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lunes, 25 de mayo de 2020

Primera edición, 1955


Siempre he sentido un gran gusto por visitar tianguis, ventas de garage, bazares, librerías de segunda mano y mercados de pulgas. Aparte de libros, soy un consumado coleccionista  de “chácharas”. Me gusta encontrar juguetes, discos, películas e inclusive elementos de decoración para mi casa que después de una concienzuda limpieza, pasa a formar parte de mi vista diaria.
Aunque pensándolo bien, quizás el término que me identifica más es el de “lo compraré porque me gustó, y seguramente en un futuro lo usaré” aunque no siempre ha sido el caso, por supuesto. 
En la Ciudad de México, donde he vivido toda mi vida, los tianguis son un elemento importante de la calle.
Hay uno en particular muy cercano a la casa de mi madre, en la delegación Iztapalapa. No muy conocido, ni concurrido, aunque abarca varias calles si lo decides recorrer de principio a fin. Lo que más encontrarás son puestos de fruta y verdura, carnes y lácteos, en donde la mayoría de las personas que lo visitan, jefes y madres de familia, buscan surtir la despensa para la próxima semana; básicamente, un lugar hecho para las personas de la colonia.
Yo generalmente iba a “chacharear” el día domingo y eso fue lo que hice.

A pesar de mi gusto por visitar estos lugares, no sigo la máxima de llegar temprano para ser el primero que tenga la oportunidad de escoger. Mientras que hay personas que a las 6 de la mañana están esperando las novedades, ese domingo eran cerca de las 3 de la tarde cuando salí de casa y me enfile hacia los puestos, en una caminata que no me llevó más de 10 minutos.

Justo a la mitad del transitado centro comercial ambulante encontrarás dos calles cerradas a tu mano izquierda, que desde que tengo memoria, son los lugares que los administradores han optado para que los chachareros coloquen sus productos. Los mejores lugares, siempre han sido los que conectan con la calle principal. 

Ese día, sentí que corría con suerte. Justo al entrar, en el primer puesto, vislumbre una gran pila de papel. Me acerqué. Había algunos tomos sueltos de la Nueva Enciclopedia Temática empastados en azul, justo al lado de revistas TVNotas de hace algunos meses, agendas telefónicas usadas y dos huacales con libros sueltos. Me dispuse a revisar que encontraría. Mi suerte no me decepcionó ya que unos ejemplares bastante bien conservados de “Las batallas en el desierto”. “Aura”, “La Tregua” y una novelita de Somerset Maugham (creo que era “El filo de la navaja”) se irían conmigo a casa. La expedición había bien valido la pena.

-¡Joven!- Me dijo la vendedora, que conocía yo de vista de muchas ocasiones- En ese costal tengo más libros, no los saqué todos porque no caben. 
Acto seguido, antes de que yo pudiera contestar, se acercó y volcó a mis pies un costal que desparramó más libros, algunas revistas Selecciones y ¡sorpresa! otro ejemplar de “Las batallas en el desierto”.
-¡Gracias!- Fue mi respuesta mientras veía las nuevas novedades. Mis manos alcanzaron un pequeño volumen empastado en un vivo color naranja, editado por el Fondo de Cultura Económica, que no era la siempre presente edición popular en rústica. “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Por un momento, pensé “Si es la primera edición, me voy a rayar”. Ese día me rayé. Con manos ya un poco temblorosas, en ese momento sólo estábamos dentro de ese bullicio, ese pequeño ejemplar y yo. Lo abrí, y las letras impresas decían de manera clara y contundente “Primera edición, 1955”.
Por un momento me quedé frío. Estas cosas, no se dan todos los días. Mientras conservaba el libro en mi mano izquierda, seguía hurgando para encontrar otro ejemplar o la camisa que le hacía falta. Por supuesto, mi suerte estaba echada y lo que a mí me correspondía, ya me había sido dado.
Aún no lo podía creer. ¿Cuánto dinero traía conmigo? Rebusqué en mi bolsillo y un billete de $100 asomo en mi mano. ¿Cuál sería el precio por ese libro encontrado en el suelo? ¿Ella sabría lo que era? ¿Era un libro más? En esos momentos mi mente jugaba conmigo. 

-¡Señora!- Dije, mientras me acercaba a ella, intentando mostrarme sereno y tranquilo. Encontré dos más, ¿cuánto le debo?

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Llegué a mi casa. En el trayecto no solté el ejemplar de mi mano, rodeado por la obra maestra breve de José Emilio Pacheco. ¿De quién era? Ninguna anotación que me lo dijera. ¿Cómo había llegado a este tianguis en particular? Seguramente como toda la mercancía allí exhibida; por medio de compras en casas particulares, alguna donación o cambio, o bien recogido de algún centro de reciclaje a punto de ser destruido, no lo sé con exactitud. ¿Cuánto pagué por el ejemplar? Recibí $40 de cambio de manos de la vendedora. 

Aún hoy, es una historia interesante para contar. 


jueves, 21 de mayo de 2020

Cavilación de Cristo.


Habito en el lado B de la bodega. El ritual diario de preparación consiste en tomar mi camisola, prenda de suma importancia, buscar un cubrebocas, diez años entre libros me han provocado una leve alergia, y de vez en cuando, un par de guantes de látex completan el outfit de librero. Echo un vistazo previo al panorama y voy calculando espacios, ubico mis herramientas de trabajo procurando no perderlas de vista, por último, emparejo la puerta para eludir los rayos del sol. Una de mis prioridades en este lado, es el silencio porque hace de este lugar un espacio habitable. En un instante y casi de manera involuntaria, ya me encuentro inmerso en una profunda meditación, pero al final del día, siempre es un placer haberme alejado tanto de mi misma.

Ocasionalmente sospecho que cada ejemplar posee determinado temperamento, algo parecido a la teoría de Hipócrates sobre los humores pero aplicado a los libros. No cabe duda de que son entes con personalidades únicas. Ellos mismos te eligen, si son para ti todo estará a tu favor, por el contrario, si no es tu momento, su comportamiento será escurridizo y lo más factible es que consigan estar fuera de tu alcance; la búsqueda y encuentro casual,  se convertirá en una persecución. Otras veces, siento que los libros conspiran contra mi, basta un comentario, un movimiento brusco ó el leve roce de mi brazo, para que se abalancen precipitadamente junto a mí. Además, imagino que son capaces de percibir la duda, el temor y de ello tengo pruebas.

Recuerdo que en una compra llegó la valiosa colección de Historia de Jalapa, había bastantes en todos lados y no tenía claro qué hacer con tantos. Ante la duda, lo consulté con Mr. B y finalmente opté por colocarlos en el rincón de segunda revisión. A decir verdad, los dejé ahí esperando que se desvanecieran o que, con un poco de suerte, llegara algún estudioso del tema, aficionado o coleccionista que nos eximiera de tal responsabilidad, por supuesto, no ocurrió. Los libros azules permanecieron juntos mucho tiempo, en el mismo sitio, no faltaba ni uno solo. Estuvieron esperando a que se les asignara un lugar-espacio, así que me preparé mentalmente para afrontarlos.

El libro acompaña, advierte, aconseja, educa la vista; por sí mismo alecciona y son actos que, al menos para mí, requieren privacidad y serenidad. El sosiego que me cobija en el dichoso cuartito, embelesa y reconozco que a veces, me encierro ahí sólo para recuperar la quietud; de pronto, me hallo abrazando algún Taschen de Egon Schiele, palpando la firma de mi querida Rosario Castellanos ó pensando en el gran Carlos Monsiváis; los siento cerca. En mi cotidianidad, tengo más contacto con los libros que con la misma gente, imagino que a varios colegas les ocurre algo similar.

Un día,  Mr. B me dijo: -Cuando los libros se te empiecen a caer, significa que es suficiente- y efectivamente, en los libros como en el Arte, hay que saber cuándo parar. No obstante, el oficio nos ha demostrado que nunca es suficiente y jamás es demasiado.

Podrán encontrarme en algún rincón del lado B, son bienvenidos en este su espacio; sean meticulosos y no olviden emparejar la puerta. 

Ah! eviten tocar los libros del cliente español.

Cris Eme.

domingo, 10 de mayo de 2020

La maldición a mis gatos

Recientemente me hicieron notar una extraña relación entre los gatos y los libreros de viejo, les contaré mi experiencia con los felinos, casi como una tragedia griega.

Hace algunos años mi esposa adoptó un par de gatitos, hembra y macho, ella era blanca y tan bella como arisca, él era muy travieso; la gata la llamamos bola de nieve y al gato por su pelaje atigrado lo nombramos de forma sumamente original como tigre. Mientras fueron cachorritos todo eran mimos y felicidad, ya en su etapa de adolescencia felina comenzaron con actitudes extrañas, un día que regresaba del trabajo (en esa época laboraba en una de las librerías de viejo del sur de la ciudad), observé a ambas mascotas arañando mis obras escogidas de Hemingway en Planeta y las obras completas de Herman Hesse en Aguilar, soy muy tranquilo pero en ese momento sentí mucha furia, me dieron ganas de estrangular a los dos pinches gatos, casi lo hago, sólo los cargue, cada uno con una mano y los maldije, les desee que tuvieran una muerte dolorosa, los odié en ese instante, inmediatamente los bajé y huyeron por caminos distintos.

Pasaron varias semanas y logramos una buena relación los gatos y yo, jamás volvieron a acercarse a mis libros y aunque de mi parte se terminaron los mimos nunca dejé de vacunarlos y alimentarlos adecuadamente. Una tarde de sábado atravesaba una avenida de seis carriles a la brava, es decir, no por las líneas de peatones, debía hacerlo con rapidez pues por esa zona pasan continuamente camiones de carga a buena velocidad, mientras lo hacía vi el cuerpo inerte de tigre en medio del asfalto, no pude detenerme, inmediatamente paso un trailer y no volví a saber de mi pobre mascota.

Pasó el tiempo y bola de nieve cambió sus actitudes desde la muerte de su hermano, era más distante y en ocasiones se perdía por horas entre las azoteas vecinas hasta que notamos que estaba preñada y tuvimos más precauciones con ella, vimos por su salud y atentos al día en que diera a luz. Tuvo cuatro lindos gatitos y por consejos de experiencia popular no nos acercamos a los recién nacidos para que no fueran rechazados por la madre. Después de unos días notamos que ya no eran cuatro, sólo eran tres, no entendíamos el motivo, a la gata la teníamos aislada en un pequeño cuarto de la azotea bien protegida, pero luego había sólo dos y después uno, intensificamos los cuidados. Cuando sólo quedaba un único gato mi esposa presenció una escena digna de un grabado de Goya, la gata traía en su hocico lo único que quedaba de su hijo, una patita sangrante ¡se había tragado a todos sus cachorritos!

Luego de ese momento traumático operamos a bola de nieve para que ya no pudiera tener descendencia. Una jueves por la noche, días después de la recuperación observé una escena grotesca, justo antes de entrar a mi casa dos perros partían a la mitad a la gata, literalmente la destrozaron con sus hocicos, eran un pitbull y un rottweiler, cada uno se llevó un pedazo.

No dejo de sentir culpa por maldecir a los pobre gatos. Mi madre me dijo de niño que el cielo de animales no existe, pero donde quiera que estén ojalá descansen en paz, mientras tanto, sentiré una presión en el pecho cada que vea mis ejemplares arañados.


domingo, 3 de mayo de 2020

¿Cuánto?

Si bien cotidianamente son antagonistas por naturaleza propia, existen ocasiones, escasas como la historia de un deicidio, en que estos dos participantes de la vida del libro involuntariamente colaboran  para dar resultados inesperados. Me refiero por un lado al librero: adalid de las letras y de la tinta seca que resguarda el conocimiento y la vida de los autores con el celoso y prolijo ejercicio de su oficio, y por otro lado, el biblioclasta: aquel porfiado que no conforme con ser indiferente a los libros, se empeña en mantenerlos apartados de su vida y de quienes le rodean rindiendo pleitesía al pensamiento medieval que se creía derrocado gracias a la imprenta.

Era mi primer año en la bella ciudad de Guadalajara. Recién prófugo de la CDMX y llevando a cuestas nada más que  la experiencia adquirida durante dos años en una de las bastas proveedurías  de libros usados de la calle Donceles y un cambio de ropa.  Después de una azarosa búsqueda y de perder un empleo recién adquirido por llegar con  retraso y aliento alcohólico, la librería de "El Viejo" me abrió la puerta sin más trámite que una sencilla prueba para determinar mis habilidades como comprador de libros, como coyote. Resulta curioso porque en los años con L.C. en Donceles nunca tuve oportunidad de participar en la negociación de compra de los pequeños puñados de libros que regularmente llegaban al mostrador y cuya resolución se encontraba siempre en manos del empleado de más experiencia cuando el dueño estaba ausente.

En una de las semanas en que aún me adaptaba al modelo de trabajo de mi nuevo patrón mientras trataba de implementar los conocimientos de orden práctico adquiridos en CDMX la librería recibió la llamada de una persona que deseaba, casi ansiaba, disponer de la biblioteca de su difunto esposo. La señora nos urgió a acudir de inmediato para atender su imperiosa necesidad y cuando nos indicó la colonia en que se encontraba el domicilio  no bien dejamos las cucharas sobre los platos a medio comer y nos dirigimos raudos a su encuentro. En Guadalajara pocas veces las bibliotecas de colonias de alto nivel socio-económico se ponen a disposición de los modestos libreros de viejo.

Desde que llegamos a la residencia en la colonia Providencia El Viejo intuyó que algo muy bueno se presentaba frente a nosotros, una oportunidad singular e imperdible. Pero, como buen coyote, su primera recomendación al mozalbete que llevaba por acompañante fue la mesura. Así fue como me lo dijo: "acuérdate que venimos a comprar libros viejos". Esta última palabra subrayada con el tono de mezquindad y desdén con el que se categoriza lo inservible.

El afán de la viuda biblioclasta por dar celeridad a la operación fue la presentación con que nos recibió justo después de invitarnos a pasar a la inmensa biblioteca depositada y conservada con un evidente celo y detalle por, al menos, dos generaciones. Nuestros ojos no alcanzaban a dar cuenta de todas las maravillas que ahí se resguardaban. Bastaba otear cualquiera de los hermosos libreros de finas maderas para descubrir alguna serendipia: ejemplares impecables de códices, enciclopedias rarísimas, bellísimas encuadernaciones en piel hechas ex profeso, colecciones majestuosas de las celebradas ediciones españolas de Aguilar, literatura contemporánea de exquisitos autores nacionales y extranjeros, libros de arte cuya portada y hechura bastaban para sentir nostalgia por los tiempos en que los libros se hacían con el mismo cuidado y dedicación que una fina escultura.  No cabía duda: habíamos encontrado la ciudad de El Dorado o, mejor dicho, nos llamaron de ahí para hacerles una visita.

Aún no salíamos de nuestro asombro cuando un furtivo intercambio de miradas y muecas entre El Viejo y yo nos nubló la sonrisa para reinstalarnos en nuestra realidad: esa biblioteca podría valer lo mismo que la modesta pick up en la que viajamos y, por supuesto, mucho más de lo que llevaba el patrón encima. Sin embargo, fieles al principio general de desinterés que el librero y cualquier mercader debe guardar ante semejantes ocasiones, nos dirigimos con parsimonia a inspeccionar los excelsos muebles donde se albergaban esas joyas por las que ya nos relamíamos los bigotes. No pasó mucho tiempo de nuestro cauto proceder cuando la viuda biblioclasta se dirigió al Viejo con exacerbada impaciencia "¿Los va a revisar todos, señor?". El momento temido había llegado y en nuestras mentes no había cabida aún para fijar una cantidad y comenzar a negociar.

-Mire, señor, tengo algo de prisa, ¿no me puede decir así rápido cuánto?
-No lo sé, señora, usted dígame ¿cuánto?
-Mire, le voy a dar mil pesos para la gasolina pero ya llévenselos todos.

...

Al día siguiente, aun recuperándonos de la extenuante labor de bajar libros y colocarlos sin mucho orden en la caja de la camioneta durante más o menos una hora y media nos alistábamos para regresar a la residencia en Providencia y recoger el resto de los desechos de una viuda biblioclasta que con su desprecio por los libros nos aseguró al Viejo, a la librería y a mi una boyante temporada en el mundo de la compra-venta de tinta seca y nos concedió una irrepetible experiencia en el fascinante oficio de librero.

Por supuesto, en apego a las reglas no escritas del librero, y emulando los rituales paganos de nuestros predecesores, esa noche rendimos una ofrenda extraordinaria al dios Baco agradeciendo la bonanza y deseando recibir los mismos favores para la próxima cosecha.

José Barba. Guadalajara, Jalisco.
FB: Librero José Barba
IG: José_Barba_Librero




jueves, 30 de abril de 2020

El bibliófilo de Balderas

Hace más de una década me lo presentaron como especialista en firmas, un hombre corpulento de cuarenta y tantos años, de pelo cano y vestido con pulcritud, usaba anteojos de alta graduación, se percibía en él cierto halo de erudición, aunque la presentación hecha por parte de un librero no me fue agradable, sentí como si lo tratara igual que a un cuate de la cuadra. Ese día yo llevé a presumir un ejemplar con la dedicatoria de Juan Rulfo, el bibliófilo de Balderas tomó el ejemplar, no hizo ni un solo gesto, no se inmutó, ahora sé que actuaba de forma profesional, como se dice en el argot libresco, era un coyote, me miró y sin decir una sola palabra asintió y me devolvió el libro, fue la primera vez que lo traté.

El bibliófilo de Balderas es un librero especializado en primeras ediciones de literatura mexicana e iberoamericana principalmente, con gusto refinado, tiene predilección por los poetas mexicanos de culto y autores del exilio español, conoce sobre libros de Poesía de Centro y Sudamérica, de libros ilustrados por grabadores del Taller de la Gráfica Popular, estudioso de los Contemporáneos y el Movimiento Estridentista.

Siempre viste con esmero y limpieza, botas bostonianas excelsamente lustradas y camisas perfectamente planchadas, en eso hace diferencia con muchos libreros descuidados en su persona; el bibliófilo de Balderas come bien, bebe de forma cotidiana, para socializar y hacer negocio dice él, toma ron solo, sin refresco, se desenvuelve en varios estratos sociales y en lugares radicalmente opuestos, puede uno encontrarlo tomando cerveza los domingos con los colegas de la Lagunilla o entre semana en bares de Polanco cerrando tratos con coleccionistas y galeristas. 

El librero bibliófilo tiene la fortuna de estar en el momento y lugar preciso, eso lo he confirmado una y otra vez a lo largo de los años, parece que tiene un olfato para las primeras ediciones, la segunda vez que lo vi llegó al puesto de un colega suyo cuando yo le ofrecía una edición príncipe de Octavio Paz, con una de las más hermosas portadas hechas por Rufino Tamayo, el libro estaba impecable, me ofreció la décima parte del valor real de la obra, yo no sabía de primeras ediciones, él sí, acepté de inmediato, la revendió a un coleccionista renombrado.

A lo largo de los años he podido venderle miles de libros, no exagero en la cantidad, siempre han sido ejemplares raros, al inicio me coyoteaba mucho, a veces me daba coraje, pero él con mucha pasividad me decía que en el oficio de librero anticuario siempre se paga el precio del aprendizaje y ¡vaya que lo pagué! Una vez quise sobrepasarme en el precio con él, le ofrecí una primera edición de César Vallejo en tres mil pesos, el bibliófilo aceptó y la revendió en treinta y cinco mil; otra, le ofrecí un lote de exiliados españoles en quince mil, ¡ya iba aprendiendo! el cabrón lo revendió en cien mil. Y así, una tras otra con libros antiguos, firmados, ilustrados del siglo XVII, etc.

Mi amigo tiene gran reconocimiento en el mundo de la bibliofília en México y en general en el negocio del libro antiguo, así como uno menciona un aguilar, en donde ya va implícito que es un libro de calidad, en el coleccionismo pasa algo similar, el bibliófilo de Balderas dicta sin saberlo cuando un libro tiene o no valor. Es respetado por clientes y colegas.

En una ocasión, en una feria en que ambos participábamos, evento de libros usados alterno a la feria de Minería en el Centro Histórico observé a un coleccionista peruano mirando en un puesto del Callejón de la Condesa una primera edición de Historia de un deicidio, se lo ofrecían en doscientos pesos, no aceptó, imagino que dudó más de la persona que se lo vendía que del ejemplar, unos instantes después llegó mi amigo, pidió ver el mismo libro, lo compró en cuatrocientos pesos (a él le venden más caro los cabrones), lo llevó a su stand donde unos minutos después llegó el coleccionista peruano, el bibliófilo de Balderas le ofreció el mismo ejemplar que ya había visto unos minutos antes, pero ahora en dos mil pesos, se lo compró.

Parafraseándolo: "el valor de un libro cambia dependiendo de las manos en que se encuentre".

Por cierto, le gustan las mujeres altas, bajitas, delgadas, robustas, güeras, morenas, jóvenes, maduras , pobres, ricas y así la lista puede continuar. Me cae bien mi amigo librero.

¡Larga vida al bibliófilo de Balderas!





lunes, 27 de abril de 2020

El sobrino de WR y los libros de un costal

WR son las iniciales del famoso intelectual de origen asturiano, traductor al español de obras clave en el estudio de la filosofía y el marxismo, profesor emérito de la Universidad de México, pero no es a quien me referiré, esto va en torno a su sobrino.

Nos citó para vender una amplia biblioteca, llegué con mi socio al departamento ubicado en la colonia Narvarte, se presentó como el sobrino de WR, aunque la casa perteneció a su tía, tal vez hermana del fallecido erudito español, nos dijo que había heredado el inmueble, los cachivaches y los libros, tenía ese tono con el que en la Ciudad de México nos referimos a los "mirreyes", jóvenes de origen acaudalado, normalmente residentes de La Lomas y Santa Fe, estaba acompañado por una bella chica, tal vez actriz de cine, aunque no la reconocí (a pesar de fijarme en todos los detalles).

Nos mostró la biblioteca, sin dejarnos un momento solos, siempre interrumpiendo nuestra labor mostrándonos los que a su consideración eran unas joyas, por ejemplo: un atlas de formato monumental editado en los sesentas; un misal del siglo XIX, todo madreado; un par de libros horrendos con las tapas de madera; un tomo suelto de una enciclopedia de arte y un mamotreto incompleto de inicios de siglo XX sobre fármacos; es decir, ¡pura madre!

Revisamos la biblioteca por unos quince minutos, ya no lo aguantábamos, eran unos dos mil libros distribuidos en todo el apartamento, pero nada relevante, la mayoría eran novela rosa de Corín Tellado y María Luisa Linares, de poco valor para nosotros; antes de argumentar nuestro desinterés y él insistiendo sobre las "grandes piezas" que había heredado, nos señaló el cuarto de limpieza donde había un costal con libros que él mismo había elegido como inútiles, -chéquenlos, tal vez les sirva algo - nos dijo, soportando su presunción y ademanes altaneros, fuimos a ver esa selección.

Comencé a revisar los libros del costal, mi socio ya estaba harto, le pedí paciencia y registré minuciosamente los ejemplares, sólo puedo decirles que en esa ocasión sentí el latir de mi corazón con mucha intensidad, saqué las primeras ediciones de "Poeta en Nueva York" de García Lorca, editado por la editorial Séneca; "España aparta de mi este cáliz" de César Vallejo; "Jusep Torres Campalans" de Max Aub, entre otras maravillas del exilio español en México, como dirían los bibliófilos "las piezas" o en el argot libresco "la pura chuleta".

De todo lo visto en ese departamento sólo nos interesaban diez títulos, no sería fácil comentárselo al petulante sobrino de WR, decidimos mezclarlos con otros veinte libros y realizar la propuesta, en el lote incluimos dos libros antiguos sin importancia.

Le explicamos al muchacho que la biblioteca era muy buena, que no eramos los indicados para adquirirla, pues estaba destinada a alguien que realmente conociera y tuviera buen gusto como él, le pedimos nos vendiera ese pequeño lote pues era nuestro perfil, la cháchara, me sentí como en una escena de la película "La novena puerta", en su mirada notamos extrañeza, aceptaba siempre y cuando dejáramos los dos libros antiguos, a "regañadientes" accedimos. Salimos con un lotecito de veintitantos libros, muy felices.

Imaginé a WR, por quien siento admiración, retorciéndose del coraje desde el más allá, no por nuestra acción, sino por la ignorancia de su sobrino, a quien no admiro.  Nos enteramos que terminó tirando la biblioteca a la basura.



lunes, 20 de abril de 2020

La señora de los gatos

En las andanzas de ir a comprar bibliotecas, recuerdo una en particular, por la zona sur de la Ciudad de México, en un conjunto habitacional de Av. Universidad. Ella vivía en el cuarto piso de la torre L, cuando llegué a la planta baja se percibía ya el olor, ese tufo inconfundible que presagiaba la presencia de gatos, era primavera, medio día y un calor sofocante, comencé a subir  por las escaleras, pues no había elevador, todo estaba sumamente limpio, pero la esencia de los felinos era cada vez más penetrante, conforme subía cada piso el olor se intensificaba a pesar de la pulcritud del lugar, por fin, me presenté frente a la puerta de donde emanaba esa pestilencia, me recibió una empleada de gobierno, una asistente social, me asomé al departamento y del lado izquierdo, recostada en un sillón de madera, la señora de los gatos, una mujer de aproximadamente setenta años que llevaba olvidada de sí misma al menos una década, cabellera blanca, abundante a pesar de la edad, ropa de varios colores y de varias épocas, mirada triste y perdida, no respondió mi saludo, seguramente ensimismada en recuerdos de mejores días.

El departamento estaba lleno de rastros de heces de los animales, las evidencias se contaban por cientos, era notorio que habían sido removidas recientemente. Continuaba en la puerta de la entrada pero la curiosidad me ganó, me di valor y con la mano cubriéndome la nariz y la boca pasé al departamento, intenté pisar por las áreas más limpias de la alfombra, pero fue imposible. Llegué hasta la habitación donde se hallaban los libros, para mi sorpresa, eran bastantes títulos y muy buenos, aproximadamente dos mil ejemplares, estaban colocados en libreros que tapizaban las paredes, en medio había una cama individual con libros también, no existía casi ninguna parte del cuarto sin vestigios de la invasión felina. La mayoría de los libros estaban cubiertos de polvo y marcados con los orines de los animales, no quise tocar nada, decliné realizar la compra.

Después de mi rechazo, la trabajadora social me pidió que la apoyara, me contó la historia de la señora de los gatos, que en ese momento cantaba un bolero en la sala, no la vi, pero me la imaginé bailando sola, encima de la mierda de sus mascotas sin percibir la fetidez, acostumbrada a ella, se escuchaba contenta.

La empleada del gobierno me contó que la señora de los gatos fue esposa de una eminencia, doctor en Ciencias Biológicas por la U.N.A.M. donde daba clases, su matrimonio duró treinta y cinco años, no tuvieron hijos, así lo decidieron y así eran felices, hasta que él murió atropellado hacía diez años, desde ese momento ella entró en depresión, se aisló del mundo, sólo salía a comprar comida para sus mininos una vez a la semana, sobrevivía con la pensión de su esposo. 

La trabajadora social fue enviada en apoyo debido a insistentes llamadas de los vecinos para que auxiliaran a la anciana, llevaba semanas sin salir y sólo se escuchaba que cantaba. Al llegar el apoyo, la señora de los gatos se puso histérica, después de un rato dejó entrar a la asistencia social, se sentó en su sillón de madera mientras veía como se llevaban a sus nueve "hijos" y sacaban tres enormes bolsas con heces de los animales.

El dinero de la venta de la biblioteca era para acelerar el proceso de enviarla a un asilo, opté por rescatar algunos libros, sólo pude seleccionar cincuenta de ellos, la pestilencia y las condiciones de los ejemplares no permitían hacer más. Al retirarme vi como la anciana recostada en su sillón dibujaba en el aire compases musicales, abstraida totalmente, feliz, cantando un bolero.

Días después me marcó la asistente avisándome que la señora de los gatos murió en su casa, muerte natural, la hallaron inerte, en su sillón, con el bosquejo de una sonrisa y abrazando la foto de su esposo.

miércoles, 1 de abril de 2020

Ser librero de viejo en tiempos del coronavirus.

   Esto ha ido demasiado rápido, a inicios del año comenzaron las noticias de un nuevo virus nacido en China, en febrero llegó a México y se ha propagado en todo el país, hoy primero de abril ya van casi mil cuatrocientos casos confirmados y treinta y siete defunciones, hace un par de días declararon emergencia sanitaria. 
Trabajo en una empresa dedicada a la compra-venta de libros viejos, con una plantilla de veintiséis personas; valuadores, curadores, mercadólogos, bodegueros, choferes, capturistas, vendedores, diseñadores, ayudantes generales y personal de limpieza.
Laboramos adquiriendo un promedio de mil doscientos libros por día, los cuales se seleccionan en una bodega por el poniente de la ciudad, de ahí se distribuyen a dos librerías, una en la capital del país y otra en Pachuca, Hidalgo y también a otra bodega en el Estado de México donde se manejan varias catálogos en línea.
Es difícil tomar decisiones en momentos complicados, el gobierno decretó el cierre de negocios no esenciales, el libro usado no es considerado un artículo de primera necesidad, ojalá lo fuera. Debimos cerrar temporalmente ambas librerías, liquidar a algunos trabajadores, home office para una parte del equipo, a otros los enviamos a casa con una parte de su sueldo por un mes, sólo mantuvimos activos a los trabajadores necesarios para subsistir.
Nos mantendremos en pie con las reservas de las últimas bibliotecas adquiridas y con la venta en línea que no ha cesado. De continuar, seguiremos dando trabajo a madres y padres, cabezas de familia, a jóvenes estudiantes y en general a buenas personas.
De nuestra labor no sólo dependen los trabajadores de la empresa, también muchos libreros que a pequeña o mediana escala se surten con nosotros: los jóvenes del Callejón Condesa, siempre alegres y dicharacheros, los libreros de Plaza del Ángel, tan allegados a los bibliófilos del país, los compañeros de La Lagunilla y del corredor de Balderas, además de los libreros de las ferias que se realizan en varios estados, sin olvidar a los muchachos emprendedores de los grupos de venta en redes sociales.
Todos los libreros de viejo hemos visto mermada nuestra venta, algunos tienen ahorros, otros adquirirán deudas, pero creo que la libraremos y espero que este momento difícil sirva para unirnos como gremio, nos hace falta apoyarnos entre nosotros, hay varios ejemplos de que se puede, en Xalapa, Aguascalientes y Guadalajara ya lo están haciendo, ojalá podamos lograrlo a nivel nacional, no sólo vernos como libreros o comerciantes individuales, sino como una comunidad que se dedica a la venta de uno de los productos más nobles, el libro viejo.
Deseo fuerza y paciencia a todos los amigos y compañeros libreros de ocasión del país, saldremos de estos tiempos difíciles.  

El arte de vender libros excepcionales

¿Adivinos o libreros?                                                                                         Gabriel Zaid Inicios  En mayo ...