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jueves, 30 de abril de 2020

El bibliófilo de Balderas

Hace más de una década me lo presentaron como especialista en firmas, un hombre corpulento de cuarenta y tantos años, de pelo cano y vestido con pulcritud, usaba anteojos de alta graduación, se percibía en él cierto halo de erudición, aunque la presentación hecha por parte de un librero no me fue agradable, sentí como si lo tratara igual que a un cuate de la cuadra. Ese día yo llevé a presumir un ejemplar con la dedicatoria de Juan Rulfo, el bibliófilo de Balderas tomó el ejemplar, no hizo ni un solo gesto, no se inmutó, ahora sé que actuaba de forma profesional, como se dice en el argot libresco, era un coyote, me miró y sin decir una sola palabra asintió y me devolvió el libro, fue la primera vez que lo traté.

El bibliófilo de Balderas es un librero especializado en primeras ediciones de literatura mexicana e iberoamericana principalmente, con gusto refinado, tiene predilección por los poetas mexicanos de culto y autores del exilio español, conoce sobre libros de Poesía de Centro y Sudamérica, de libros ilustrados por grabadores del Taller de la Gráfica Popular, estudioso de los Contemporáneos y el Movimiento Estridentista.

Siempre viste con esmero y limpieza, botas bostonianas excelsamente lustradas y camisas perfectamente planchadas, en eso hace diferencia con muchos libreros descuidados en su persona; el bibliófilo de Balderas come bien, bebe de forma cotidiana, para socializar y hacer negocio dice él, toma ron solo, sin refresco, se desenvuelve en varios estratos sociales y en lugares radicalmente opuestos, puede uno encontrarlo tomando cerveza los domingos con los colegas de la Lagunilla o entre semana en bares de Polanco cerrando tratos con coleccionistas y galeristas. 

El librero bibliófilo tiene la fortuna de estar en el momento y lugar preciso, eso lo he confirmado una y otra vez a lo largo de los años, parece que tiene un olfato para las primeras ediciones, la segunda vez que lo vi llegó al puesto de un colega suyo cuando yo le ofrecía una edición príncipe de Octavio Paz, con una de las más hermosas portadas hechas por Rufino Tamayo, el libro estaba impecable, me ofreció la décima parte del valor real de la obra, yo no sabía de primeras ediciones, él sí, acepté de inmediato, la revendió a un coleccionista renombrado.

A lo largo de los años he podido venderle miles de libros, no exagero en la cantidad, siempre han sido ejemplares raros, al inicio me coyoteaba mucho, a veces me daba coraje, pero él con mucha pasividad me decía que en el oficio de librero anticuario siempre se paga el precio del aprendizaje y ¡vaya que lo pagué! Una vez quise sobrepasarme en el precio con él, le ofrecí una primera edición de César Vallejo en tres mil pesos, el bibliófilo aceptó y la revendió en treinta y cinco mil; otra, le ofrecí un lote de exiliados españoles en quince mil, ¡ya iba aprendiendo! el cabrón lo revendió en cien mil. Y así, una tras otra con libros antiguos, firmados, ilustrados del siglo XVII, etc.

Mi amigo tiene gran reconocimiento en el mundo de la bibliofília en México y en general en el negocio del libro antiguo, así como uno menciona un aguilar, en donde ya va implícito que es un libro de calidad, en el coleccionismo pasa algo similar, el bibliófilo de Balderas dicta sin saberlo cuando un libro tiene o no valor. Es respetado por clientes y colegas.

En una ocasión, en una feria en que ambos participábamos, evento de libros usados alterno a la feria de Minería en el Centro Histórico observé a un coleccionista peruano mirando en un puesto del Callejón de la Condesa una primera edición de Historia de un deicidio, se lo ofrecían en doscientos pesos, no aceptó, imagino que dudó más de la persona que se lo vendía que del ejemplar, unos instantes después llegó mi amigo, pidió ver el mismo libro, lo compró en cuatrocientos pesos (a él le venden más caro los cabrones), lo llevó a su stand donde unos minutos después llegó el coleccionista peruano, el bibliófilo de Balderas le ofreció el mismo ejemplar que ya había visto unos minutos antes, pero ahora en dos mil pesos, se lo compró.

Parafraseándolo: "el valor de un libro cambia dependiendo de las manos en que se encuentre".

Por cierto, le gustan las mujeres altas, bajitas, delgadas, robustas, güeras, morenas, jóvenes, maduras , pobres, ricas y así la lista puede continuar. Me cae bien mi amigo librero.

¡Larga vida al bibliófilo de Balderas!





martes, 28 de abril de 2020

Historia de un deicidio

Antes de entrar en materia, les diré que, como mucha gente, llevo más de un mes encerrado; por fortuna vivo con una amiga, creo que si estuviera viviendo solo ya estaría a punto de arrojarme por el balcón.
     No sé ustedes, pero, yo tengo un pequeño gran desmadre con los horarios y las horas de sueño. La roomie se despierta más temprano que yo (me parece que sería más correcto decir antes que yo, y no más temprano, eso de levantarse a la 1:30 pm, no me suena a que sea muy temprano), prepara el desayuno y me avisa cuando está listo; con la noche aún agazapada en las entrañas intento ponerme de pie y comienzo a caminar como si lo hiciera a través de un campo minado. Hago malabares para llegar a la cocina y cuando por fin me acerco al comedor, la roomie tiene unos deseos inconmensurables de hablar. Yo, en ese momento no sé si estoy vivo, muerto o en una pesadilla, sólo percibo una tormenta de ideas a la vez y me siento como si estuviera escuchando Juana la Cubana a todo volumen.
     Después de lavar los trastes, poco a poco mi cerebro comienza a desapendejarse, pero es inminente que me dirija a la regadera para despertar por completo y poder comprender el mundo en su totalidad (o lo que comprendo en un día normal, que es nada o casi nada).
     Una vez que salgo del baño me encuentro listo para leer o para escribir algo, según sea el caso. Esta semana me acompaña la gran Rosario Tijeras, del colombiano Jorge Franco; la novela está a toda madre, pero como de lo que se trata aquí es de hablar sobre libros, hallazgos y librerías de viejo, les contaré algo que me sucedió algunos años atrás.
     Verán: hace un tiempo conocí a García Márquez, bueno, no lo conocí a él, quiero decir que leí uno de sus libros; por todos lados escuchaba que Cien años de soledad era la obra cumbre, como una especie de Quijote contemporáneo, que se trataba de un libro fundamental para comprender el realismo mágico, el boom latinoamericano y montones de cosas más.
     El asunto es que terminé la novela y me pareció deslumbrante la manera en la que está narrada, y la forma en la que el autor logró tejer una historia tan compleja, sin dejar de lado que la prosa y el lenguaje utilizados son magistrales. Me sorprende la facilidad que García Márquez encontró para crear personajes tan verosímiles, pero tan ajenos de nuestra realidad y a la vez tan cercanos a ella, en fin que, podría hablar hasta el cansancio de Cien años, pero me parece que gente mucho más capaz, ya lo hizo hasta el aburrimiento. Así que, para finalizar con este punto, sólo he de decir (y que Dios y los amantes del Gabo me perdonen) que leí dos veces el libro y ninguna de las dos ocasiones me enganchó por completo, pero sí pensé, de dónde demonios se le habrán ocurrido tantas cosas y qué asuntos tendría que vivir un escritor para escribir algo así.
     Como de costumbre, descubrí que alguien ya había pensado lo mismo, con la ligera diferencia de que el sujeto en cuestión era Mario Vargas Llosa, quien escribió un libro denominado Historia de un deicidio y resulta que dicho trabajo fue su tesis doctoral.
     Ahora bien, el título original era García Márquez: lengua y estructura de su obra narrativa,  pero cuando se publicó, la editorial le cambió el nombre, haciendo referencia a algo que me pareció bastante interesante: "deicidio" viene del latín y significa algo así como matar a Dios.  
     En su tesis, Vargas Llosa compara diversos acontecimientos ocurridos en la vida de García Márquez en relación a su literatura y desarrolla una teoría en la que se supone que el escritor se rebela contra la realidad e intenta sustituirla por la ficción que él mismo inventa y de este modo suplanta el poder de Dios.
     Tomando en cuenta todo lo citado con antelación, el libro ya parece deseable, si a esto agregamos que Vargas Llosa y El Gabo se pelearon por una mujer y que a raíz de este acontecimiento el colombiano no permitió que se volviera a publicar, el libro resulta aún más tentador.
     El asunto es que un día llegué con cierto amigo, que me invitó a escribir en cierto blog, ciertas cosas que pasan con ciertos hallazgos y en ciertas librerías de viejo. Le pregunté que si no había manera de conseguir el mencionado texto de Vargas Llosa, a lo que me respondió: "un día estuve muy cerca de tenerlo, sólo una mesa y una sabandija me impidieron conseguirlo" (en realidad mi amigo no dijo sabandija, porque él es muy propio, pero, como se habrán dado cuenta, yo no). Me explico:
     Era un día como cualquier otro día, me quedé de ver con mi amigo para tomar un café, el lugar de la cita estaba ubicado a unos cuantos locales de una librería de viejo, nos reunimos y mientras tomábamos un capuchino, le hice la pregunta sobre el libro y me dijo que, en días pasados, había llegado a la librería a la que teníamos pensado ir; como era su costumbre comenzó a analizar los libreros y desde muy lejos reconoció el lomo de Historia de un deicidio, estaba por tomarlo cuando se entretuvo en una mesa de baratijas y justo en ese momento un escritor entró a la librería, observó el libro, lo tomó, as soon as enchinga, se dirigió a la caja, lo pagó y se lo llevó. Mi amigo se quedó viendo al fulano aquel, como cuando Juan Diego vio a la virgen. Y ante sus incrédulos ojos observó cómo se le escapaba el libro de Vargas Llosa.
     Cuando le pregunté quién era el sujeto que prácticamente le había quitado el texto de las manos, me respondió que no lo conocía mucho, sólo sabía que era un escritor nacido en León Guanajuato en 1965, que había sido becario del Sistema Nacional de Creadores y de la fundación John Simon Guggenheim. Que era autor de las novelas Nostalgia de la sombra, El rostro de piedra y de nueve libros de cuentos, varios de ellos traducidos al inglés, al francés y al portugués. Que había ganado varios premios de cuento, entre ellos el Certamen Nacional de Cuento, Poesía y Ensayo de la Universidad Veracruzana (1994), y el premio de cuento Juan Rulfo (2000) otorgado por radio Francia Internacional y que su recopilación de relatos Sombras detrás de la ventana (2010) obtuvo el premio de Literatura Antonin Artaud, otorgado por la Embajada de Francia en México, pero no recordaba su nombre.
     Con tales referencias yo no sabía si reír, rezar o llorar, sólo me quedó el consuelo que nos queda a todos los bibliófilos cuando perdemos un libro: "al menos, creo que quedó en buenas manos".
     Para finalizar les diré que leyendo Rosario Tijeras, de casualidad me encontré un párrafo en el capítulo doce (que justo es en el que voy) que quizás podría resumir el sentimiento de mi amigo:
     "...volví a mi casa. No tuve que decir nada, en mi cara se leía todo y la lectura debió ser patética, porque en lugar de reproches recibí sonrisas entumecidas y palmadas en la espalda, aunque nada de eso alivió la congoja que sentía. La sensación era la de haberme chocado a gran velocidad contra un muro, dejándome tan aturdido que no podía definir sentimientos, tampoco podía entender la situación que me había llevado a sufrir ese tremendo choque, trataba de poner las ideas en orden para hacer un diagnóstico de mi mal, pero no fui yo, sino alguien de mi familia quien acertó cuando se decidieron a poner el tema sobre la mesa..."
     En fin, no sé si él se sentiría de este modo, pero cuando me enteré de su historia, yo sí me sentía así, quizás peor.
     Por ahora la noche se devoró los colores, no me resta más que pedirles lo que les pido todos los días después de escribir:
     Descansen y, por favor, no olviden soñar.

gabriel duarte
abril    xx-xx

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