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domingo, 3 de mayo de 2020

¿Cuánto?

Si bien cotidianamente son antagonistas por naturaleza propia, existen ocasiones, escasas como la historia de un deicidio, en que estos dos participantes de la vida del libro involuntariamente colaboran  para dar resultados inesperados. Me refiero por un lado al librero: adalid de las letras y de la tinta seca que resguarda el conocimiento y la vida de los autores con el celoso y prolijo ejercicio de su oficio, y por otro lado, el biblioclasta: aquel porfiado que no conforme con ser indiferente a los libros, se empeña en mantenerlos apartados de su vida y de quienes le rodean rindiendo pleitesía al pensamiento medieval que se creía derrocado gracias a la imprenta.

Era mi primer año en la bella ciudad de Guadalajara. Recién prófugo de la CDMX y llevando a cuestas nada más que  la experiencia adquirida durante dos años en una de las bastas proveedurías  de libros usados de la calle Donceles y un cambio de ropa.  Después de una azarosa búsqueda y de perder un empleo recién adquirido por llegar con  retraso y aliento alcohólico, la librería de "El Viejo" me abrió la puerta sin más trámite que una sencilla prueba para determinar mis habilidades como comprador de libros, como coyote. Resulta curioso porque en los años con L.C. en Donceles nunca tuve oportunidad de participar en la negociación de compra de los pequeños puñados de libros que regularmente llegaban al mostrador y cuya resolución se encontraba siempre en manos del empleado de más experiencia cuando el dueño estaba ausente.

En una de las semanas en que aún me adaptaba al modelo de trabajo de mi nuevo patrón mientras trataba de implementar los conocimientos de orden práctico adquiridos en CDMX la librería recibió la llamada de una persona que deseaba, casi ansiaba, disponer de la biblioteca de su difunto esposo. La señora nos urgió a acudir de inmediato para atender su imperiosa necesidad y cuando nos indicó la colonia en que se encontraba el domicilio  no bien dejamos las cucharas sobre los platos a medio comer y nos dirigimos raudos a su encuentro. En Guadalajara pocas veces las bibliotecas de colonias de alto nivel socio-económico se ponen a disposición de los modestos libreros de viejo.

Desde que llegamos a la residencia en la colonia Providencia El Viejo intuyó que algo muy bueno se presentaba frente a nosotros, una oportunidad singular e imperdible. Pero, como buen coyote, su primera recomendación al mozalbete que llevaba por acompañante fue la mesura. Así fue como me lo dijo: "acuérdate que venimos a comprar libros viejos". Esta última palabra subrayada con el tono de mezquindad y desdén con el que se categoriza lo inservible.

El afán de la viuda biblioclasta por dar celeridad a la operación fue la presentación con que nos recibió justo después de invitarnos a pasar a la inmensa biblioteca depositada y conservada con un evidente celo y detalle por, al menos, dos generaciones. Nuestros ojos no alcanzaban a dar cuenta de todas las maravillas que ahí se resguardaban. Bastaba otear cualquiera de los hermosos libreros de finas maderas para descubrir alguna serendipia: ejemplares impecables de códices, enciclopedias rarísimas, bellísimas encuadernaciones en piel hechas ex profeso, colecciones majestuosas de las celebradas ediciones españolas de Aguilar, literatura contemporánea de exquisitos autores nacionales y extranjeros, libros de arte cuya portada y hechura bastaban para sentir nostalgia por los tiempos en que los libros se hacían con el mismo cuidado y dedicación que una fina escultura.  No cabía duda: habíamos encontrado la ciudad de El Dorado o, mejor dicho, nos llamaron de ahí para hacerles una visita.

Aún no salíamos de nuestro asombro cuando un furtivo intercambio de miradas y muecas entre El Viejo y yo nos nubló la sonrisa para reinstalarnos en nuestra realidad: esa biblioteca podría valer lo mismo que la modesta pick up en la que viajamos y, por supuesto, mucho más de lo que llevaba el patrón encima. Sin embargo, fieles al principio general de desinterés que el librero y cualquier mercader debe guardar ante semejantes ocasiones, nos dirigimos con parsimonia a inspeccionar los excelsos muebles donde se albergaban esas joyas por las que ya nos relamíamos los bigotes. No pasó mucho tiempo de nuestro cauto proceder cuando la viuda biblioclasta se dirigió al Viejo con exacerbada impaciencia "¿Los va a revisar todos, señor?". El momento temido había llegado y en nuestras mentes no había cabida aún para fijar una cantidad y comenzar a negociar.

-Mire, señor, tengo algo de prisa, ¿no me puede decir así rápido cuánto?
-No lo sé, señora, usted dígame ¿cuánto?
-Mire, le voy a dar mil pesos para la gasolina pero ya llévenselos todos.

...

Al día siguiente, aun recuperándonos de la extenuante labor de bajar libros y colocarlos sin mucho orden en la caja de la camioneta durante más o menos una hora y media nos alistábamos para regresar a la residencia en Providencia y recoger el resto de los desechos de una viuda biblioclasta que con su desprecio por los libros nos aseguró al Viejo, a la librería y a mi una boyante temporada en el mundo de la compra-venta de tinta seca y nos concedió una irrepetible experiencia en el fascinante oficio de librero.

Por supuesto, en apego a las reglas no escritas del librero, y emulando los rituales paganos de nuestros predecesores, esa noche rendimos una ofrenda extraordinaria al dios Baco agradeciendo la bonanza y deseando recibir los mismos favores para la próxima cosecha.

José Barba. Guadalajara, Jalisco.
FB: Librero José Barba
IG: José_Barba_Librero




jueves, 23 de abril de 2020

El padrino

Mi amigo y yo iniciamos la aventura de formar una empresa de libros usados en noviembre del 2011, nuestra primera compra ya asociados fue de cuatrocientos pesos, pagamos mitad y mitad, eran libros técnicos y ese mismo día vendimos todo el lote a un librero del corredor cultural Balderas, así seguimos durante unas semanas, adquiriendo pequeñas bibliotecas, pagando cincuenta por ciento cada quien y ahorrando por si algún día, en un futuro nos caía una biblioteca grande de un coleccionista famoso, esos sueños que uno tiene al iniciar un negocio. Al comenzar diciembre sucedió, muy rápido en nuestro joven proyecto, nos llamaron para ver una biblioteca en Tepepan, justo detrás del reclusorio femenil, barrio lleno de callejones estrechos.

El día de la cita pasamos a una privada de diez casas bien resguardadas, todas de tres niveles color naranja con amplio jardín y estacionamiento. El dueño de la biblioteca recientemente había fallecido, nos recibió un señor de unos cincuenta años, que había sido su asistente personal durante los últimos años de su vida. Mi socio y yo teníamos mucho entusiasmo, nuestra primera compra grande, pero al pasar a la biblioteca nuestros sentimientos eran contradictorios, pues el tamaño de la colección hacía imposible que tuvieramos la capacidad económica para adquirirla.

La biblioteca consistía en unos ocho mil títulos repartidos en los tres niveles de la casa, estaban ubicados en libreros de madera y organizados de forma cronológica; todos, absolutamente todos los libros eran de Historia de México, desde la época prehispánica hasta la actualidad, muchos ejemplares del siglo XIX, pero también títulos de coyuntura política.

El recientemente fallecido dueño de la biblioteca, que de ahora en adelante me referiré a él como "el padrino" fue una persona culta dedicada a la política, fue diputado en tres ocasiones, senador, líder de su partido, conferencista y escritor de muchos libros de temas históricos del país. Inició en el Partido Popular Socialista y luego pasó al partido oficial, en el cual fue participante activo por décadas, tuvo estrecha amistad con Luis Echeverría, a quien le escribía varios de sus discursos.

Mi colega y yo revisamos la biblioteca durante dos horas, impresionante colección, ni la biblioteca central de la UNAM o la de la ENAH tienen ese acervo tan específico y bien curado como el de este personaje, para los bibliófilos de Historia de México les presumo que se hallaban las primeras ediciones de Zamacois, Bulnes, Icazbalceta, Clavijero, etc. también códices y compilaciones hemerográficas del siglo XIX, algo impresionante. Muchos libros contemporáneos también, pero todo de la misma temática.

Al finalizar la inspección meditamos sobre la propuesta que haríamos, la cantidad, las parcialidades, etc. La verdad sólo nos dijimos ¡ya valió madres! ¡no tenemos para pagar esto! Valoré la biblioteca en un cuarto de millón de pesos, cantidad absurdamente alta para nuestros ahorros. Tristes nos ibamos a retirar, pero antes debíamos platicarlo por teléfono con la heredera, una de las hijas, mi avezado socio se rifó la llamada, para mi sorpresa, mientras estaba en comunicación, la interrumpió para preguntarme ¿cuánto tienes? Mi amigo soltó la risible propuesta de diecisiete mil pesos ... ¡aceptaron!

De forma sumamente prudente y con la vehemencia que me caracteriza le dije ¡no mames!

Como lo sabe todo librero de viejo, una biblioteca no es de uno hasta tenerla en casa, le dimos prisa, fuimos al banco, pagamos, mi socio fue a rentar un camión para cargar todo el mismo día, yo me quedé a desmontar los libros, en mi vida recuerdo tres días de verdadera chinga física, ese fue uno de ellos. Mi colega regresó casi al anochecer, no cupo todo, debíamos volver otro día por el resto.

A la mañana siguiente, cuando regresamos por el faltante nos recibió la hija de "el padrino", quisimos entablar una plática con ella sobre su padre, la primera pregunta fue: ¿cómo era su papá?, ella de forma inmediata y con furia en la mirada respondió: era un hijo de puta, nunca nos quiso y jamás estuvo al pendiente de nosotros, su familia, hasta el final de sus días fue un cabrón, lo odié y si no tiré los libros a la basura fue solo porque debo restaurar y pintar esta pinche casa que solo malos recuerdos me trae y venderla.

Obviamente la plática terminó muy rápido, fue así que comprendimos que aceptaran nuestra oferta. Aprovechamos el camión rentado que con la gasolina nos saldría en dos mil quinientos pesos, para ir por otra compra grande en el centro de Tlalpan, libros de arte y literatura muy buenos en una de las casas más lujosas que he visitado.

Por la noche, cansados de tanta chamba (y en mi caso calculando que no tenía ni para un boleto del metro), pero contentos con nuestras adquisiciones, revisábamos el material en la bodega cuando mi amigo grita: ¡no mames, no mames, no mames¡ Cierra la única ventana, se acerca a mí con La Relación de Michoacán, en una hermosa edición en caja, la abre y me muestra un fajo de billetes, los contamos y sumaba la mágica cantidad de veintinueve mil quinientos pesos, exactamente lo que habíamos invertido en dos bibliotecas y la renta del camión.

Padrino, invertiste en una empresa de libros usados que aún se mantiene en pie, dando trabajo a más de veinte trabajadores, tal vez no fue en vida, pero desde el infierno, donde debes estar según tu hija. Te agradecemos por el apoyo desde acá arriba, en este pedazo de tierra contaminada llamada Ciudad de México.

lunes, 20 de abril de 2020

La señora de los gatos

En las andanzas de ir a comprar bibliotecas, recuerdo una en particular, por la zona sur de la Ciudad de México, en un conjunto habitacional de Av. Universidad. Ella vivía en el cuarto piso de la torre L, cuando llegué a la planta baja se percibía ya el olor, ese tufo inconfundible que presagiaba la presencia de gatos, era primavera, medio día y un calor sofocante, comencé a subir  por las escaleras, pues no había elevador, todo estaba sumamente limpio, pero la esencia de los felinos era cada vez más penetrante, conforme subía cada piso el olor se intensificaba a pesar de la pulcritud del lugar, por fin, me presenté frente a la puerta de donde emanaba esa pestilencia, me recibió una empleada de gobierno, una asistente social, me asomé al departamento y del lado izquierdo, recostada en un sillón de madera, la señora de los gatos, una mujer de aproximadamente setenta años que llevaba olvidada de sí misma al menos una década, cabellera blanca, abundante a pesar de la edad, ropa de varios colores y de varias épocas, mirada triste y perdida, no respondió mi saludo, seguramente ensimismada en recuerdos de mejores días.

El departamento estaba lleno de rastros de heces de los animales, las evidencias se contaban por cientos, era notorio que habían sido removidas recientemente. Continuaba en la puerta de la entrada pero la curiosidad me ganó, me di valor y con la mano cubriéndome la nariz y la boca pasé al departamento, intenté pisar por las áreas más limpias de la alfombra, pero fue imposible. Llegué hasta la habitación donde se hallaban los libros, para mi sorpresa, eran bastantes títulos y muy buenos, aproximadamente dos mil ejemplares, estaban colocados en libreros que tapizaban las paredes, en medio había una cama individual con libros también, no existía casi ninguna parte del cuarto sin vestigios de la invasión felina. La mayoría de los libros estaban cubiertos de polvo y marcados con los orines de los animales, no quise tocar nada, decliné realizar la compra.

Después de mi rechazo, la trabajadora social me pidió que la apoyara, me contó la historia de la señora de los gatos, que en ese momento cantaba un bolero en la sala, no la vi, pero me la imaginé bailando sola, encima de la mierda de sus mascotas sin percibir la fetidez, acostumbrada a ella, se escuchaba contenta.

La empleada del gobierno me contó que la señora de los gatos fue esposa de una eminencia, doctor en Ciencias Biológicas por la U.N.A.M. donde daba clases, su matrimonio duró treinta y cinco años, no tuvieron hijos, así lo decidieron y así eran felices, hasta que él murió atropellado hacía diez años, desde ese momento ella entró en depresión, se aisló del mundo, sólo salía a comprar comida para sus mininos una vez a la semana, sobrevivía con la pensión de su esposo. 

La trabajadora social fue enviada en apoyo debido a insistentes llamadas de los vecinos para que auxiliaran a la anciana, llevaba semanas sin salir y sólo se escuchaba que cantaba. Al llegar el apoyo, la señora de los gatos se puso histérica, después de un rato dejó entrar a la asistencia social, se sentó en su sillón de madera mientras veía como se llevaban a sus nueve "hijos" y sacaban tres enormes bolsas con heces de los animales.

El dinero de la venta de la biblioteca era para acelerar el proceso de enviarla a un asilo, opté por rescatar algunos libros, sólo pude seleccionar cincuenta de ellos, la pestilencia y las condiciones de los ejemplares no permitían hacer más. Al retirarme vi como la anciana recostada en su sillón dibujaba en el aire compases musicales, abstraida totalmente, feliz, cantando un bolero.

Días después me marcó la asistente avisándome que la señora de los gatos murió en su casa, muerte natural, la hallaron inerte, en su sillón, con el bosquejo de una sonrisa y abrazando la foto de su esposo.

sábado, 18 de abril de 2020

Sólo los más aptos sobrevivirán

   El mantenerse como vendedor de libros usados en México después de esta pandemia sólo será para los más aptos, como la vida misma lo dicta. He notado que varios de los grupos de redes sociales dedicados a la venta de libros viejos han tenido un alza en sus ventas, les aplaudo. Su éxito radica en estar preparados para los cambios, ojalá varios de los libreros nos adaptemos rápidamente a las nuevas condiciones. 

¿Qué hacen estos administradores para aprovechar las nuevas condiciones de comercio? 
  • Delimitaron el perfil de los libros que ofertan.
  • Publican diario. 
  • Son claros en su información, condiciones del ejemplar y precio siempre a la vista.
  • Tienen una reserva de material para mantener las novedades en sus grupos.
  • Mantienen contacto con sus proveedores principales y pagan a tiempo.
  • Se comunican de forma estrecha con sus clientes, están al pendiente de sus necesidades y responden sus inquietudes sin demora.
  • Los ejemplares que ofrecen están en buenas condiciones.
  • No dan precios altos a pesar de la escasez del material.
  • Sólo hacen envíos por paqueterías certificadas y lo realizan puntualmente.
Es decir, son profesionales y generan confianza en sus clientes. Aprendamos de ellos. 

Pero no sólo en los grupos hay acciones que son de admirar, en estos días de contingencia, un librero de Guadalajara adaptó un camión como librería móvil y hace citas para los interesados, es decir, si los clientes no van a la librería, la librería va a ellos, claro, con las medidas sanitarias pertinentes.

Normalmente sólo me refiero a los libreros de viejo, en esta ocasión también incluiré a algunas editoriales independientes; un par de ellas en cuanto comenzó el #quédateencasa, pusieron parte de su catálogo en descuento, pero de forma inteligente, aquellos títulos de los cuales tienen muchas copias y agregan uno que otro libro muy solicitado como gancho, todo a un precio fijo muy atractivo hasta para los revendedores y con envío gratis.

Compañeros libreros, adaptémonos. 








jueves, 9 de abril de 2020

Borges en la Obrera

   La Obrera es una colonia popular de la Ciudad de México, en el corazón de la urbe, limitada por el Eje Central, la Calzada de Tlalpan y el Centro Histórico, ubicación privilegiada, pero desde la época colonial ha sido una zona brava e insegura, es más sencillo hallar a media noche una michelada y acompañarla con una alitas, que leche en polvo para un recién nacido, no se pensaría que podría haber tal cantidad de libros y de la calidad que descubrimos. 

Me marcaron para una cita en la Obrera, más de dos mil libros de literatura, parecía inverosímil pero me arriesgué, el domicilio está en la calle de Bolivar, se entra por una fonda, me recibió un señor ya mayor, como de setenta años, pelo cano, pero aún se le notaba la fuerza que debió tener en su juventud, se percibía en sus rasgos cierta dureza, criado seguramente a la vieja usanza; donde el hombre no debe reflejar ningún atisbo de debilidad, jamás llorar, además de ser el proveedor de la familia.

Cruzamos la fonda donde preparaban el menú del día, era temprano, entramos a la parte habitable, subimos por una estrecha escalera de caracol, seguía dudoso de que hubiera libros, entramos a otra parte de la casa, subimos por otra escalera y por fin llegamos a una habitación cerrada con tres candados, creí que era una exageración, abrió, me invitó a pasar y ¡sorpresa! Vi una estancia de cuatro metros cuadrados, llena de tomos apilados, no había libreros, estantes o cajas, simplemente los miles de ejemplares uno sobre otro, no me sorprendió la cantidad, lo que me sorprendió fue el ver la colección completa de La Biblioteca de Babel, los treinta y tantos títulos de la colección de lecturas fantásticas dirigida por Borges y editada por Siruela en excelentes condiciones; a un costado todos los libros de la serie de El Ojo sin párpado, impecables, los cuarenta y nueve títulos aún con los cubre polvo y al otro lado los coloridos volúmenes editados por Reino de Redonda, con eso basta para explicar el nivel de la colección, a los compañeros libreros y bibliómanos les será difícil creerlo, pero fue real. 

Una negociación muy difícil, el viejo no cedía, deseaba obtener el triple de lo que normalmente pagamos por una biblioteca de esas características, obviamente no eran de él, pero los valoraba mucho, no sabía de los autores o de las colecciones que poseía, pero no iba a ceder, en el estira y afloja de la negociación, le pregunté de quien eran los libros y porqué los vendía, bajó la mirada, cambió su tono de voz y me lo contó.
Los libros eran de su hijo M*, fruto de su primer matrimonio, desde niño mostró sensibilidad y gusto por las artes y la cultura, de forma autodidacta aprendió cuatro idiomas y terminó sus estudios de posgrado en Europa. En el país radicaba en un departamento de la Condesa, colonia acomodada de la Ciudad de México, trabajaba como colaborador en revistas de divulgación científica, periódicos de tiraje nacional y era editor. No se llevaban bien, siempre tuvieron conflictos, pero unos meses atrás M* se comunicó con su padre, lo invitó a cenar a su casa, al terminar caminaron por el Parque México, aprovechando la noche templada platicaron de asuntos banales hasta que M* lo paró de pronto y con suma tranquilidad le confesó que era homosexual, que tenía pareja y se iba a casar, el señor explotó, le gritó que eso no era natural, se retiró vociferando: ¡pinche puto! ¡¿qué hice para merecer esto?!

Una semana después, el señor recibió la noticia de que su hijo se había suicidado, se colgó un viernes en su hogar y lo encontró hasta el lunes la señora de la limpieza, dejó una nota y su testamento, donde a su pareja le cedía el departamento y a su padre los libros, con la consigna de venderlos y utilizar el dinero para su vejez.

Después de escuchar la historia, cerramos el trato. Un par de semanas después me marcó el señor, tenía un par de cajas más, fui de inmediato, eran los libros eróticos de su hijo, pensaba quemarlos, pero prefirió venderlos como dejó dicho su hijo en la nota, ésta vez el trato fue sencillo, al pagarle y despedirme lo dejé sentado en una silla maltrecha, en medio de su casa de la Obrera, mirando al suelo, llorando y diciendo en voz baja ¡ojalá me perdone!


sábado, 4 de abril de 2020

"La oprimida" y la primera biblioteca que compré.

   Fue algo traumático, nada fácil para mí. A unas cuadras de la librería de viejo donde laboraba, hace unos quince años más o menos, me indicaron que todos los valuadores que acudían a domicilio estaban ocupados y que debía ir a ver esa biblioteca, mi primera compra, estaba emocionado y nervioso por la responsabilidad, ya había visto como adquirían las colecciones en la librería, pero mi experiencia en domicilio era nula, sólo veía como llegaban con las camionetas cargadas de libros y con anécdotas de la transacción, lo pesado que estuvo y en ocasiones la explicación de como las realizaban.
Acepte acudir al domicilio, en realidad no tenía de otra, caminé unos trescientos metros, toqué el timbre, pasé y me recibieron dos ancianas, eran hermanas, la dueña de la biblioteca, claramente buena persona, dulce, lectora, pero frágil en varios sentidos, desde ahora la llamaré simplemente la oprimida, a su lado la vieja opresora, dominante y de carácter fuerte, me invitaron a ver la biblioteca, sólo pasé con la oprimida.
En cada biblioteca que uno visita puede percibir como es la persona, si sólo es coleccionista o lector, qué temas domina, a qué se dedica, cuándo adquirió los libros, en pocas palabras, uno entiende la vida de la persona en su colección de libros, cualquier detalle es importante, el acomodo, el polvo y los adornos son esenciales para ello.
Observé un librero de dos metros de alto por un metro cincuenta de ancho, de madera y de color blanco, lleno completamente de novelas, no había más, tal vez un diccionario por ahí perdido, los ejemplares estaban en muy buenas condiciones; los clásicos rusos, literatura del boom latinoamericano, novela rosa y policiaca, premios Nobel y varias obras completas. 
Calculé el número de libros, eran quinientos aproximadamente, valoré la posibilidad de venta y sobretodo que no me fueran a regañar o despedir por pagar demasiado por el conjunto, estaban acostumbrados a ofrecer bastante poco por las bibliotecas, algo en lo que no estaba de acuerdo, pero así era la chamba. Pensé ofrecer poco para no arriesgarme, si aceptaban lo verían bien mis jefes, de no hacerlo, simplemente se perdería una compra más.
Al terminar mi revisión nos reunimos con la hermana dominante, frente a ambas hice la oferta, al escucharla la oprimida soltó el llanto - ¿cómo podía ofrecerle tan poco por la biblioteca de su vida?
Me sentí realmente mal, pero era mi trabajo y quería conservarlo, después de unos eternos segundos incómodos y la dueña sufriendo, la dominante determinó que aceptaba, le indicó a su hermana que se callara, que por la basura que tenía estaba bien, además debían mudarse y no iban a cargar con cosas inservibles. Impactado por la escena salí por ayuda y por el pago, en blanco tengo el cómo llegué a la librería por el dinero, cajas y un diablito, nadie me ayudó.
Al regresar a la casa, la hermana dominante ya había encerrado a la oprimida en una de las habitaciones, sólo escuchaba sus sollozos mientras recogía los libros, al hacerlo me dí cuenta que en realidad era mayor la cantidad, pues eran dos filas, lo que no había notado, mostrándome cobarde no lo mencioné, regresé por otro viaje y me despedí de ambas señoras, lo peor de todo es que la oprimida me dio las gracias.
Conservé el empleo, aunque no recibí las gracias, mucho menos un reconocimiento. Es una de tantas ocasiones en que me he sentido miserable. Cualquier ofensa, en los comentarios por favor. 







El arte de vender libros excepcionales

¿Adivinos o libreros?                                                                                         Gabriel Zaid Inicios  En mayo ...