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domingo, 15 de noviembre de 2020

Testigos de los libros: fotos antiguas y testimonios de vida

 Algunos colegas les llaman "testigos", otros "tripas" o "tripitas", son los objetos que los libreros de viejo hallan dentro de los libros, los cuales son parte de la historia de cada ejemplar, se encuentran principalmente separadores, pero también es habitual hallar boletos de tranvía, de camión o del metro, cartas, recibos de compra, recibos de nómina, billetes viejos, cheques, servilletas, imágenes religiosas, recados, listas del mercado, actas de nacimiento, navajas de afeitar, postales, recortes de periódico y tal vez lo más cotizado: fotografías antiguas.

Estos objetos cuentan grandes historias, en una postal de una ciudad alemana, recuerdo que narraban el horror que fueron sus vacaciones, pues al bajar del camión la señora cayó del camión, nada grave, pero al ver la acción el esposo se exaltó y tuvo un infarto, ahí comenzó la pesadilla, desde comunicarse a urgencias y trasladarlo a un hospital sin saber el idioma, las complicaciones, el seguro, etc.

Llegan muchas fotos, en una de ellas donde se retrataban dos lindas jovencitas abrazándose en una fiesta, en la parte posterior explicaba una de ellas: "Roberto: no puedo llevarla a la casa, soy feliz a su lado, pero en mi casa no aceptarían la relación". También hemos hallado en varias ocasiones series de fotografías de desnudos, la mayoría de señoras, pero de hombres no faltan.

Las cartas son geniales, algunas de adolescentes donde narran el dolor causado por el amado o la amada, las cartas infantiles son muy bonitas, normalmente dirigidas a la mamá o al familiar más querido. En alguna ocasión, en una librería del sur de la Ciudad de México, sobre la Av. Miguel Ángel de Quevedo, un librero adquirió parte de la biblioteca de S. Salinas de Gortari, hermano del ex-presidente, varios de sus libros estaban encuadernados totalmente en color negro, en uno de ellos, venía una carta del otro hermano, de Raúl, quien se hallaba en la cárcel y se la envió a su esposa narrando los primeros días de encierro.

Hace unos años, en un libro que venía en una biblioteca donde pocos títulos destacaban, venía una primera edición de Octavio Paz con dos cartas del mismo dirigidas a Elena Poniatowska, escritas a inicio de los sesentas en un hotel francés, en ellas le compartía su opinión sobre el gobierno mexicano y críticas severas sobre un par de escritores mexicanos, se refería a ella como Elenita.

Cuando tuvimos la oportunidad de adquirir una parte de una de las bibliotecas de Fernando Benítez, está de más explicar que había maravillas, pero como "testigos" había hojas con las opiniones del ejemplar por parte del escritor, además de una de sus libretas, escribía con una letra muy pequeña.

En un Atlas descubrimos un acta de nacimiento de un hombre, nada relevante, pero a la mitad estaba su acta de matrimonio y al final la de divorcio, ya no nos tocó la de defunción.

Parte del gozo de ser librero de viejo es hallar estos testimonios de historias, en varias ocasiones llama más la atención el "testigo" que el propio libro, hay bibliotecas donde se encuentran innumerables "tripitas", nos narran la biografía del anterior dueño, como la de aquel actor de teatro y televisión de origen italiano que vivía en un pent-house de la colonia Nápoles, era coleccionista de los "beatniks", murió de cáncer, por los "testigos" supimos con detalle el desarrollo de su enfermedad y a quien heredó sus bienes, incluyendo los libros.

Hay muchos clientes y algunos libreros también, que son obsesionados con los "testigos", hay coleccionistas de separadores, de fotografías, de boletos y de cartas, algunos nunca sacan las "tripas" de los ejemplares, respetan su historia.

Lo más raro que nos hemos encontrado dentro un libro y con un poco de vergüenza lo comparto es vello, fue en un libro erótico, en "Historia de O" del Circulo de lectores, obviamente no lo pusimos en venta, ni lo conservamos.

¿Qué es lo más raro que se han hallado dentro de un libro?


Sergio Núñez

lunes, 25 de mayo de 2020

Primera edición, 1955


Siempre he sentido un gran gusto por visitar tianguis, ventas de garage, bazares, librerías de segunda mano y mercados de pulgas. Aparte de libros, soy un consumado coleccionista  de “chácharas”. Me gusta encontrar juguetes, discos, películas e inclusive elementos de decoración para mi casa que después de una concienzuda limpieza, pasa a formar parte de mi vista diaria.
Aunque pensándolo bien, quizás el término que me identifica más es el de “lo compraré porque me gustó, y seguramente en un futuro lo usaré” aunque no siempre ha sido el caso, por supuesto. 
En la Ciudad de México, donde he vivido toda mi vida, los tianguis son un elemento importante de la calle.
Hay uno en particular muy cercano a la casa de mi madre, en la delegación Iztapalapa. No muy conocido, ni concurrido, aunque abarca varias calles si lo decides recorrer de principio a fin. Lo que más encontrarás son puestos de fruta y verdura, carnes y lácteos, en donde la mayoría de las personas que lo visitan, jefes y madres de familia, buscan surtir la despensa para la próxima semana; básicamente, un lugar hecho para las personas de la colonia.
Yo generalmente iba a “chacharear” el día domingo y eso fue lo que hice.

A pesar de mi gusto por visitar estos lugares, no sigo la máxima de llegar temprano para ser el primero que tenga la oportunidad de escoger. Mientras que hay personas que a las 6 de la mañana están esperando las novedades, ese domingo eran cerca de las 3 de la tarde cuando salí de casa y me enfile hacia los puestos, en una caminata que no me llevó más de 10 minutos.

Justo a la mitad del transitado centro comercial ambulante encontrarás dos calles cerradas a tu mano izquierda, que desde que tengo memoria, son los lugares que los administradores han optado para que los chachareros coloquen sus productos. Los mejores lugares, siempre han sido los que conectan con la calle principal. 

Ese día, sentí que corría con suerte. Justo al entrar, en el primer puesto, vislumbre una gran pila de papel. Me acerqué. Había algunos tomos sueltos de la Nueva Enciclopedia Temática empastados en azul, justo al lado de revistas TVNotas de hace algunos meses, agendas telefónicas usadas y dos huacales con libros sueltos. Me dispuse a revisar que encontraría. Mi suerte no me decepcionó ya que unos ejemplares bastante bien conservados de “Las batallas en el desierto”. “Aura”, “La Tregua” y una novelita de Somerset Maugham (creo que era “El filo de la navaja”) se irían conmigo a casa. La expedición había bien valido la pena.

-¡Joven!- Me dijo la vendedora, que conocía yo de vista de muchas ocasiones- En ese costal tengo más libros, no los saqué todos porque no caben. 
Acto seguido, antes de que yo pudiera contestar, se acercó y volcó a mis pies un costal que desparramó más libros, algunas revistas Selecciones y ¡sorpresa! otro ejemplar de “Las batallas en el desierto”.
-¡Gracias!- Fue mi respuesta mientras veía las nuevas novedades. Mis manos alcanzaron un pequeño volumen empastado en un vivo color naranja, editado por el Fondo de Cultura Económica, que no era la siempre presente edición popular en rústica. “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Por un momento, pensé “Si es la primera edición, me voy a rayar”. Ese día me rayé. Con manos ya un poco temblorosas, en ese momento sólo estábamos dentro de ese bullicio, ese pequeño ejemplar y yo. Lo abrí, y las letras impresas decían de manera clara y contundente “Primera edición, 1955”.
Por un momento me quedé frío. Estas cosas, no se dan todos los días. Mientras conservaba el libro en mi mano izquierda, seguía hurgando para encontrar otro ejemplar o la camisa que le hacía falta. Por supuesto, mi suerte estaba echada y lo que a mí me correspondía, ya me había sido dado.
Aún no lo podía creer. ¿Cuánto dinero traía conmigo? Rebusqué en mi bolsillo y un billete de $100 asomo en mi mano. ¿Cuál sería el precio por ese libro encontrado en el suelo? ¿Ella sabría lo que era? ¿Era un libro más? En esos momentos mi mente jugaba conmigo. 

-¡Señora!- Dije, mientras me acercaba a ella, intentando mostrarme sereno y tranquilo. Encontré dos más, ¿cuánto le debo?

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Llegué a mi casa. En el trayecto no solté el ejemplar de mi mano, rodeado por la obra maestra breve de José Emilio Pacheco. ¿De quién era? Ninguna anotación que me lo dijera. ¿Cómo había llegado a este tianguis en particular? Seguramente como toda la mercancía allí exhibida; por medio de compras en casas particulares, alguna donación o cambio, o bien recogido de algún centro de reciclaje a punto de ser destruido, no lo sé con exactitud. ¿Cuánto pagué por el ejemplar? Recibí $40 de cambio de manos de la vendedora. 

Aún hoy, es una historia interesante para contar. 


viernes, 8 de mayo de 2020

Las uvas y el viento

“Los libros no son para coleccionarse o para exhibirlos sobre un librero como si fueran trofeos de guerra; los libros son para leerse… y ni siquiera para eso. Los libros son una guía para aprender a vivir…” 
     Así hablaba mi psicoanalista, llevaba ya catorce años en terapia y aún me dolía confesar, delante de él, algunas cosas, como el hecho de que me había vuelto adicto a comprar libros. Desde hace algunos años, adquirí la costumbre de buscar escritores poco conocidos, de esos que les llaman autores de culto. También sentía una extraña pasión por adquirir libros raros y, desde luego, nunca podía dejar pasar una primera edición.
     Recuerdo que aquel día, abandoné la terapia con un sentimiento de culpa tan grande como el que debió sentir Caín después de contemplar el cuerpo de su hermano tendido sobre la arena. Luego de meditarlo por un buen tiempo, pensé que lo mejor que podía hacer era deshacerme de mi biblioteca, así que, entré a mi departamento y comencé a seleccionar todas las novelas y los ejemplares que de sobra sabía que sólo eran un estorbo o un simple capricho. Tenía unos cuatro mil títulos. Después de una búsqueda meticulosa y extenuante terminé.
     Al día siguiente, con tres libros en la mano, producto de la meticulosa búsqueda, salí de mi casa rumbo al trabajo, pensaba vendérselos a algún aficionado a la lectura o incluso prefería regalarlos antes que mal venderlos en alguna librería de viejo. La tarde transcurrió con normalidad aún no hallaba a quién entregarle el bulto que anidaba en mi portafolio (debo reconocer que me dolía desprenderme de los libros), así que, decidí salir a comer.
     En ese momento sonó mi teléfono, era un buen amigo que me llamaba para ofrecerme una edición de Neruda que llevaba bastante tiempo buscando; comencé a temblar, las manos me sudaban, el corazón cabalgaba en mi pecho como si quisiera abandonarme y a pesar de la emoción opté por declinar la oferta y le dije a mi amigo de manera tajante que no compraría el libro, que había cambiado y que, por favor, a partir de ese momento dejara de buscarme.
     Me sorprendió la manera en la que había liquidado el asunto, tal vez la terapia, por fin, lograba tener un efecto contundente en mis decisiones. Regresé a la oficina, aún tenía varios pendientes que decidí dejar pendientes, pues necesitaba salir del trabajo con urgencia; quería respirar un poco de aire fresco.
     La tarde pasó sin mayores contratiempos y con la naturalidad de siempre, la verdad es que soy un tipo de lo más aburrido. 
     Esa noche llegué a casa y me dirigí a mi librero para llenar los tres huecos que había en él. No sin antes haber pasado casi dos horas contemplando al nuevo miembro de la familia, era un hermoso libro de Neruda titulado Las uvas y el viento.
    Me parece que, de ahora en adelante, tendré que tratar otros conflictos en la terapia, aunque, pensándolo bien, creo que llegó el momento de cambiar de psicoanalista.


gabriel duarte
mayo xx-xx

El arte de vender libros excepcionales

¿Adivinos o libreros?                                                                                         Gabriel Zaid Inicios  En mayo ...