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lunes, 25 de mayo de 2020

Primera edición, 1955


Siempre he sentido un gran gusto por visitar tianguis, ventas de garage, bazares, librerías de segunda mano y mercados de pulgas. Aparte de libros, soy un consumado coleccionista  de “chácharas”. Me gusta encontrar juguetes, discos, películas e inclusive elementos de decoración para mi casa que después de una concienzuda limpieza, pasa a formar parte de mi vista diaria.
Aunque pensándolo bien, quizás el término que me identifica más es el de “lo compraré porque me gustó, y seguramente en un futuro lo usaré” aunque no siempre ha sido el caso, por supuesto. 
En la Ciudad de México, donde he vivido toda mi vida, los tianguis son un elemento importante de la calle.
Hay uno en particular muy cercano a la casa de mi madre, en la delegación Iztapalapa. No muy conocido, ni concurrido, aunque abarca varias calles si lo decides recorrer de principio a fin. Lo que más encontrarás son puestos de fruta y verdura, carnes y lácteos, en donde la mayoría de las personas que lo visitan, jefes y madres de familia, buscan surtir la despensa para la próxima semana; básicamente, un lugar hecho para las personas de la colonia.
Yo generalmente iba a “chacharear” el día domingo y eso fue lo que hice.

A pesar de mi gusto por visitar estos lugares, no sigo la máxima de llegar temprano para ser el primero que tenga la oportunidad de escoger. Mientras que hay personas que a las 6 de la mañana están esperando las novedades, ese domingo eran cerca de las 3 de la tarde cuando salí de casa y me enfile hacia los puestos, en una caminata que no me llevó más de 10 minutos.

Justo a la mitad del transitado centro comercial ambulante encontrarás dos calles cerradas a tu mano izquierda, que desde que tengo memoria, son los lugares que los administradores han optado para que los chachareros coloquen sus productos. Los mejores lugares, siempre han sido los que conectan con la calle principal. 

Ese día, sentí que corría con suerte. Justo al entrar, en el primer puesto, vislumbre una gran pila de papel. Me acerqué. Había algunos tomos sueltos de la Nueva Enciclopedia Temática empastados en azul, justo al lado de revistas TVNotas de hace algunos meses, agendas telefónicas usadas y dos huacales con libros sueltos. Me dispuse a revisar que encontraría. Mi suerte no me decepcionó ya que unos ejemplares bastante bien conservados de “Las batallas en el desierto”. “Aura”, “La Tregua” y una novelita de Somerset Maugham (creo que era “El filo de la navaja”) se irían conmigo a casa. La expedición había bien valido la pena.

-¡Joven!- Me dijo la vendedora, que conocía yo de vista de muchas ocasiones- En ese costal tengo más libros, no los saqué todos porque no caben. 
Acto seguido, antes de que yo pudiera contestar, se acercó y volcó a mis pies un costal que desparramó más libros, algunas revistas Selecciones y ¡sorpresa! otro ejemplar de “Las batallas en el desierto”.
-¡Gracias!- Fue mi respuesta mientras veía las nuevas novedades. Mis manos alcanzaron un pequeño volumen empastado en un vivo color naranja, editado por el Fondo de Cultura Económica, que no era la siempre presente edición popular en rústica. “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Por un momento, pensé “Si es la primera edición, me voy a rayar”. Ese día me rayé. Con manos ya un poco temblorosas, en ese momento sólo estábamos dentro de ese bullicio, ese pequeño ejemplar y yo. Lo abrí, y las letras impresas decían de manera clara y contundente “Primera edición, 1955”.
Por un momento me quedé frío. Estas cosas, no se dan todos los días. Mientras conservaba el libro en mi mano izquierda, seguía hurgando para encontrar otro ejemplar o la camisa que le hacía falta. Por supuesto, mi suerte estaba echada y lo que a mí me correspondía, ya me había sido dado.
Aún no lo podía creer. ¿Cuánto dinero traía conmigo? Rebusqué en mi bolsillo y un billete de $100 asomo en mi mano. ¿Cuál sería el precio por ese libro encontrado en el suelo? ¿Ella sabría lo que era? ¿Era un libro más? En esos momentos mi mente jugaba conmigo. 

-¡Señora!- Dije, mientras me acercaba a ella, intentando mostrarme sereno y tranquilo. Encontré dos más, ¿cuánto le debo?

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Llegué a mi casa. En el trayecto no solté el ejemplar de mi mano, rodeado por la obra maestra breve de José Emilio Pacheco. ¿De quién era? Ninguna anotación que me lo dijera. ¿Cómo había llegado a este tianguis en particular? Seguramente como toda la mercancía allí exhibida; por medio de compras en casas particulares, alguna donación o cambio, o bien recogido de algún centro de reciclaje a punto de ser destruido, no lo sé con exactitud. ¿Cuánto pagué por el ejemplar? Recibí $40 de cambio de manos de la vendedora. 

Aún hoy, es una historia interesante para contar. 


jueves, 30 de abril de 2020

Sobre Edward Albee y tres libros de Tario

Y resulta que la roomie se puso creativa, un fenómeno llamado Anahí la inspiró, y decidió que el día de hoy comeríamos enfrijoladas; por fortuna no serán de tofu (no sé qué invento chino sea el tofu, pero después de lo que pasó con los murciélagos no se me antoja saber nada de inventos chinos) (¡Pinches chinos!), así que, me tocó deshebrar el pollo y me siento como si me hubieran mandado a las mazmorras a pelar patatas. 
     Mientras desmenuzo unas pechugas gigantescas (que más bien parecen pechugas de rinoceronte), una pequeña pregunta se me trepó por el tobillo y continuó ascendiendo por mi regordeta humanidad, hasta que fue a parar a mi oído; después de un rato, la pequeña pregunta emitió un ligero murmullo: ¿y ahora qué chingados vas a escribir para el blog, cabroncito? ¡En la madre!, exclamó el cabroncito, ¿qué chingados voy a escribir?
     Justo en esas estaba cuando recordé algo de mayor importancia: se me acabó el desodorante (¡Pinche desodorante!), pero, la roomie es muy precavida, su casa parece tienda de abarrotes y tiene de todo (tres escobas distintas para barrer tres superficies distintas; cuatro tipos de aceite: aceite de oliva, aceite para cocinar, aceite con especias y estoy seguro que también tiene aceite para motor; cinco clases de jabón; diez mil cuchillos, en fin, tiene de todo) así que, no le he preguntado, pero sospecho que en la despensa debe tener unas cien marcas de desodorante, sólo que no creo que haya desodorante para hombre, por lo tanto, supongo que el día que abandone este encierro (si es que eso llega a suceder) saldré de aquí oliendo a mum bolita mágica.
     El caso es que el cabroncito terminó con el pollo y llegó el turno de ponerle en su madre a la temible cebolla. Mientras picaba la cebolla, para preparar las enfrijoladas, comencé llorar. Lo único bueno fue que con el llanto dejé de lado las pequeñas preguntas y encontré algo, en los nebulosos pasillos de la memoria, que había olvidado y que necesitaba escribir.
     Verán: hace mucho tomé unas clases de teatro, más bien eran clases de dramaturgia (no me imagino de actor y haciéndole al Brad Pitt, ni de broma). La maestra era una muy mala dramaturga, pero muy buena maestra y una porquería de persona; el asunto es que un día llegó muy puntal a dar la clase y nos repartió unas copias fotostáticas, se trataba de una obra del gran Edward Albee, recuerdo que me gustó, pero no recuerdo que me hubiera gustado tanto. Era un montaje de cuatro personajes, el cual leímos en grupo; es decir, la inmamable maestra, seleccionó a cuatro alumnos quienes comenzaron a leer, mientras los demás escuchábamos y seguíamos el guion con nuestra respectiva copia. Fue algo que nunca había hecho y la sensación me dejó impresionado. Era como haber asistido al teatro y ver la obra sin verla. Le llaman lectura dramática (creo).
     Pasó el tiempo y después de dos semestres un compañero seguía obsesionado con la obra, se llamaba: Marina (la obra, no mi compañero). Me dijo que había buscado el libro por todo el continente y no había tenido éxito, así que, viendo su angustia, me sentí bien chingón y decidí buscarle el texto de Edward Albee. 
     De lo primero que me enteré fue que la publicación la había hecho una pequeña editorial, no tenían presupuesto y la primera y única edición estaba agotada. Por lo que tuve que recurrir a cuanta librería de viejo se me cruzó por el camino. 
     Cierto día, y más bien buscando unos libros de Tario, llegué a un lugar donde me atendió un sujeto bastante agradable; me dijo que en ese sitio no tenían nada de Francisco Tario, pero me dio el teléfono de su hermano y me comentó que sería probable que él pudiera tener alguno.
     Así que, llamé al misterioso individuo y nos quedamos de ver en una cafetería. Me llevó algunos libros, no recuerdo muy bien los títulos, sólo recuerdo que le compré uno o dos porque eran bastante raros. 
     En aquella ocasión, estábamos por el sur y los dos teníamos que dirigirnos al centro de la ciudad, así que, concluimos nuestro negocio (muy pinches negociantes) y nos fuimos juntos. En el camino le pregunté por el libro de teatro que mi compañero tanto había buscado. Para mi sorpresa me respondió que él lo tenía. En ese momento pensé: “seguro este brother me está viendo cara de nixtamal y esto se trata de una sucia jugarreta para orillarme a ir a su librería y ver qué más puede encajarme”. Decidí seguirle el juego y lo acompañé a su local; después de unos minutos llegamos, abrió las pequeñas puertas de su negocio y en menos de veinte segundos sucedieron dos cosas: a) puse la mejor cara de imbécil que tenía a la mano y b) me entregó el libro. El texto se llama Teatro norteamericano contemporáneo.
     Ese día pasé de la emoción, al remordimiento y luego al gozo en tan sólo 7.4 segundos, pues me alegré por mi compañero de clases, al fin le había conseguido su libro, pero enseguida dudé si no sería mejor quedármelo y, la verdad, eso fue lo que hice, porque me enteré que Edward Albee ganó el premio Pulitzer (que es como un Nobel en el periodismo) con esa obra y también había escrito La historia del zoológico ¿Quién teme a Virginia Woolf?, entre muchas obras más. 
     Por fortuna, tan sólo unas semanas después, en una feria de libros, conseguí otro ejemplar y esta vez sí fue a parar al librero de mi compañero de clases (al César lo que es del César).
     Pero si piensan que la historia acabó aquí se equivocan. Al día siguiente de haber conocido al misterioso individuo, me llamó y me dijo que tenía varios libros de Tario y, esta vez pensé: “favor de no mamar, eso no puede ser posible”. Llevaba chingos de tiempo buscándolos. Me dirigí de nuevo a su pequeña librería y puso en mis manos tres primeras ediciones, se trataba de: Tapioca inn. Mansión para fantasmas, Aquí abajo y La noche. Yo no lo podía creer. Eso era un absurdo. De nuevo sólo había dos posibilidades: a) o yo era un pendejo que no sabía buscar ni madres o b) el misterioso individuo tenía una imprenta y se dedicaba a falsificar libros antiguos. 
     El caso es que pasó el tiempo y seguí visitando la pequeña librería con frecuencia para comprar algunos libros y gracias a todo este desmadrito, me encuentro escribiendo estas líneas, pues ahora, el misterioso individuo y yo, somos muy buenos amigos y me invitó a escribir en este blog.
     Jamás olvidaré que un día me vendió un libro de Fernando Pessoa, era una antología de poemas y… ¡no tenía Tabaquería!, eso es imperdonable, una antología de Pessoa sin Tabaquería es como un Sancho sin Quijote o como un taco de suadero sin cilantro.
     En fin que, les dejo aquí los primeros versos del referido poema: 

No soy nada
Nunca seré nada
No puedo querer ser nada
Aparte de esto, llevo en mí todos los sueños del mundo…

     Para finalizar les diré que ni mi amigo ni yo nos dimos cuenta, pero el libro de Edward Albee tenía el autógrafo del escritor y, en teoría, ese detalle genera que el libro tenga un mayor valor. Por otra parte, volví a leer la obra, me gustó mucho y, por si tenían la duda, les comento que, a pesar del llanto por picar la cebolla (¡Pinche cebolla!) y las pequeñas preguntas, las enfrijoladas quedaron bien de pocamadres. Así pues:

     Descansen y, por favor, no olviden soñar.

gabriel duarte
abril xx-xx

El bibliófilo de Balderas

Hace más de una década me lo presentaron como especialista en firmas, un hombre corpulento de cuarenta y tantos años, de pelo cano y vestido con pulcritud, usaba anteojos de alta graduación, se percibía en él cierto halo de erudición, aunque la presentación hecha por parte de un librero no me fue agradable, sentí como si lo tratara igual que a un cuate de la cuadra. Ese día yo llevé a presumir un ejemplar con la dedicatoria de Juan Rulfo, el bibliófilo de Balderas tomó el ejemplar, no hizo ni un solo gesto, no se inmutó, ahora sé que actuaba de forma profesional, como se dice en el argot libresco, era un coyote, me miró y sin decir una sola palabra asintió y me devolvió el libro, fue la primera vez que lo traté.

El bibliófilo de Balderas es un librero especializado en primeras ediciones de literatura mexicana e iberoamericana principalmente, con gusto refinado, tiene predilección por los poetas mexicanos de culto y autores del exilio español, conoce sobre libros de Poesía de Centro y Sudamérica, de libros ilustrados por grabadores del Taller de la Gráfica Popular, estudioso de los Contemporáneos y el Movimiento Estridentista.

Siempre viste con esmero y limpieza, botas bostonianas excelsamente lustradas y camisas perfectamente planchadas, en eso hace diferencia con muchos libreros descuidados en su persona; el bibliófilo de Balderas come bien, bebe de forma cotidiana, para socializar y hacer negocio dice él, toma ron solo, sin refresco, se desenvuelve en varios estratos sociales y en lugares radicalmente opuestos, puede uno encontrarlo tomando cerveza los domingos con los colegas de la Lagunilla o entre semana en bares de Polanco cerrando tratos con coleccionistas y galeristas. 

El librero bibliófilo tiene la fortuna de estar en el momento y lugar preciso, eso lo he confirmado una y otra vez a lo largo de los años, parece que tiene un olfato para las primeras ediciones, la segunda vez que lo vi llegó al puesto de un colega suyo cuando yo le ofrecía una edición príncipe de Octavio Paz, con una de las más hermosas portadas hechas por Rufino Tamayo, el libro estaba impecable, me ofreció la décima parte del valor real de la obra, yo no sabía de primeras ediciones, él sí, acepté de inmediato, la revendió a un coleccionista renombrado.

A lo largo de los años he podido venderle miles de libros, no exagero en la cantidad, siempre han sido ejemplares raros, al inicio me coyoteaba mucho, a veces me daba coraje, pero él con mucha pasividad me decía que en el oficio de librero anticuario siempre se paga el precio del aprendizaje y ¡vaya que lo pagué! Una vez quise sobrepasarme en el precio con él, le ofrecí una primera edición de César Vallejo en tres mil pesos, el bibliófilo aceptó y la revendió en treinta y cinco mil; otra, le ofrecí un lote de exiliados españoles en quince mil, ¡ya iba aprendiendo! el cabrón lo revendió en cien mil. Y así, una tras otra con libros antiguos, firmados, ilustrados del siglo XVII, etc.

Mi amigo tiene gran reconocimiento en el mundo de la bibliofília en México y en general en el negocio del libro antiguo, así como uno menciona un aguilar, en donde ya va implícito que es un libro de calidad, en el coleccionismo pasa algo similar, el bibliófilo de Balderas dicta sin saberlo cuando un libro tiene o no valor. Es respetado por clientes y colegas.

En una ocasión, en una feria en que ambos participábamos, evento de libros usados alterno a la feria de Minería en el Centro Histórico observé a un coleccionista peruano mirando en un puesto del Callejón de la Condesa una primera edición de Historia de un deicidio, se lo ofrecían en doscientos pesos, no aceptó, imagino que dudó más de la persona que se lo vendía que del ejemplar, unos instantes después llegó mi amigo, pidió ver el mismo libro, lo compró en cuatrocientos pesos (a él le venden más caro los cabrones), lo llevó a su stand donde unos minutos después llegó el coleccionista peruano, el bibliófilo de Balderas le ofreció el mismo ejemplar que ya había visto unos minutos antes, pero ahora en dos mil pesos, se lo compró.

Parafraseándolo: "el valor de un libro cambia dependiendo de las manos en que se encuentre".

Por cierto, le gustan las mujeres altas, bajitas, delgadas, robustas, güeras, morenas, jóvenes, maduras , pobres, ricas y así la lista puede continuar. Me cae bien mi amigo librero.

¡Larga vida al bibliófilo de Balderas!





El arte de vender libros excepcionales

¿Adivinos o libreros?                                                                                         Gabriel Zaid Inicios  En mayo ...