buen andariego compra por medio real todos los cartapacios que contaban la culminación de la batalla que el buen Quijano y Sancho sostuvieron con los molinos de viento. En cambio los adustos libreros, sobre todo los entrados en carnes y en canas saben perfectamente lo que vale una primera edición, saben cuándo se dejó de editar tal o cuál libro, conocen a detalle el tiraje de una obra, se contactan entre ellos para tener idea del precio en el mercado libresco; son unos pillos a los que amo.

De estos libreros los hay que además del libro te venden la experiencia de la búsqueda, ponen sus librerías repletas de cosas antiguas, los pasillos son estrechos, los anaqueles vetustos y uno tiene que cuidar de no derribar las torres de libros; experiencia cercana al “país de las maravillas” y deambula por sus excéntricas librerías cuidando de no pisar a los gatos (otra vez los gatos) Los libreros y las tías tienen una unión filial con los felinos. El caso es que te venden la experiencia de la búsqueda y con ello el Paradiso de Lezama Lima ya te va saliendo en cuatrocientos, pero no importa, les pago lo que sea con tal de oler sus librerías y sus libros. Larga vida al gremio de libreros, en breve nos veremos y volveré a acariciar a sus gatos.

J. Gilberto Bello Durán
Facebook: Gilberto Bello
gil_bello@hotmail.com

jueves, 30 de abril de 2020

Sobre Edward Albee y tres libros de Tario

Y resulta que la roomie se puso creativa, un fenómeno llamado Anahí la inspiró, y decidió que el día de hoy comeríamos enfrijoladas; por fortuna no serán de tofu (no sé qué invento chino sea el tofu, pero después de lo que pasó con los murciélagos no se me antoja saber nada de inventos chinos) (¡Pinches chinos!), así que, me tocó deshebrar el pollo y me siento como si me hubieran mandado a las mazmorras a pelar patatas. 
     Mientras desmenuzo unas pechugas gigantescas (que más bien parecen pechugas de rinoceronte), una pequeña pregunta se me trepó por el tobillo y continuó ascendiendo por mi regordeta humanidad, hasta que fue a parar a mi oído; después de un rato, la pequeña pregunta emitió un ligero murmullo: ¿y ahora qué chingados vas a escribir para el blog, cabroncito? ¡En la madre!, exclamó el cabroncito, ¿qué chingados voy a escribir?
     Justo en esas estaba cuando recordé algo de mayor importancia: se me acabó el desodorante (¡Pinche desodorante!), pero, la roomie es muy precavida, su casa parece tienda de abarrotes y tiene de todo (tres escobas distintas para barrer tres superficies distintas; cuatro tipos de aceite: aceite de oliva, aceite para cocinar, aceite con especias y estoy seguro que también tiene aceite para motor; cinco clases de jabón; diez mil cuchillos, en fin, tiene de todo) así que, no le he preguntado, pero sospecho que en la despensa debe tener unas cien marcas de desodorante, sólo que no creo que haya desodorante para hombre, por lo tanto, supongo que el día que abandone este encierro (si es que eso llega a suceder) saldré de aquí oliendo a mum bolita mágica.
     El caso es que el cabroncito terminó con el pollo y llegó el turno de ponerle en su madre a la temible cebolla. Mientras picaba la cebolla, para preparar las enfrijoladas, comencé llorar. Lo único bueno fue que con el llanto dejé de lado las pequeñas preguntas y encontré algo, en los nebulosos pasillos de la memoria, que había olvidado y que necesitaba escribir.
     Verán: hace mucho tomé unas clases de teatro, más bien eran clases de dramaturgia (no me imagino de actor y haciéndole al Brad Pitt, ni de broma). La maestra era una muy mala dramaturga, pero muy buena maestra y una porquería de persona; el asunto es que un día llegó muy puntal a dar la clase y nos repartió unas copias fotostáticas, se trataba de una obra del gran Edward Albee, recuerdo que me gustó, pero no recuerdo que me hubiera gustado tanto. Era un montaje de cuatro personajes, el cual leímos en grupo; es decir, la inmamable maestra, seleccionó a cuatro alumnos quienes comenzaron a leer, mientras los demás escuchábamos y seguíamos el guion con nuestra respectiva copia. Fue algo que nunca había hecho y la sensación me dejó impresionado. Era como haber asistido al teatro y ver la obra sin verla. Le llaman lectura dramática (creo).
     Pasó el tiempo y después de dos semestres un compañero seguía obsesionado con la obra, se llamaba: Marina (la obra, no mi compañero). Me dijo que había buscado el libro por todo el continente y no había tenido éxito, así que, viendo su angustia, me sentí bien chingón y decidí buscarle el texto de Edward Albee. 
     De lo primero que me enteré fue que la publicación la había hecho una pequeña editorial, no tenían presupuesto y la primera y única edición estaba agotada. Por lo que tuve que recurrir a cuanta librería de viejo se me cruzó por el camino. 
     Cierto día, y más bien buscando unos libros de Tario, llegué a un lugar donde me atendió un sujeto bastante agradable; me dijo que en ese sitio no tenían nada de Francisco Tario, pero me dio el teléfono de su hermano y me comentó que sería probable que él pudiera tener alguno.
     Así que, llamé al misterioso individuo y nos quedamos de ver en una cafetería. Me llevó algunos libros, no recuerdo muy bien los títulos, sólo recuerdo que le compré uno o dos porque eran bastante raros. 
     En aquella ocasión, estábamos por el sur y los dos teníamos que dirigirnos al centro de la ciudad, así que, concluimos nuestro negocio (muy pinches negociantes) y nos fuimos juntos. En el camino le pregunté por el libro de teatro que mi compañero tanto había buscado. Para mi sorpresa me respondió que él lo tenía. En ese momento pensé: “seguro este brother me está viendo cara de nixtamal y esto se trata de una sucia jugarreta para orillarme a ir a su librería y ver qué más puede encajarme”. Decidí seguirle el juego y lo acompañé a su local; después de unos minutos llegamos, abrió las pequeñas puertas de su negocio y en menos de veinte segundos sucedieron dos cosas: a) puse la mejor cara de imbécil que tenía a la mano y b) me entregó el libro. El texto se llama Teatro norteamericano contemporáneo.
     Ese día pasé de la emoción, al remordimiento y luego al gozo en tan sólo 7.4 segundos, pues me alegré por mi compañero de clases, al fin le había conseguido su libro, pero enseguida dudé si no sería mejor quedármelo y, la verdad, eso fue lo que hice, porque me enteré que Edward Albee ganó el premio Pulitzer (que es como un Nobel en el periodismo) con esa obra y también había escrito La historia del zoológico ¿Quién teme a Virginia Woolf?, entre muchas obras más. 
     Por fortuna, tan sólo unas semanas después, en una feria de libros, conseguí otro ejemplar y esta vez sí fue a parar al librero de mi compañero de clases (al César lo que es del César).
     Pero si piensan que la historia acabó aquí se equivocan. Al día siguiente de haber conocido al misterioso individuo, me llamó y me dijo que tenía varios libros de Tario y, esta vez pensé: “favor de no mamar, eso no puede ser posible”. Llevaba chingos de tiempo buscándolos. Me dirigí de nuevo a su pequeña librería y puso en mis manos tres primeras ediciones, se trataba de: Tapioca inn. Mansión para fantasmas, Aquí abajo y La noche. Yo no lo podía creer. Eso era un absurdo. De nuevo sólo había dos posibilidades: a) o yo era un pendejo que no sabía buscar ni madres o b) el misterioso individuo tenía una imprenta y se dedicaba a falsificar libros antiguos. 
     El caso es que pasó el tiempo y seguí visitando la pequeña librería con frecuencia para comprar algunos libros y gracias a todo este desmadrito, me encuentro escribiendo estas líneas, pues ahora, el misterioso individuo y yo, somos muy buenos amigos y me invitó a escribir en este blog.
     Jamás olvidaré que un día me vendió un libro de Fernando Pessoa, era una antología de poemas y… ¡no tenía Tabaquería!, eso es imperdonable, una antología de Pessoa sin Tabaquería es como un Sancho sin Quijote o como un taco de suadero sin cilantro.
     En fin que, les dejo aquí los primeros versos del referido poema: 

No soy nada
Nunca seré nada
No puedo querer ser nada
Aparte de esto, llevo en mí todos los sueños del mundo…

     Para finalizar les diré que ni mi amigo ni yo nos dimos cuenta, pero el libro de Edward Albee tenía el autógrafo del escritor y, en teoría, ese detalle genera que el libro tenga un mayor valor. Por otra parte, volví a leer la obra, me gustó mucho y, por si tenían la duda, les comento que, a pesar del llanto por picar la cebolla (¡Pinche cebolla!) y las pequeñas preguntas, las enfrijoladas quedaron bien de pocamadres. Así pues:

     Descansen y, por favor, no olviden soñar.

gabriel duarte
abril xx-xx

martes, 28 de abril de 2020

Historia de un deicidio

Antes de entrar en materia, les diré que, como mucha gente, llevo más de un mes encerrado; por fortuna vivo con una amiga, creo que si estuviera viviendo solo ya estaría a punto de arrojarme por el balcón.
     No sé ustedes, pero, yo tengo un pequeño gran desmadre con los horarios y las horas de sueño. La roomie se despierta más temprano que yo (me parece que sería más correcto decir antes que yo, y no más temprano, eso de levantarse a la 1:30 pm, no me suena a que sea muy temprano), prepara el desayuno y me avisa cuando está listo; con la noche aún agazapada en las entrañas intento ponerme de pie y comienzo a caminar como si lo hiciera a través de un campo minado. Hago malabares para llegar a la cocina y cuando por fin me acerco al comedor, la roomie tiene unos deseos inconmensurables de hablar. Yo, en ese momento no sé si estoy vivo, muerto o en una pesadilla, sólo percibo una tormenta de ideas a la vez y me siento como si estuviera escuchando Juana la Cubana a todo volumen.
     Después de lavar los trastes, poco a poco mi cerebro comienza a desapendejarse, pero es inminente que me dirija a la regadera para despertar por completo y poder comprender el mundo en su totalidad (o lo que comprendo en un día normal, que es nada o casi nada).
     Una vez que salgo del baño me encuentro listo para leer o para escribir algo, según sea el caso. Esta semana me acompaña la gran Rosario Tijeras, del colombiano Jorge Franco; la novela está a toda madre, pero como de lo que se trata aquí es de hablar sobre libros, hallazgos y librerías de viejo, les contaré algo que me sucedió algunos años atrás.
     Verán: hace un tiempo conocí a García Márquez, bueno, no lo conocí a él, quiero decir que leí uno de sus libros; por todos lados escuchaba que Cien años de soledad era la obra cumbre, como una especie de Quijote contemporáneo, que se trataba de un libro fundamental para comprender el realismo mágico, el boom latinoamericano y montones de cosas más.
     El asunto es que terminé la novela y me pareció deslumbrante la manera en la que está narrada, y la forma en la que el autor logró tejer una historia tan compleja, sin dejar de lado que la prosa y el lenguaje utilizados son magistrales. Me sorprende la facilidad que García Márquez encontró para crear personajes tan verosímiles, pero tan ajenos de nuestra realidad y a la vez tan cercanos a ella, en fin que, podría hablar hasta el cansancio de Cien años, pero me parece que gente mucho más capaz, ya lo hizo hasta el aburrimiento. Así que, para finalizar con este punto, sólo he de decir (y que Dios y los amantes del Gabo me perdonen) que leí dos veces el libro y ninguna de las dos ocasiones me enganchó por completo, pero sí pensé, de dónde demonios se le habrán ocurrido tantas cosas y qué asuntos tendría que vivir un escritor para escribir algo así.
     Como de costumbre, descubrí que alguien ya había pensado lo mismo, con la ligera diferencia de que el sujeto en cuestión era Mario Vargas Llosa, quien escribió un libro denominado Historia de un deicidio y resulta que dicho trabajo fue su tesis doctoral.
     Ahora bien, el título original era García Márquez: lengua y estructura de su obra narrativa,  pero cuando se publicó, la editorial le cambió el nombre, haciendo referencia a algo que me pareció bastante interesante: "deicidio" viene del latín y significa algo así como matar a Dios.  
     En su tesis, Vargas Llosa compara diversos acontecimientos ocurridos en la vida de García Márquez en relación a su literatura y desarrolla una teoría en la que se supone que el escritor se rebela contra la realidad e intenta sustituirla por la ficción que él mismo inventa y de este modo suplanta el poder de Dios.
     Tomando en cuenta todo lo citado con antelación, el libro ya parece deseable, si a esto agregamos que Vargas Llosa y El Gabo se pelearon por una mujer y que a raíz de este acontecimiento el colombiano no permitió que se volviera a publicar, el libro resulta aún más tentador.
     El asunto es que un día llegué con cierto amigo, que me invitó a escribir en cierto blog, ciertas cosas que pasan con ciertos hallazgos y en ciertas librerías de viejo. Le pregunté que si no había manera de conseguir el mencionado texto de Vargas Llosa, a lo que me respondió: "un día estuve muy cerca de tenerlo, sólo una mesa y una sabandija me impidieron conseguirlo" (en realidad mi amigo no dijo sabandija, porque él es muy propio, pero, como se habrán dado cuenta, yo no). Me explico:
     Era un día como cualquier otro día, me quedé de ver con mi amigo para tomar un café, el lugar de la cita estaba ubicado a unos cuantos locales de una librería de viejo, nos reunimos y mientras tomábamos un capuchino, le hice la pregunta sobre el libro y me dijo que, en días pasados, había llegado a la librería a la que teníamos pensado ir; como era su costumbre comenzó a analizar los libreros y desde muy lejos reconoció el lomo de Historia de un deicidio, estaba por tomarlo cuando se entretuvo en una mesa de baratijas y justo en ese momento un escritor entró a la librería, observó el libro, lo tomó, as soon as enchinga, se dirigió a la caja, lo pagó y se lo llevó. Mi amigo se quedó viendo al fulano aquel, como cuando Juan Diego vio a la virgen. Y ante sus incrédulos ojos observó cómo se le escapaba el libro de Vargas Llosa.
     Cuando le pregunté quién era el sujeto que prácticamente le había quitado el texto de las manos, me respondió que no lo conocía mucho, sólo sabía que era un escritor nacido en León Guanajuato en 1965, que había sido becario del Sistema Nacional de Creadores y de la fundación John Simon Guggenheim. Que era autor de las novelas Nostalgia de la sombra, El rostro de piedra y de nueve libros de cuentos, varios de ellos traducidos al inglés, al francés y al portugués. Que había ganado varios premios de cuento, entre ellos el Certamen Nacional de Cuento, Poesía y Ensayo de la Universidad Veracruzana (1994), y el premio de cuento Juan Rulfo (2000) otorgado por radio Francia Internacional y que su recopilación de relatos Sombras detrás de la ventana (2010) obtuvo el premio de Literatura Antonin Artaud, otorgado por la Embajada de Francia en México, pero no recordaba su nombre.
     Con tales referencias yo no sabía si reír, rezar o llorar, sólo me quedó el consuelo que nos queda a todos los bibliófilos cuando perdemos un libro: "al menos, creo que quedó en buenas manos".
     Para finalizar les diré que leyendo Rosario Tijeras, de casualidad me encontré un párrafo en el capítulo doce (que justo es en el que voy) que quizás podría resumir el sentimiento de mi amigo:
     "...volví a mi casa. No tuve que decir nada, en mi cara se leía todo y la lectura debió ser patética, porque en lugar de reproches recibí sonrisas entumecidas y palmadas en la espalda, aunque nada de eso alivió la congoja que sentía. La sensación era la de haberme chocado a gran velocidad contra un muro, dejándome tan aturdido que no podía definir sentimientos, tampoco podía entender la situación que me había llevado a sufrir ese tremendo choque, trataba de poner las ideas en orden para hacer un diagnóstico de mi mal, pero no fui yo, sino alguien de mi familia quien acertó cuando se decidieron a poner el tema sobre la mesa..."
     En fin, no sé si él se sentiría de este modo, pero cuando me enteré de su historia, yo sí me sentía así, quizás peor.
     Por ahora la noche se devoró los colores, no me resta más que pedirles lo que les pido todos los días después de escribir:
     Descansen y, por favor, no olviden soñar.

gabriel duarte
abril    xx-xx

jueves, 23 de abril de 2020

El padrino

Mi amigo y yo iniciamos la aventura de formar una empresa de libros usados en noviembre del 2011, nuestra primera compra ya asociados fue de cuatrocientos pesos, pagamos mitad y mitad, eran libros técnicos y ese mismo día vendimos todo el lote a un librero del corredor cultural Balderas, así seguimos durante unas semanas, adquiriendo pequeñas bibliotecas, pagando cincuenta por ciento cada quien y ahorrando por si algún día, en un futuro nos caía una biblioteca grande de un coleccionista famoso, esos sueños que uno tiene al iniciar un negocio. Al comenzar diciembre sucedió, muy rápido en nuestro joven proyecto, nos llamaron para ver una biblioteca en Tepepan, justo detrás del reclusorio femenil, barrio lleno de callejones estrechos.

El día de la cita pasamos a una privada de diez casas bien resguardadas, todas de tres niveles color naranja con amplio jardín y estacionamiento. El dueño de la biblioteca recientemente había fallecido, nos recibió un señor de unos cincuenta años, que había sido su asistente personal durante los últimos años de su vida. Mi socio y yo teníamos mucho entusiasmo, nuestra primera compra grande, pero al pasar a la biblioteca nuestros sentimientos eran contradictorios, pues el tamaño de la colección hacía imposible que tuvieramos la capacidad económica para adquirirla.

La biblioteca consistía en unos ocho mil títulos repartidos en los tres niveles de la casa, estaban ubicados en libreros de madera y organizados de forma cronológica; todos, absolutamente todos los libros eran de Historia de México, desde la época prehispánica hasta la actualidad, muchos ejemplares del siglo XIX, pero también títulos de coyuntura política.

El recientemente fallecido dueño de la biblioteca, que de ahora en adelante me referiré a él como "el padrino" fue una persona culta dedicada a la política, fue diputado en tres ocasiones, senador, líder de su partido, conferencista y escritor de muchos libros de temas históricos del país. Inició en el Partido Popular Socialista y luego pasó al partido oficial, en el cual fue participante activo por décadas, tuvo estrecha amistad con Luis Echeverría, a quien le escribía varios de sus discursos.

Mi colega y yo revisamos la biblioteca durante dos horas, impresionante colección, ni la biblioteca central de la UNAM o la de la ENAH tienen ese acervo tan específico y bien curado como el de este personaje, para los bibliófilos de Historia de México les presumo que se hallaban las primeras ediciones de Zamacois, Bulnes, Icazbalceta, Clavijero, etc. también códices y compilaciones hemerográficas del siglo XIX, algo impresionante. Muchos libros contemporáneos también, pero todo de la misma temática.

Al finalizar la inspección meditamos sobre la propuesta que haríamos, la cantidad, las parcialidades, etc. La verdad sólo nos dijimos ¡ya valió madres! ¡no tenemos para pagar esto! Valoré la biblioteca en un cuarto de millón de pesos, cantidad absurdamente alta para nuestros ahorros. Tristes nos ibamos a retirar, pero antes debíamos platicarlo por teléfono con la heredera, una de las hijas, mi avezado socio se rifó la llamada, para mi sorpresa, mientras estaba en comunicación, la interrumpió para preguntarme ¿cuánto tienes? Mi amigo soltó la risible propuesta de diecisiete mil pesos ... ¡aceptaron!

De forma sumamente prudente y con la vehemencia que me caracteriza le dije ¡no mames!

Como lo sabe todo librero de viejo, una biblioteca no es de uno hasta tenerla en casa, le dimos prisa, fuimos al banco, pagamos, mi socio fue a rentar un camión para cargar todo el mismo día, yo me quedé a desmontar los libros, en mi vida recuerdo tres días de verdadera chinga física, ese fue uno de ellos. Mi colega regresó casi al anochecer, no cupo todo, debíamos volver otro día por el resto.

A la mañana siguiente, cuando regresamos por el faltante nos recibió la hija de "el padrino", quisimos entablar una plática con ella sobre su padre, la primera pregunta fue: ¿cómo era su papá?, ella de forma inmediata y con furia en la mirada respondió: era un hijo de puta, nunca nos quiso y jamás estuvo al pendiente de nosotros, su familia, hasta el final de sus días fue un cabrón, lo odié y si no tiré los libros a la basura fue solo porque debo restaurar y pintar esta pinche casa que solo malos recuerdos me trae y venderla.

Obviamente la plática terminó muy rápido, fue así que comprendimos que aceptaran nuestra oferta. Aprovechamos el camión rentado que con la gasolina nos saldría en dos mil quinientos pesos, para ir por otra compra grande en el centro de Tlalpan, libros de arte y literatura muy buenos en una de las casas más lujosas que he visitado.

Por la noche, cansados de tanta chamba (y en mi caso calculando que no tenía ni para un boleto del metro), pero contentos con nuestras adquisiciones, revisábamos el material en la bodega cuando mi amigo grita: ¡no mames, no mames, no mames¡ Cierra la única ventana, se acerca a mí con La Relación de Michoacán, en una hermosa edición en caja, la abre y me muestra un fajo de billetes, los contamos y sumaba la mágica cantidad de veintinueve mil quinientos pesos, exactamente lo que habíamos invertido en dos bibliotecas y la renta del camión.

Padrino, invertiste en una empresa de libros usados que aún se mantiene en pie, dando trabajo a más de veinte trabajadores, tal vez no fue en vida, pero desde el infierno, donde debes estar según tu hija. Te agradecemos por el apoyo desde acá arriba, en este pedazo de tierra contaminada llamada Ciudad de México.

lunes, 20 de abril de 2020

La señora de los gatos

En las andanzas de ir a comprar bibliotecas, recuerdo una en particular, por la zona sur de la Ciudad de México, en un conjunto habitacional de Av. Universidad. Ella vivía en el cuarto piso de la torre L, cuando llegué a la planta baja se percibía ya el olor, ese tufo inconfundible que presagiaba la presencia de gatos, era primavera, medio día y un calor sofocante, comencé a subir  por las escaleras, pues no había elevador, todo estaba sumamente limpio, pero la esencia de los felinos era cada vez más penetrante, conforme subía cada piso el olor se intensificaba a pesar de la pulcritud del lugar, por fin, me presenté frente a la puerta de donde emanaba esa pestilencia, me recibió una empleada de gobierno, una asistente social, me asomé al departamento y del lado izquierdo, recostada en un sillón de madera, la señora de los gatos, una mujer de aproximadamente setenta años que llevaba olvidada de sí misma al menos una década, cabellera blanca, abundante a pesar de la edad, ropa de varios colores y de varias épocas, mirada triste y perdida, no respondió mi saludo, seguramente ensimismada en recuerdos de mejores días.

El departamento estaba lleno de rastros de heces de los animales, las evidencias se contaban por cientos, era notorio que habían sido removidas recientemente. Continuaba en la puerta de la entrada pero la curiosidad me ganó, me di valor y con la mano cubriéndome la nariz y la boca pasé al departamento, intenté pisar por las áreas más limpias de la alfombra, pero fue imposible. Llegué hasta la habitación donde se hallaban los libros, para mi sorpresa, eran bastantes títulos y muy buenos, aproximadamente dos mil ejemplares, estaban colocados en libreros que tapizaban las paredes, en medio había una cama individual con libros también, no existía casi ninguna parte del cuarto sin vestigios de la invasión felina. La mayoría de los libros estaban cubiertos de polvo y marcados con los orines de los animales, no quise tocar nada, decliné realizar la compra.

Después de mi rechazo, la trabajadora social me pidió que la apoyara, me contó la historia de la señora de los gatos, que en ese momento cantaba un bolero en la sala, no la vi, pero me la imaginé bailando sola, encima de la mierda de sus mascotas sin percibir la fetidez, acostumbrada a ella, se escuchaba contenta.

La empleada del gobierno me contó que la señora de los gatos fue esposa de una eminencia, doctor en Ciencias Biológicas por la U.N.A.M. donde daba clases, su matrimonio duró treinta y cinco años, no tuvieron hijos, así lo decidieron y así eran felices, hasta que él murió atropellado hacía diez años, desde ese momento ella entró en depresión, se aisló del mundo, sólo salía a comprar comida para sus mininos una vez a la semana, sobrevivía con la pensión de su esposo. 

La trabajadora social fue enviada en apoyo debido a insistentes llamadas de los vecinos para que auxiliaran a la anciana, llevaba semanas sin salir y sólo se escuchaba que cantaba. Al llegar el apoyo, la señora de los gatos se puso histérica, después de un rato dejó entrar a la asistencia social, se sentó en su sillón de madera mientras veía como se llevaban a sus nueve "hijos" y sacaban tres enormes bolsas con heces de los animales.

El dinero de la venta de la biblioteca era para acelerar el proceso de enviarla a un asilo, opté por rescatar algunos libros, sólo pude seleccionar cincuenta de ellos, la pestilencia y las condiciones de los ejemplares no permitían hacer más. Al retirarme vi como la anciana recostada en su sillón dibujaba en el aire compases musicales, abstraida totalmente, feliz, cantando un bolero.

Días después me marcó la asistente avisándome que la señora de los gatos murió en su casa, muerte natural, la hallaron inerte, en su sillón, con el bosquejo de una sonrisa y abrazando la foto de su esposo.

sábado, 18 de abril de 2020

Sólo los más aptos sobrevivirán

   El mantenerse como vendedor de libros usados en México después de esta pandemia sólo será para los más aptos, como la vida misma lo dicta. He notado que varios de los grupos de redes sociales dedicados a la venta de libros viejos han tenido un alza en sus ventas, les aplaudo. Su éxito radica en estar preparados para los cambios, ojalá varios de los libreros nos adaptemos rápidamente a las nuevas condiciones. 

¿Qué hacen estos administradores para aprovechar las nuevas condiciones de comercio? 
  • Delimitaron el perfil de los libros que ofertan.
  • Publican diario. 
  • Son claros en su información, condiciones del ejemplar y precio siempre a la vista.
  • Tienen una reserva de material para mantener las novedades en sus grupos.
  • Mantienen contacto con sus proveedores principales y pagan a tiempo.
  • Se comunican de forma estrecha con sus clientes, están al pendiente de sus necesidades y responden sus inquietudes sin demora.
  • Los ejemplares que ofrecen están en buenas condiciones.
  • No dan precios altos a pesar de la escasez del material.
  • Sólo hacen envíos por paqueterías certificadas y lo realizan puntualmente.
Es decir, son profesionales y generan confianza en sus clientes. Aprendamos de ellos. 

Pero no sólo en los grupos hay acciones que son de admirar, en estos días de contingencia, un librero de Guadalajara adaptó un camión como librería móvil y hace citas para los interesados, es decir, si los clientes no van a la librería, la librería va a ellos, claro, con las medidas sanitarias pertinentes.

Normalmente sólo me refiero a los libreros de viejo, en esta ocasión también incluiré a algunas editoriales independientes; un par de ellas en cuanto comenzó el #quédateencasa, pusieron parte de su catálogo en descuento, pero de forma inteligente, aquellos títulos de los cuales tienen muchas copias y agregan uno que otro libro muy solicitado como gancho, todo a un precio fijo muy atractivo hasta para los revendedores y con envío gratis.

Compañeros libreros, adaptémonos. 








jueves, 9 de abril de 2020

Borges en la Obrera

   La Obrera es una colonia popular de la Ciudad de México, en el corazón de la urbe, limitada por el Eje Central, la Calzada de Tlalpan y el Centro Histórico, ubicación privilegiada, pero desde la época colonial ha sido una zona brava e insegura, es más sencillo hallar a media noche una michelada y acompañarla con una alitas, que leche en polvo para un recién nacido, no se pensaría que podría haber tal cantidad de libros y de la calidad que descubrimos. 

Me marcaron para una cita en la Obrera, más de dos mil libros de literatura, parecía inverosímil pero me arriesgué, el domicilio está en la calle de Bolivar, se entra por una fonda, me recibió un señor ya mayor, como de setenta años, pelo cano, pero aún se le notaba la fuerza que debió tener en su juventud, se percibía en sus rasgos cierta dureza, criado seguramente a la vieja usanza; donde el hombre no debe reflejar ningún atisbo de debilidad, jamás llorar, además de ser el proveedor de la familia.

Cruzamos la fonda donde preparaban el menú del día, era temprano, entramos a la parte habitable, subimos por una estrecha escalera de caracol, seguía dudoso de que hubiera libros, entramos a otra parte de la casa, subimos por otra escalera y por fin llegamos a una habitación cerrada con tres candados, creí que era una exageración, abrió, me invitó a pasar y ¡sorpresa! Vi una estancia de cuatro metros cuadrados, llena de tomos apilados, no había libreros, estantes o cajas, simplemente los miles de ejemplares uno sobre otro, no me sorprendió la cantidad, lo que me sorprendió fue el ver la colección completa de La Biblioteca de Babel, los treinta y tantos títulos de la colección de lecturas fantásticas dirigida por Borges y editada por Siruela en excelentes condiciones; a un costado todos los libros de la serie de El Ojo sin párpado, impecables, los cuarenta y nueve títulos aún con los cubre polvo y al otro lado los coloridos volúmenes editados por Reino de Redonda, con eso basta para explicar el nivel de la colección, a los compañeros libreros y bibliómanos les será difícil creerlo, pero fue real. 

Una negociación muy difícil, el viejo no cedía, deseaba obtener el triple de lo que normalmente pagamos por una biblioteca de esas características, obviamente no eran de él, pero los valoraba mucho, no sabía de los autores o de las colecciones que poseía, pero no iba a ceder, en el estira y afloja de la negociación, le pregunté de quien eran los libros y porqué los vendía, bajó la mirada, cambió su tono de voz y me lo contó.
Los libros eran de su hijo M*, fruto de su primer matrimonio, desde niño mostró sensibilidad y gusto por las artes y la cultura, de forma autodidacta aprendió cuatro idiomas y terminó sus estudios de posgrado en Europa. En el país radicaba en un departamento de la Condesa, colonia acomodada de la Ciudad de México, trabajaba como colaborador en revistas de divulgación científica, periódicos de tiraje nacional y era editor. No se llevaban bien, siempre tuvieron conflictos, pero unos meses atrás M* se comunicó con su padre, lo invitó a cenar a su casa, al terminar caminaron por el Parque México, aprovechando la noche templada platicaron de asuntos banales hasta que M* lo paró de pronto y con suma tranquilidad le confesó que era homosexual, que tenía pareja y se iba a casar, el señor explotó, le gritó que eso no era natural, se retiró vociferando: ¡pinche puto! ¡¿qué hice para merecer esto?!

Una semana después, el señor recibió la noticia de que su hijo se había suicidado, se colgó un viernes en su hogar y lo encontró hasta el lunes la señora de la limpieza, dejó una nota y su testamento, donde a su pareja le cedía el departamento y a su padre los libros, con la consigna de venderlos y utilizar el dinero para su vejez.

Después de escuchar la historia, cerramos el trato. Un par de semanas después me marcó el señor, tenía un par de cajas más, fui de inmediato, eran los libros eróticos de su hijo, pensaba quemarlos, pero prefirió venderlos como dejó dicho su hijo en la nota, ésta vez el trato fue sencillo, al pagarle y despedirme lo dejé sentado en una silla maltrecha, en medio de su casa de la Obrera, mirando al suelo, llorando y diciendo en voz baja ¡ojalá me perdone!


sábado, 4 de abril de 2020

"La oprimida" y la primera biblioteca que compré.

   Fue algo traumático, nada fácil para mí. A unas cuadras de la librería de viejo donde laboraba, hace unos quince años más o menos, me indicaron que todos los valuadores que acudían a domicilio estaban ocupados y que debía ir a ver esa biblioteca, mi primera compra, estaba emocionado y nervioso por la responsabilidad, ya había visto como adquirían las colecciones en la librería, pero mi experiencia en domicilio era nula, sólo veía como llegaban con las camionetas cargadas de libros y con anécdotas de la transacción, lo pesado que estuvo y en ocasiones la explicación de como las realizaban.
Acepte acudir al domicilio, en realidad no tenía de otra, caminé unos trescientos metros, toqué el timbre, pasé y me recibieron dos ancianas, eran hermanas, la dueña de la biblioteca, claramente buena persona, dulce, lectora, pero frágil en varios sentidos, desde ahora la llamaré simplemente la oprimida, a su lado la vieja opresora, dominante y de carácter fuerte, me invitaron a ver la biblioteca, sólo pasé con la oprimida.
En cada biblioteca que uno visita puede percibir como es la persona, si sólo es coleccionista o lector, qué temas domina, a qué se dedica, cuándo adquirió los libros, en pocas palabras, uno entiende la vida de la persona en su colección de libros, cualquier detalle es importante, el acomodo, el polvo y los adornos son esenciales para ello.
Observé un librero de dos metros de alto por un metro cincuenta de ancho, de madera y de color blanco, lleno completamente de novelas, no había más, tal vez un diccionario por ahí perdido, los ejemplares estaban en muy buenas condiciones; los clásicos rusos, literatura del boom latinoamericano, novela rosa y policiaca, premios Nobel y varias obras completas. 
Calculé el número de libros, eran quinientos aproximadamente, valoré la posibilidad de venta y sobretodo que no me fueran a regañar o despedir por pagar demasiado por el conjunto, estaban acostumbrados a ofrecer bastante poco por las bibliotecas, algo en lo que no estaba de acuerdo, pero así era la chamba. Pensé ofrecer poco para no arriesgarme, si aceptaban lo verían bien mis jefes, de no hacerlo, simplemente se perdería una compra más.
Al terminar mi revisión nos reunimos con la hermana dominante, frente a ambas hice la oferta, al escucharla la oprimida soltó el llanto - ¿cómo podía ofrecerle tan poco por la biblioteca de su vida?
Me sentí realmente mal, pero era mi trabajo y quería conservarlo, después de unos eternos segundos incómodos y la dueña sufriendo, la dominante determinó que aceptaba, le indicó a su hermana que se callara, que por la basura que tenía estaba bien, además debían mudarse y no iban a cargar con cosas inservibles. Impactado por la escena salí por ayuda y por el pago, en blanco tengo el cómo llegué a la librería por el dinero, cajas y un diablito, nadie me ayudó.
Al regresar a la casa, la hermana dominante ya había encerrado a la oprimida en una de las habitaciones, sólo escuchaba sus sollozos mientras recogía los libros, al hacerlo me dí cuenta que en realidad era mayor la cantidad, pues eran dos filas, lo que no había notado, mostrándome cobarde no lo mencioné, regresé por otro viaje y me despedí de ambas señoras, lo peor de todo es que la oprimida me dio las gracias.
Conservé el empleo, aunque no recibí las gracias, mucho menos un reconocimiento. Es una de tantas ocasiones en que me he sentido miserable. Cualquier ofensa, en los comentarios por favor. 







El arte de vender libros excepcionales

¿Adivinos o libreros?                                                                                         Gabriel Zaid Inicios  En mayo ...