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lunes, 25 de mayo de 2020

Primera edición, 1955


Siempre he sentido un gran gusto por visitar tianguis, ventas de garage, bazares, librerías de segunda mano y mercados de pulgas. Aparte de libros, soy un consumado coleccionista  de “chácharas”. Me gusta encontrar juguetes, discos, películas e inclusive elementos de decoración para mi casa que después de una concienzuda limpieza, pasa a formar parte de mi vista diaria.
Aunque pensándolo bien, quizás el término que me identifica más es el de “lo compraré porque me gustó, y seguramente en un futuro lo usaré” aunque no siempre ha sido el caso, por supuesto. 
En la Ciudad de México, donde he vivido toda mi vida, los tianguis son un elemento importante de la calle.
Hay uno en particular muy cercano a la casa de mi madre, en la delegación Iztapalapa. No muy conocido, ni concurrido, aunque abarca varias calles si lo decides recorrer de principio a fin. Lo que más encontrarás son puestos de fruta y verdura, carnes y lácteos, en donde la mayoría de las personas que lo visitan, jefes y madres de familia, buscan surtir la despensa para la próxima semana; básicamente, un lugar hecho para las personas de la colonia.
Yo generalmente iba a “chacharear” el día domingo y eso fue lo que hice.

A pesar de mi gusto por visitar estos lugares, no sigo la máxima de llegar temprano para ser el primero que tenga la oportunidad de escoger. Mientras que hay personas que a las 6 de la mañana están esperando las novedades, ese domingo eran cerca de las 3 de la tarde cuando salí de casa y me enfile hacia los puestos, en una caminata que no me llevó más de 10 minutos.

Justo a la mitad del transitado centro comercial ambulante encontrarás dos calles cerradas a tu mano izquierda, que desde que tengo memoria, son los lugares que los administradores han optado para que los chachareros coloquen sus productos. Los mejores lugares, siempre han sido los que conectan con la calle principal. 

Ese día, sentí que corría con suerte. Justo al entrar, en el primer puesto, vislumbre una gran pila de papel. Me acerqué. Había algunos tomos sueltos de la Nueva Enciclopedia Temática empastados en azul, justo al lado de revistas TVNotas de hace algunos meses, agendas telefónicas usadas y dos huacales con libros sueltos. Me dispuse a revisar que encontraría. Mi suerte no me decepcionó ya que unos ejemplares bastante bien conservados de “Las batallas en el desierto”. “Aura”, “La Tregua” y una novelita de Somerset Maugham (creo que era “El filo de la navaja”) se irían conmigo a casa. La expedición había bien valido la pena.

-¡Joven!- Me dijo la vendedora, que conocía yo de vista de muchas ocasiones- En ese costal tengo más libros, no los saqué todos porque no caben. 
Acto seguido, antes de que yo pudiera contestar, se acercó y volcó a mis pies un costal que desparramó más libros, algunas revistas Selecciones y ¡sorpresa! otro ejemplar de “Las batallas en el desierto”.
-¡Gracias!- Fue mi respuesta mientras veía las nuevas novedades. Mis manos alcanzaron un pequeño volumen empastado en un vivo color naranja, editado por el Fondo de Cultura Económica, que no era la siempre presente edición popular en rústica. “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Por un momento, pensé “Si es la primera edición, me voy a rayar”. Ese día me rayé. Con manos ya un poco temblorosas, en ese momento sólo estábamos dentro de ese bullicio, ese pequeño ejemplar y yo. Lo abrí, y las letras impresas decían de manera clara y contundente “Primera edición, 1955”.
Por un momento me quedé frío. Estas cosas, no se dan todos los días. Mientras conservaba el libro en mi mano izquierda, seguía hurgando para encontrar otro ejemplar o la camisa que le hacía falta. Por supuesto, mi suerte estaba echada y lo que a mí me correspondía, ya me había sido dado.
Aún no lo podía creer. ¿Cuánto dinero traía conmigo? Rebusqué en mi bolsillo y un billete de $100 asomo en mi mano. ¿Cuál sería el precio por ese libro encontrado en el suelo? ¿Ella sabría lo que era? ¿Era un libro más? En esos momentos mi mente jugaba conmigo. 

-¡Señora!- Dije, mientras me acercaba a ella, intentando mostrarme sereno y tranquilo. Encontré dos más, ¿cuánto le debo?

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Llegué a mi casa. En el trayecto no solté el ejemplar de mi mano, rodeado por la obra maestra breve de José Emilio Pacheco. ¿De quién era? Ninguna anotación que me lo dijera. ¿Cómo había llegado a este tianguis en particular? Seguramente como toda la mercancía allí exhibida; por medio de compras en casas particulares, alguna donación o cambio, o bien recogido de algún centro de reciclaje a punto de ser destruido, no lo sé con exactitud. ¿Cuánto pagué por el ejemplar? Recibí $40 de cambio de manos de la vendedora. 

Aún hoy, es una historia interesante para contar. 


jueves, 21 de mayo de 2020

Cavilación de Cristo.


Habito en el lado B de la bodega. El ritual diario de preparación consiste en tomar mi camisola, prenda de suma importancia, buscar un cubrebocas, diez años entre libros me han provocado una leve alergia, y de vez en cuando, un par de guantes de látex completan el outfit de librero. Echo un vistazo previo al panorama y voy calculando espacios, ubico mis herramientas de trabajo procurando no perderlas de vista, por último, emparejo la puerta para eludir los rayos del sol. Una de mis prioridades en este lado, es el silencio porque hace de este lugar un espacio habitable. En un instante y casi de manera involuntaria, ya me encuentro inmerso en una profunda meditación, pero al final del día, siempre es un placer haberme alejado tanto de mi misma.

Ocasionalmente sospecho que cada ejemplar posee determinado temperamento, algo parecido a la teoría de Hipócrates sobre los humores pero aplicado a los libros. No cabe duda de que son entes con personalidades únicas. Ellos mismos te eligen, si son para ti todo estará a tu favor, por el contrario, si no es tu momento, su comportamiento será escurridizo y lo más factible es que consigan estar fuera de tu alcance; la búsqueda y encuentro casual,  se convertirá en una persecución. Otras veces, siento que los libros conspiran contra mi, basta un comentario, un movimiento brusco ó el leve roce de mi brazo, para que se abalancen precipitadamente junto a mí. Además, imagino que son capaces de percibir la duda, el temor y de ello tengo pruebas.

Recuerdo que en una compra llegó la valiosa colección de Historia de Jalapa, había bastantes en todos lados y no tenía claro qué hacer con tantos. Ante la duda, lo consulté con Mr. B y finalmente opté por colocarlos en el rincón de segunda revisión. A decir verdad, los dejé ahí esperando que se desvanecieran o que, con un poco de suerte, llegara algún estudioso del tema, aficionado o coleccionista que nos eximiera de tal responsabilidad, por supuesto, no ocurrió. Los libros azules permanecieron juntos mucho tiempo, en el mismo sitio, no faltaba ni uno solo. Estuvieron esperando a que se les asignara un lugar-espacio, así que me preparé mentalmente para afrontarlos.

El libro acompaña, advierte, aconseja, educa la vista; por sí mismo alecciona y son actos que, al menos para mí, requieren privacidad y serenidad. El sosiego que me cobija en el dichoso cuartito, embelesa y reconozco que a veces, me encierro ahí sólo para recuperar la quietud; de pronto, me hallo abrazando algún Taschen de Egon Schiele, palpando la firma de mi querida Rosario Castellanos ó pensando en el gran Carlos Monsiváis; los siento cerca. En mi cotidianidad, tengo más contacto con los libros que con la misma gente, imagino que a varios colegas les ocurre algo similar.

Un día,  Mr. B me dijo: -Cuando los libros se te empiecen a caer, significa que es suficiente- y efectivamente, en los libros como en el Arte, hay que saber cuándo parar. No obstante, el oficio nos ha demostrado que nunca es suficiente y jamás es demasiado.

Podrán encontrarme en algún rincón del lado B, son bienvenidos en este su espacio; sean meticulosos y no olviden emparejar la puerta. 

Ah! eviten tocar los libros del cliente español.

Cris Eme.

domingo, 10 de mayo de 2020

La maldición a mis gatos

Recientemente me hicieron notar una extraña relación entre los gatos y los libreros de viejo, les contaré mi experiencia con los felinos, casi como una tragedia griega.

Hace algunos años mi esposa adoptó un par de gatitos, hembra y macho, ella era blanca y tan bella como arisca, él era muy travieso; la gata la llamamos bola de nieve y al gato por su pelaje atigrado lo nombramos de forma sumamente original como tigre. Mientras fueron cachorritos todo eran mimos y felicidad, ya en su etapa de adolescencia felina comenzaron con actitudes extrañas, un día que regresaba del trabajo (en esa época laboraba en una de las librerías de viejo del sur de la ciudad), observé a ambas mascotas arañando mis obras escogidas de Hemingway en Planeta y las obras completas de Herman Hesse en Aguilar, soy muy tranquilo pero en ese momento sentí mucha furia, me dieron ganas de estrangular a los dos pinches gatos, casi lo hago, sólo los cargue, cada uno con una mano y los maldije, les desee que tuvieran una muerte dolorosa, los odié en ese instante, inmediatamente los bajé y huyeron por caminos distintos.

Pasaron varias semanas y logramos una buena relación los gatos y yo, jamás volvieron a acercarse a mis libros y aunque de mi parte se terminaron los mimos nunca dejé de vacunarlos y alimentarlos adecuadamente. Una tarde de sábado atravesaba una avenida de seis carriles a la brava, es decir, no por las líneas de peatones, debía hacerlo con rapidez pues por esa zona pasan continuamente camiones de carga a buena velocidad, mientras lo hacía vi el cuerpo inerte de tigre en medio del asfalto, no pude detenerme, inmediatamente paso un trailer y no volví a saber de mi pobre mascota.

Pasó el tiempo y bola de nieve cambió sus actitudes desde la muerte de su hermano, era más distante y en ocasiones se perdía por horas entre las azoteas vecinas hasta que notamos que estaba preñada y tuvimos más precauciones con ella, vimos por su salud y atentos al día en que diera a luz. Tuvo cuatro lindos gatitos y por consejos de experiencia popular no nos acercamos a los recién nacidos para que no fueran rechazados por la madre. Después de unos días notamos que ya no eran cuatro, sólo eran tres, no entendíamos el motivo, a la gata la teníamos aislada en un pequeño cuarto de la azotea bien protegida, pero luego había sólo dos y después uno, intensificamos los cuidados. Cuando sólo quedaba un único gato mi esposa presenció una escena digna de un grabado de Goya, la gata traía en su hocico lo único que quedaba de su hijo, una patita sangrante ¡se había tragado a todos sus cachorritos!

Luego de ese momento traumático operamos a bola de nieve para que ya no pudiera tener descendencia. Una jueves por la noche, días después de la recuperación observé una escena grotesca, justo antes de entrar a mi casa dos perros partían a la mitad a la gata, literalmente la destrozaron con sus hocicos, eran un pitbull y un rottweiler, cada uno se llevó un pedazo.

No dejo de sentir culpa por maldecir a los pobre gatos. Mi madre me dijo de niño que el cielo de animales no existe, pero donde quiera que estén ojalá descansen en paz, mientras tanto, sentiré una presión en el pecho cada que vea mis ejemplares arañados.


viernes, 8 de mayo de 2020

Las uvas y el viento

“Los libros no son para coleccionarse o para exhibirlos sobre un librero como si fueran trofeos de guerra; los libros son para leerse… y ni siquiera para eso. Los libros son una guía para aprender a vivir…” 
     Así hablaba mi psicoanalista, llevaba ya catorce años en terapia y aún me dolía confesar, delante de él, algunas cosas, como el hecho de que me había vuelto adicto a comprar libros. Desde hace algunos años, adquirí la costumbre de buscar escritores poco conocidos, de esos que les llaman autores de culto. También sentía una extraña pasión por adquirir libros raros y, desde luego, nunca podía dejar pasar una primera edición.
     Recuerdo que aquel día, abandoné la terapia con un sentimiento de culpa tan grande como el que debió sentir Caín después de contemplar el cuerpo de su hermano tendido sobre la arena. Luego de meditarlo por un buen tiempo, pensé que lo mejor que podía hacer era deshacerme de mi biblioteca, así que, entré a mi departamento y comencé a seleccionar todas las novelas y los ejemplares que de sobra sabía que sólo eran un estorbo o un simple capricho. Tenía unos cuatro mil títulos. Después de una búsqueda meticulosa y extenuante terminé.
     Al día siguiente, con tres libros en la mano, producto de la meticulosa búsqueda, salí de mi casa rumbo al trabajo, pensaba vendérselos a algún aficionado a la lectura o incluso prefería regalarlos antes que mal venderlos en alguna librería de viejo. La tarde transcurrió con normalidad aún no hallaba a quién entregarle el bulto que anidaba en mi portafolio (debo reconocer que me dolía desprenderme de los libros), así que, decidí salir a comer.
     En ese momento sonó mi teléfono, era un buen amigo que me llamaba para ofrecerme una edición de Neruda que llevaba bastante tiempo buscando; comencé a temblar, las manos me sudaban, el corazón cabalgaba en mi pecho como si quisiera abandonarme y a pesar de la emoción opté por declinar la oferta y le dije a mi amigo de manera tajante que no compraría el libro, que había cambiado y que, por favor, a partir de ese momento dejara de buscarme.
     Me sorprendió la manera en la que había liquidado el asunto, tal vez la terapia, por fin, lograba tener un efecto contundente en mis decisiones. Regresé a la oficina, aún tenía varios pendientes que decidí dejar pendientes, pues necesitaba salir del trabajo con urgencia; quería respirar un poco de aire fresco.
     La tarde pasó sin mayores contratiempos y con la naturalidad de siempre, la verdad es que soy un tipo de lo más aburrido. 
     Esa noche llegué a casa y me dirigí a mi librero para llenar los tres huecos que había en él. No sin antes haber pasado casi dos horas contemplando al nuevo miembro de la familia, era un hermoso libro de Neruda titulado Las uvas y el viento.
    Me parece que, de ahora en adelante, tendré que tratar otros conflictos en la terapia, aunque, pensándolo bien, creo que llegó el momento de cambiar de psicoanalista.


gabriel duarte
mayo xx-xx

martes, 28 de abril de 2020

Historia de un deicidio

Antes de entrar en materia, les diré que, como mucha gente, llevo más de un mes encerrado; por fortuna vivo con una amiga, creo que si estuviera viviendo solo ya estaría a punto de arrojarme por el balcón.
     No sé ustedes, pero, yo tengo un pequeño gran desmadre con los horarios y las horas de sueño. La roomie se despierta más temprano que yo (me parece que sería más correcto decir antes que yo, y no más temprano, eso de levantarse a la 1:30 pm, no me suena a que sea muy temprano), prepara el desayuno y me avisa cuando está listo; con la noche aún agazapada en las entrañas intento ponerme de pie y comienzo a caminar como si lo hiciera a través de un campo minado. Hago malabares para llegar a la cocina y cuando por fin me acerco al comedor, la roomie tiene unos deseos inconmensurables de hablar. Yo, en ese momento no sé si estoy vivo, muerto o en una pesadilla, sólo percibo una tormenta de ideas a la vez y me siento como si estuviera escuchando Juana la Cubana a todo volumen.
     Después de lavar los trastes, poco a poco mi cerebro comienza a desapendejarse, pero es inminente que me dirija a la regadera para despertar por completo y poder comprender el mundo en su totalidad (o lo que comprendo en un día normal, que es nada o casi nada).
     Una vez que salgo del baño me encuentro listo para leer o para escribir algo, según sea el caso. Esta semana me acompaña la gran Rosario Tijeras, del colombiano Jorge Franco; la novela está a toda madre, pero como de lo que se trata aquí es de hablar sobre libros, hallazgos y librerías de viejo, les contaré algo que me sucedió algunos años atrás.
     Verán: hace un tiempo conocí a García Márquez, bueno, no lo conocí a él, quiero decir que leí uno de sus libros; por todos lados escuchaba que Cien años de soledad era la obra cumbre, como una especie de Quijote contemporáneo, que se trataba de un libro fundamental para comprender el realismo mágico, el boom latinoamericano y montones de cosas más.
     El asunto es que terminé la novela y me pareció deslumbrante la manera en la que está narrada, y la forma en la que el autor logró tejer una historia tan compleja, sin dejar de lado que la prosa y el lenguaje utilizados son magistrales. Me sorprende la facilidad que García Márquez encontró para crear personajes tan verosímiles, pero tan ajenos de nuestra realidad y a la vez tan cercanos a ella, en fin que, podría hablar hasta el cansancio de Cien años, pero me parece que gente mucho más capaz, ya lo hizo hasta el aburrimiento. Así que, para finalizar con este punto, sólo he de decir (y que Dios y los amantes del Gabo me perdonen) que leí dos veces el libro y ninguna de las dos ocasiones me enganchó por completo, pero sí pensé, de dónde demonios se le habrán ocurrido tantas cosas y qué asuntos tendría que vivir un escritor para escribir algo así.
     Como de costumbre, descubrí que alguien ya había pensado lo mismo, con la ligera diferencia de que el sujeto en cuestión era Mario Vargas Llosa, quien escribió un libro denominado Historia de un deicidio y resulta que dicho trabajo fue su tesis doctoral.
     Ahora bien, el título original era García Márquez: lengua y estructura de su obra narrativa,  pero cuando se publicó, la editorial le cambió el nombre, haciendo referencia a algo que me pareció bastante interesante: "deicidio" viene del latín y significa algo así como matar a Dios.  
     En su tesis, Vargas Llosa compara diversos acontecimientos ocurridos en la vida de García Márquez en relación a su literatura y desarrolla una teoría en la que se supone que el escritor se rebela contra la realidad e intenta sustituirla por la ficción que él mismo inventa y de este modo suplanta el poder de Dios.
     Tomando en cuenta todo lo citado con antelación, el libro ya parece deseable, si a esto agregamos que Vargas Llosa y El Gabo se pelearon por una mujer y que a raíz de este acontecimiento el colombiano no permitió que se volviera a publicar, el libro resulta aún más tentador.
     El asunto es que un día llegué con cierto amigo, que me invitó a escribir en cierto blog, ciertas cosas que pasan con ciertos hallazgos y en ciertas librerías de viejo. Le pregunté que si no había manera de conseguir el mencionado texto de Vargas Llosa, a lo que me respondió: "un día estuve muy cerca de tenerlo, sólo una mesa y una sabandija me impidieron conseguirlo" (en realidad mi amigo no dijo sabandija, porque él es muy propio, pero, como se habrán dado cuenta, yo no). Me explico:
     Era un día como cualquier otro día, me quedé de ver con mi amigo para tomar un café, el lugar de la cita estaba ubicado a unos cuantos locales de una librería de viejo, nos reunimos y mientras tomábamos un capuchino, le hice la pregunta sobre el libro y me dijo que, en días pasados, había llegado a la librería a la que teníamos pensado ir; como era su costumbre comenzó a analizar los libreros y desde muy lejos reconoció el lomo de Historia de un deicidio, estaba por tomarlo cuando se entretuvo en una mesa de baratijas y justo en ese momento un escritor entró a la librería, observó el libro, lo tomó, as soon as enchinga, se dirigió a la caja, lo pagó y se lo llevó. Mi amigo se quedó viendo al fulano aquel, como cuando Juan Diego vio a la virgen. Y ante sus incrédulos ojos observó cómo se le escapaba el libro de Vargas Llosa.
     Cuando le pregunté quién era el sujeto que prácticamente le había quitado el texto de las manos, me respondió que no lo conocía mucho, sólo sabía que era un escritor nacido en León Guanajuato en 1965, que había sido becario del Sistema Nacional de Creadores y de la fundación John Simon Guggenheim. Que era autor de las novelas Nostalgia de la sombra, El rostro de piedra y de nueve libros de cuentos, varios de ellos traducidos al inglés, al francés y al portugués. Que había ganado varios premios de cuento, entre ellos el Certamen Nacional de Cuento, Poesía y Ensayo de la Universidad Veracruzana (1994), y el premio de cuento Juan Rulfo (2000) otorgado por radio Francia Internacional y que su recopilación de relatos Sombras detrás de la ventana (2010) obtuvo el premio de Literatura Antonin Artaud, otorgado por la Embajada de Francia en México, pero no recordaba su nombre.
     Con tales referencias yo no sabía si reír, rezar o llorar, sólo me quedó el consuelo que nos queda a todos los bibliófilos cuando perdemos un libro: "al menos, creo que quedó en buenas manos".
     Para finalizar les diré que leyendo Rosario Tijeras, de casualidad me encontré un párrafo en el capítulo doce (que justo es en el que voy) que quizás podría resumir el sentimiento de mi amigo:
     "...volví a mi casa. No tuve que decir nada, en mi cara se leía todo y la lectura debió ser patética, porque en lugar de reproches recibí sonrisas entumecidas y palmadas en la espalda, aunque nada de eso alivió la congoja que sentía. La sensación era la de haberme chocado a gran velocidad contra un muro, dejándome tan aturdido que no podía definir sentimientos, tampoco podía entender la situación que me había llevado a sufrir ese tremendo choque, trataba de poner las ideas en orden para hacer un diagnóstico de mi mal, pero no fui yo, sino alguien de mi familia quien acertó cuando se decidieron a poner el tema sobre la mesa..."
     En fin, no sé si él se sentiría de este modo, pero cuando me enteré de su historia, yo sí me sentía así, quizás peor.
     Por ahora la noche se devoró los colores, no me resta más que pedirles lo que les pido todos los días después de escribir:
     Descansen y, por favor, no olviden soñar.

gabriel duarte
abril    xx-xx

lunes, 27 de abril de 2020

El sobrino de WR y los libros de un costal

WR son las iniciales del famoso intelectual de origen asturiano, traductor al español de obras clave en el estudio de la filosofía y el marxismo, profesor emérito de la Universidad de México, pero no es a quien me referiré, esto va en torno a su sobrino.

Nos citó para vender una amplia biblioteca, llegué con mi socio al departamento ubicado en la colonia Narvarte, se presentó como el sobrino de WR, aunque la casa perteneció a su tía, tal vez hermana del fallecido erudito español, nos dijo que había heredado el inmueble, los cachivaches y los libros, tenía ese tono con el que en la Ciudad de México nos referimos a los "mirreyes", jóvenes de origen acaudalado, normalmente residentes de La Lomas y Santa Fe, estaba acompañado por una bella chica, tal vez actriz de cine, aunque no la reconocí (a pesar de fijarme en todos los detalles).

Nos mostró la biblioteca, sin dejarnos un momento solos, siempre interrumpiendo nuestra labor mostrándonos los que a su consideración eran unas joyas, por ejemplo: un atlas de formato monumental editado en los sesentas; un misal del siglo XIX, todo madreado; un par de libros horrendos con las tapas de madera; un tomo suelto de una enciclopedia de arte y un mamotreto incompleto de inicios de siglo XX sobre fármacos; es decir, ¡pura madre!

Revisamos la biblioteca por unos quince minutos, ya no lo aguantábamos, eran unos dos mil libros distribuidos en todo el apartamento, pero nada relevante, la mayoría eran novela rosa de Corín Tellado y María Luisa Linares, de poco valor para nosotros; antes de argumentar nuestro desinterés y él insistiendo sobre las "grandes piezas" que había heredado, nos señaló el cuarto de limpieza donde había un costal con libros que él mismo había elegido como inútiles, -chéquenlos, tal vez les sirva algo - nos dijo, soportando su presunción y ademanes altaneros, fuimos a ver esa selección.

Comencé a revisar los libros del costal, mi socio ya estaba harto, le pedí paciencia y registré minuciosamente los ejemplares, sólo puedo decirles que en esa ocasión sentí el latir de mi corazón con mucha intensidad, saqué las primeras ediciones de "Poeta en Nueva York" de García Lorca, editado por la editorial Séneca; "España aparta de mi este cáliz" de César Vallejo; "Jusep Torres Campalans" de Max Aub, entre otras maravillas del exilio español en México, como dirían los bibliófilos "las piezas" o en el argot libresco "la pura chuleta".

De todo lo visto en ese departamento sólo nos interesaban diez títulos, no sería fácil comentárselo al petulante sobrino de WR, decidimos mezclarlos con otros veinte libros y realizar la propuesta, en el lote incluimos dos libros antiguos sin importancia.

Le explicamos al muchacho que la biblioteca era muy buena, que no eramos los indicados para adquirirla, pues estaba destinada a alguien que realmente conociera y tuviera buen gusto como él, le pedimos nos vendiera ese pequeño lote pues era nuestro perfil, la cháchara, me sentí como en una escena de la película "La novena puerta", en su mirada notamos extrañeza, aceptaba siempre y cuando dejáramos los dos libros antiguos, a "regañadientes" accedimos. Salimos con un lotecito de veintitantos libros, muy felices.

Imaginé a WR, por quien siento admiración, retorciéndose del coraje desde el más allá, no por nuestra acción, sino por la ignorancia de su sobrino, a quien no admiro.  Nos enteramos que terminó tirando la biblioteca a la basura.



jueves, 23 de abril de 2020

El padrino

Mi amigo y yo iniciamos la aventura de formar una empresa de libros usados en noviembre del 2011, nuestra primera compra ya asociados fue de cuatrocientos pesos, pagamos mitad y mitad, eran libros técnicos y ese mismo día vendimos todo el lote a un librero del corredor cultural Balderas, así seguimos durante unas semanas, adquiriendo pequeñas bibliotecas, pagando cincuenta por ciento cada quien y ahorrando por si algún día, en un futuro nos caía una biblioteca grande de un coleccionista famoso, esos sueños que uno tiene al iniciar un negocio. Al comenzar diciembre sucedió, muy rápido en nuestro joven proyecto, nos llamaron para ver una biblioteca en Tepepan, justo detrás del reclusorio femenil, barrio lleno de callejones estrechos.

El día de la cita pasamos a una privada de diez casas bien resguardadas, todas de tres niveles color naranja con amplio jardín y estacionamiento. El dueño de la biblioteca recientemente había fallecido, nos recibió un señor de unos cincuenta años, que había sido su asistente personal durante los últimos años de su vida. Mi socio y yo teníamos mucho entusiasmo, nuestra primera compra grande, pero al pasar a la biblioteca nuestros sentimientos eran contradictorios, pues el tamaño de la colección hacía imposible que tuvieramos la capacidad económica para adquirirla.

La biblioteca consistía en unos ocho mil títulos repartidos en los tres niveles de la casa, estaban ubicados en libreros de madera y organizados de forma cronológica; todos, absolutamente todos los libros eran de Historia de México, desde la época prehispánica hasta la actualidad, muchos ejemplares del siglo XIX, pero también títulos de coyuntura política.

El recientemente fallecido dueño de la biblioteca, que de ahora en adelante me referiré a él como "el padrino" fue una persona culta dedicada a la política, fue diputado en tres ocasiones, senador, líder de su partido, conferencista y escritor de muchos libros de temas históricos del país. Inició en el Partido Popular Socialista y luego pasó al partido oficial, en el cual fue participante activo por décadas, tuvo estrecha amistad con Luis Echeverría, a quien le escribía varios de sus discursos.

Mi colega y yo revisamos la biblioteca durante dos horas, impresionante colección, ni la biblioteca central de la UNAM o la de la ENAH tienen ese acervo tan específico y bien curado como el de este personaje, para los bibliófilos de Historia de México les presumo que se hallaban las primeras ediciones de Zamacois, Bulnes, Icazbalceta, Clavijero, etc. también códices y compilaciones hemerográficas del siglo XIX, algo impresionante. Muchos libros contemporáneos también, pero todo de la misma temática.

Al finalizar la inspección meditamos sobre la propuesta que haríamos, la cantidad, las parcialidades, etc. La verdad sólo nos dijimos ¡ya valió madres! ¡no tenemos para pagar esto! Valoré la biblioteca en un cuarto de millón de pesos, cantidad absurdamente alta para nuestros ahorros. Tristes nos ibamos a retirar, pero antes debíamos platicarlo por teléfono con la heredera, una de las hijas, mi avezado socio se rifó la llamada, para mi sorpresa, mientras estaba en comunicación, la interrumpió para preguntarme ¿cuánto tienes? Mi amigo soltó la risible propuesta de diecisiete mil pesos ... ¡aceptaron!

De forma sumamente prudente y con la vehemencia que me caracteriza le dije ¡no mames!

Como lo sabe todo librero de viejo, una biblioteca no es de uno hasta tenerla en casa, le dimos prisa, fuimos al banco, pagamos, mi socio fue a rentar un camión para cargar todo el mismo día, yo me quedé a desmontar los libros, en mi vida recuerdo tres días de verdadera chinga física, ese fue uno de ellos. Mi colega regresó casi al anochecer, no cupo todo, debíamos volver otro día por el resto.

A la mañana siguiente, cuando regresamos por el faltante nos recibió la hija de "el padrino", quisimos entablar una plática con ella sobre su padre, la primera pregunta fue: ¿cómo era su papá?, ella de forma inmediata y con furia en la mirada respondió: era un hijo de puta, nunca nos quiso y jamás estuvo al pendiente de nosotros, su familia, hasta el final de sus días fue un cabrón, lo odié y si no tiré los libros a la basura fue solo porque debo restaurar y pintar esta pinche casa que solo malos recuerdos me trae y venderla.

Obviamente la plática terminó muy rápido, fue así que comprendimos que aceptaran nuestra oferta. Aprovechamos el camión rentado que con la gasolina nos saldría en dos mil quinientos pesos, para ir por otra compra grande en el centro de Tlalpan, libros de arte y literatura muy buenos en una de las casas más lujosas que he visitado.

Por la noche, cansados de tanta chamba (y en mi caso calculando que no tenía ni para un boleto del metro), pero contentos con nuestras adquisiciones, revisábamos el material en la bodega cuando mi amigo grita: ¡no mames, no mames, no mames¡ Cierra la única ventana, se acerca a mí con La Relación de Michoacán, en una hermosa edición en caja, la abre y me muestra un fajo de billetes, los contamos y sumaba la mágica cantidad de veintinueve mil quinientos pesos, exactamente lo que habíamos invertido en dos bibliotecas y la renta del camión.

Padrino, invertiste en una empresa de libros usados que aún se mantiene en pie, dando trabajo a más de veinte trabajadores, tal vez no fue en vida, pero desde el infierno, donde debes estar según tu hija. Te agradecemos por el apoyo desde acá arriba, en este pedazo de tierra contaminada llamada Ciudad de México.

lunes, 20 de abril de 2020

La señora de los gatos

En las andanzas de ir a comprar bibliotecas, recuerdo una en particular, por la zona sur de la Ciudad de México, en un conjunto habitacional de Av. Universidad. Ella vivía en el cuarto piso de la torre L, cuando llegué a la planta baja se percibía ya el olor, ese tufo inconfundible que presagiaba la presencia de gatos, era primavera, medio día y un calor sofocante, comencé a subir  por las escaleras, pues no había elevador, todo estaba sumamente limpio, pero la esencia de los felinos era cada vez más penetrante, conforme subía cada piso el olor se intensificaba a pesar de la pulcritud del lugar, por fin, me presenté frente a la puerta de donde emanaba esa pestilencia, me recibió una empleada de gobierno, una asistente social, me asomé al departamento y del lado izquierdo, recostada en un sillón de madera, la señora de los gatos, una mujer de aproximadamente setenta años que llevaba olvidada de sí misma al menos una década, cabellera blanca, abundante a pesar de la edad, ropa de varios colores y de varias épocas, mirada triste y perdida, no respondió mi saludo, seguramente ensimismada en recuerdos de mejores días.

El departamento estaba lleno de rastros de heces de los animales, las evidencias se contaban por cientos, era notorio que habían sido removidas recientemente. Continuaba en la puerta de la entrada pero la curiosidad me ganó, me di valor y con la mano cubriéndome la nariz y la boca pasé al departamento, intenté pisar por las áreas más limpias de la alfombra, pero fue imposible. Llegué hasta la habitación donde se hallaban los libros, para mi sorpresa, eran bastantes títulos y muy buenos, aproximadamente dos mil ejemplares, estaban colocados en libreros que tapizaban las paredes, en medio había una cama individual con libros también, no existía casi ninguna parte del cuarto sin vestigios de la invasión felina. La mayoría de los libros estaban cubiertos de polvo y marcados con los orines de los animales, no quise tocar nada, decliné realizar la compra.

Después de mi rechazo, la trabajadora social me pidió que la apoyara, me contó la historia de la señora de los gatos, que en ese momento cantaba un bolero en la sala, no la vi, pero me la imaginé bailando sola, encima de la mierda de sus mascotas sin percibir la fetidez, acostumbrada a ella, se escuchaba contenta.

La empleada del gobierno me contó que la señora de los gatos fue esposa de una eminencia, doctor en Ciencias Biológicas por la U.N.A.M. donde daba clases, su matrimonio duró treinta y cinco años, no tuvieron hijos, así lo decidieron y así eran felices, hasta que él murió atropellado hacía diez años, desde ese momento ella entró en depresión, se aisló del mundo, sólo salía a comprar comida para sus mininos una vez a la semana, sobrevivía con la pensión de su esposo. 

La trabajadora social fue enviada en apoyo debido a insistentes llamadas de los vecinos para que auxiliaran a la anciana, llevaba semanas sin salir y sólo se escuchaba que cantaba. Al llegar el apoyo, la señora de los gatos se puso histérica, después de un rato dejó entrar a la asistencia social, se sentó en su sillón de madera mientras veía como se llevaban a sus nueve "hijos" y sacaban tres enormes bolsas con heces de los animales.

El dinero de la venta de la biblioteca era para acelerar el proceso de enviarla a un asilo, opté por rescatar algunos libros, sólo pude seleccionar cincuenta de ellos, la pestilencia y las condiciones de los ejemplares no permitían hacer más. Al retirarme vi como la anciana recostada en su sillón dibujaba en el aire compases musicales, abstraida totalmente, feliz, cantando un bolero.

Días después me marcó la asistente avisándome que la señora de los gatos murió en su casa, muerte natural, la hallaron inerte, en su sillón, con el bosquejo de una sonrisa y abrazando la foto de su esposo.

sábado, 18 de abril de 2020

Sólo los más aptos sobrevivirán

   El mantenerse como vendedor de libros usados en México después de esta pandemia sólo será para los más aptos, como la vida misma lo dicta. He notado que varios de los grupos de redes sociales dedicados a la venta de libros viejos han tenido un alza en sus ventas, les aplaudo. Su éxito radica en estar preparados para los cambios, ojalá varios de los libreros nos adaptemos rápidamente a las nuevas condiciones. 

¿Qué hacen estos administradores para aprovechar las nuevas condiciones de comercio? 
  • Delimitaron el perfil de los libros que ofertan.
  • Publican diario. 
  • Son claros en su información, condiciones del ejemplar y precio siempre a la vista.
  • Tienen una reserva de material para mantener las novedades en sus grupos.
  • Mantienen contacto con sus proveedores principales y pagan a tiempo.
  • Se comunican de forma estrecha con sus clientes, están al pendiente de sus necesidades y responden sus inquietudes sin demora.
  • Los ejemplares que ofrecen están en buenas condiciones.
  • No dan precios altos a pesar de la escasez del material.
  • Sólo hacen envíos por paqueterías certificadas y lo realizan puntualmente.
Es decir, son profesionales y generan confianza en sus clientes. Aprendamos de ellos. 

Pero no sólo en los grupos hay acciones que son de admirar, en estos días de contingencia, un librero de Guadalajara adaptó un camión como librería móvil y hace citas para los interesados, es decir, si los clientes no van a la librería, la librería va a ellos, claro, con las medidas sanitarias pertinentes.

Normalmente sólo me refiero a los libreros de viejo, en esta ocasión también incluiré a algunas editoriales independientes; un par de ellas en cuanto comenzó el #quédateencasa, pusieron parte de su catálogo en descuento, pero de forma inteligente, aquellos títulos de los cuales tienen muchas copias y agregan uno que otro libro muy solicitado como gancho, todo a un precio fijo muy atractivo hasta para los revendedores y con envío gratis.

Compañeros libreros, adaptémonos. 








jueves, 9 de abril de 2020

Borges en la Obrera

   La Obrera es una colonia popular de la Ciudad de México, en el corazón de la urbe, limitada por el Eje Central, la Calzada de Tlalpan y el Centro Histórico, ubicación privilegiada, pero desde la época colonial ha sido una zona brava e insegura, es más sencillo hallar a media noche una michelada y acompañarla con una alitas, que leche en polvo para un recién nacido, no se pensaría que podría haber tal cantidad de libros y de la calidad que descubrimos. 

Me marcaron para una cita en la Obrera, más de dos mil libros de literatura, parecía inverosímil pero me arriesgué, el domicilio está en la calle de Bolivar, se entra por una fonda, me recibió un señor ya mayor, como de setenta años, pelo cano, pero aún se le notaba la fuerza que debió tener en su juventud, se percibía en sus rasgos cierta dureza, criado seguramente a la vieja usanza; donde el hombre no debe reflejar ningún atisbo de debilidad, jamás llorar, además de ser el proveedor de la familia.

Cruzamos la fonda donde preparaban el menú del día, era temprano, entramos a la parte habitable, subimos por una estrecha escalera de caracol, seguía dudoso de que hubiera libros, entramos a otra parte de la casa, subimos por otra escalera y por fin llegamos a una habitación cerrada con tres candados, creí que era una exageración, abrió, me invitó a pasar y ¡sorpresa! Vi una estancia de cuatro metros cuadrados, llena de tomos apilados, no había libreros, estantes o cajas, simplemente los miles de ejemplares uno sobre otro, no me sorprendió la cantidad, lo que me sorprendió fue el ver la colección completa de La Biblioteca de Babel, los treinta y tantos títulos de la colección de lecturas fantásticas dirigida por Borges y editada por Siruela en excelentes condiciones; a un costado todos los libros de la serie de El Ojo sin párpado, impecables, los cuarenta y nueve títulos aún con los cubre polvo y al otro lado los coloridos volúmenes editados por Reino de Redonda, con eso basta para explicar el nivel de la colección, a los compañeros libreros y bibliómanos les será difícil creerlo, pero fue real. 

Una negociación muy difícil, el viejo no cedía, deseaba obtener el triple de lo que normalmente pagamos por una biblioteca de esas características, obviamente no eran de él, pero los valoraba mucho, no sabía de los autores o de las colecciones que poseía, pero no iba a ceder, en el estira y afloja de la negociación, le pregunté de quien eran los libros y porqué los vendía, bajó la mirada, cambió su tono de voz y me lo contó.
Los libros eran de su hijo M*, fruto de su primer matrimonio, desde niño mostró sensibilidad y gusto por las artes y la cultura, de forma autodidacta aprendió cuatro idiomas y terminó sus estudios de posgrado en Europa. En el país radicaba en un departamento de la Condesa, colonia acomodada de la Ciudad de México, trabajaba como colaborador en revistas de divulgación científica, periódicos de tiraje nacional y era editor. No se llevaban bien, siempre tuvieron conflictos, pero unos meses atrás M* se comunicó con su padre, lo invitó a cenar a su casa, al terminar caminaron por el Parque México, aprovechando la noche templada platicaron de asuntos banales hasta que M* lo paró de pronto y con suma tranquilidad le confesó que era homosexual, que tenía pareja y se iba a casar, el señor explotó, le gritó que eso no era natural, se retiró vociferando: ¡pinche puto! ¡¿qué hice para merecer esto?!

Una semana después, el señor recibió la noticia de que su hijo se había suicidado, se colgó un viernes en su hogar y lo encontró hasta el lunes la señora de la limpieza, dejó una nota y su testamento, donde a su pareja le cedía el departamento y a su padre los libros, con la consigna de venderlos y utilizar el dinero para su vejez.

Después de escuchar la historia, cerramos el trato. Un par de semanas después me marcó el señor, tenía un par de cajas más, fui de inmediato, eran los libros eróticos de su hijo, pensaba quemarlos, pero prefirió venderlos como dejó dicho su hijo en la nota, ésta vez el trato fue sencillo, al pagarle y despedirme lo dejé sentado en una silla maltrecha, en medio de su casa de la Obrera, mirando al suelo, llorando y diciendo en voz baja ¡ojalá me perdone!


miércoles, 1 de abril de 2020

Ser librero de viejo en tiempos del coronavirus.

   Esto ha ido demasiado rápido, a inicios del año comenzaron las noticias de un nuevo virus nacido en China, en febrero llegó a México y se ha propagado en todo el país, hoy primero de abril ya van casi mil cuatrocientos casos confirmados y treinta y siete defunciones, hace un par de días declararon emergencia sanitaria. 
Trabajo en una empresa dedicada a la compra-venta de libros viejos, con una plantilla de veintiséis personas; valuadores, curadores, mercadólogos, bodegueros, choferes, capturistas, vendedores, diseñadores, ayudantes generales y personal de limpieza.
Laboramos adquiriendo un promedio de mil doscientos libros por día, los cuales se seleccionan en una bodega por el poniente de la ciudad, de ahí se distribuyen a dos librerías, una en la capital del país y otra en Pachuca, Hidalgo y también a otra bodega en el Estado de México donde se manejan varias catálogos en línea.
Es difícil tomar decisiones en momentos complicados, el gobierno decretó el cierre de negocios no esenciales, el libro usado no es considerado un artículo de primera necesidad, ojalá lo fuera. Debimos cerrar temporalmente ambas librerías, liquidar a algunos trabajadores, home office para una parte del equipo, a otros los enviamos a casa con una parte de su sueldo por un mes, sólo mantuvimos activos a los trabajadores necesarios para subsistir.
Nos mantendremos en pie con las reservas de las últimas bibliotecas adquiridas y con la venta en línea que no ha cesado. De continuar, seguiremos dando trabajo a madres y padres, cabezas de familia, a jóvenes estudiantes y en general a buenas personas.
De nuestra labor no sólo dependen los trabajadores de la empresa, también muchos libreros que a pequeña o mediana escala se surten con nosotros: los jóvenes del Callejón Condesa, siempre alegres y dicharacheros, los libreros de Plaza del Ángel, tan allegados a los bibliófilos del país, los compañeros de La Lagunilla y del corredor de Balderas, además de los libreros de las ferias que se realizan en varios estados, sin olvidar a los muchachos emprendedores de los grupos de venta en redes sociales.
Todos los libreros de viejo hemos visto mermada nuestra venta, algunos tienen ahorros, otros adquirirán deudas, pero creo que la libraremos y espero que este momento difícil sirva para unirnos como gremio, nos hace falta apoyarnos entre nosotros, hay varios ejemplos de que se puede, en Xalapa, Aguascalientes y Guadalajara ya lo están haciendo, ojalá podamos lograrlo a nivel nacional, no sólo vernos como libreros o comerciantes individuales, sino como una comunidad que se dedica a la venta de uno de los productos más nobles, el libro viejo.
Deseo fuerza y paciencia a todos los amigos y compañeros libreros de ocasión del país, saldremos de estos tiempos difíciles.  

El arte de vender libros excepcionales

¿Adivinos o libreros?                                                                                         Gabriel Zaid Inicios  En mayo ...